TREINTA Y OCHO PALABRAS BELLAS

 

TREINTA Y OCHO PALABRAS BELLAS.

Ojalá lo efímero durase más.

Que el arrebol de las nubes al alba o la iridiscencia de una pompa de jabón se mantuvieran durante más tiempo que el color etéreo en las alas de una mariposa.

Que el melifluo despertar de las aves, en cada aurora, fuera un inconmensurable sonido orquestal.

Que la luminiscencia de algunos microorganismos en el mar durase tanto como la efervescencia dentro de una copa de champán.

Que el petricor fuera un aroma sempiterno que sirviera de alimento a mi ataraxia perenne que, como un sonámbulo movido en el olvido, me proporciona días de nostalgia, algo de melancolía y, cada vez, menos compasión.

La resiliencia tras un desenlace devastador, en cualquier época lejana, no cura a la persona nefelibata, no la hace ganar en elocuencia, en bonhomía ni evita que caiga en la limerencia. Y, sin embargo, puede convertir en superfluo cualquier ademán de acercamiento, por mondo que parezca; dejando de lado, como una epifanía rodeada de incandescencia y fulgor infinito, lo que en algún momento pudo ser un amor acendrado e inefable, una amistad inmarcesible o cualquier otra relación fruto de la serendipia y que nos puede llevar a darnos cuenta de que, a veces, se vive mejor en soledad. 

K. Dilano.

 

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