Strip Poker

Tan sólo quedaba una hora para marcharme a casa y parecía que me quedasen diez más de lo lento que pasaba el tiempo.

Después de aquel inesperado y tempranero polvo en el despacho, mis compañeros fueron llegando escalonadamente e incluso muchos ni aparecieron ya que Marieta, la asistente de Iván, tenía que terminar una grabación antes de fin de año y se llevó con ella a Lucia, la secretaria de Iván, a Raúl el fotógrafo, a los directores de marketing y de comunicaciones, Chimo y Xavi, que eran dos gays con pareja, a Juan y Julio los dos jóvenes becarios ennoviados, a Samuel uno de los ilustradores y a la directora de arte, Marga que también era lesbiana pero que tenía novia.

Eso dejaba la oficina con la mitad de empleados de lo normal; lo cual me ayudó a escuchar comentarios soeces, por culpa del modelito que había decidido ponerme esa mañana, sólo de Eugenio el contable crápula y baboso, del salido de Lucas y de Pep el diseñador gráfico.

Iván no había salido casi nada de su despacho y las pocas veces que lo hizo no dirigió en ningún momento su mirada hacia mi mesa. Ni siquiera fue a comer; Dolores le subió un sándwich de la cafetería dónde acostumbrábamos a quedar al mediodía.

–¿Va a ser algo constante en tu vida el venir disfrazada a partir de ahora? ¡Chica, pareces Britney Spears!–dijo mi amigo Marcos extrañado por la indumentaria que llevaba.

–No, tenía añoranzas del colegio –respondí para salir del paso.

–Pues como fuerais todas vestidas así, tendríais a los curas salidos todo el día.

–Era un colegio de monjas –respondí guardando el trabajo terminado en una carpeta.

–¡Huy si yo te contara! O mejor pregúntale a Azu ya que vas a verla, te contará mil anécdotas de monjas lesbianas.

Cabeceé un poco dándole por imposible y me levanté para ir al área de los diseñadores gráficos.

–¡Humm, ayer gatita, hoy colegiala! ¿De qué vas a venir vestida esta noche a mi casa? –dijo Azucena al llevarle mi trabajo final.

–Pues de algo que lleve muchas prendas, que yo tengo muy mala suerte jugando.

–No me va a dar tiempo a retocar esto antes de irnos –dijo–. ¿Te importa hacerme un favor?

–No, ya he terminado, dime.

Me pidió que fuera a la sala de grabación y copias, para sacarle unas impresiones en papel de calidad.

–No te llevará más de veinte minutos –se justificó.

–No te preocupes, ahora te lo traigo –contesté.

 

Recorrí el largo pasillo que separaba los despachos y el área de trabajo, de la zona de informática. Comprobé que la puerta de la sala de copias no estaba cerrada; a veces había que pedirle la llave a Helena, la recepcionista. Entré con el carpetón que me había dado Azu y con un par de USB’s y antes de cerrar la puerta, escuché cómo la fotocopiadora de detrás estaba funcionando.

–¡Oh perdona! No sabía que estabas aquí –me sorprendí al ver a Iván apoyado sobre ella revisando unos papeles.

–Las desventajas de que me hayan dejado sin secretaria –dijo bajando la cabeza ligeramente y mirándome por encima de las gafas–, y ya me he aprovechado demasiado de Dolores. ¿Tú a qué vienes?

–Estaba ociosa y Azu me ha pedido un favor mientras acaba los retoques de la Feria del comic –apoyé la carpeta sobre el scanner e inserte los USB’s en distintos ordenadores sin prestarle mucha atención–. Si quieres, márchate y te llevo las copias cuando terminen de salir.

Se lo pensó durante un rato antes de contestar.

–Prefiero que hagas otra cosa por mí, ¿has visto a Maribel por ahí?

–¿A la informática? No, se ha ido despidiéndose hasta la cita de solteros de esta noche, ¿por qué? –esperando su contestación fui dando al intro de los ordenadores para que fueran imprimiéndose las copias de lo que necesitaba.

–Porque es la única que, aparte del fotógrafo, usa más a menudo esta sala –una mirada libidinosa le asomó de repente.

–No me gustaría pecar de incauta o de atrevida, pero ¿estás sugiriéndome algo? –la postura semi incorporada que había adoptado para teclear en el ordenador estando de pie, la forcé sólo un poquito más manteniendo apoyados ambos brazos sobre la mesa, la espalda ligeramente doblada en la zona lumbar y agachándome sutilmente, cómo intentando buscar algo en la pantalla que no encontraba y así poder darle protagonismo a mi trasero.

Sin moverse de su sitio, estiró el brazo hacia la puerta y cerró el pestillo. Al oír aquel click mis labios se curvaron y mucho más cuando le vi caminar hacia mí.

–¡Auhhh! –grité incorporándome al notar el escozor por la nalgada que me había propinado–. ¿Por qué has hecho eso?

Me cogió de la cintura y volvió a girarme de cara al ordenador mientras acariciaba el lugar exacto que había recibido el azote.

–Le daré muchos más, señorita Beltrán, si sigue provocándome de esa manera –me susurraba al oído mientras comenzaba a deslizar la mano libre dentro de mi escote–. Y con el ruido que hay en esta sala dudo que nadie, en aquellos despachos alejados, pueda llegar a oírla.

Dejé que calibrara mis senos, acariciándolos, pellizcándolos entre sus falanges al tiempo que yo, desabrochándole el pantalón y rebuscando entre sus calzoncillos, empecé a masajear su pene erecto y caliente, arriba y abajo consiguiendo que aumentase su grosor y su placer.

Introdujo el pulgar de la mano que le quedaba libre en mi boca y comencé a lamerle la yema y la palma de la mano. Cuando más excitado estaba, le golpeé con mi trasero hacia atrás y le solté de golpe, volviendo a recuperar, de manera indiferente, la postura insinuante con la que minutos antes le había deleitado; eso sí, esta vez mucho pero que mucho más forzada.

Enseguida escuché el envoltorio del preservativo rasgado, noté como levantándome la falda me bajaba las bragas hasta media pierna y sentí su falo inquieto hasta que localizó mi abertura vaginal, embistiéndome con ganas al tiempo que me propinaba suaves nalgadas acompasadas al ritmo que la penetración iba adquiriendo. Aquello me estimuló de manera salvaje y me sincronicé tanto con él, que a punto estuvimos de volcar la mesa, con ordenadores incluidos, cuando ambos culminamos en un orgasmo explosivo.

Ese fue el momento justo en el que la fotocopiadora y las impresoras se acallaron y la sala se sumió en un silencio sepulcral e incómodo. Rápidamente nos recolocamos las ropas y guardándose antes el preservativo usado dentro del bolsillo del pantalón, Iván comenzó a recoger las copias que aquella máquina le había hecho.

–¿Vas esta noche al stripoker en casa de Azucena? –me preguntó haciéndose el indiferente.

–¡Sí, qué remedio! Me ha comprado la baraja de cartas; además, he de llevarle el pedido que me hizo. Apúntate, es sólo para solteros –en ese momento caí–; ¿o…acaso tú no…?

También esperó otro rato antes de contestar.

–No estaría bien visto que fuera el jefe. Aparte, mañana temprano salgo de viaje. Estaré de vuelta el 26.

–De acuerdo –me acerqué a la puerta y quité el pestillo antes de abrirle la puerta para que saliera–. ¡Pásalo bien!

Cogió en un brazo todas las copias, su carpeta y las gafas que había dejado apoyadas en la fotocopiadora y antes de irse, volvió a cerrar la puerta y me besó durante largo rato en los labios.

 

21:26 p.m.

Marcos y yo quedamos para tomar unas cañas antes de subir a casa de Azucena. Le quería mucho y confiaba en su discreción pero no me atreví a contarle el día tan atareado, sexualmente hablando, que había tenido. Pesaba más el morbo que me producía la clandestinidad de aquellos polvos rápidos en la oficina que las ganas de contarle lo salida como una perra que me ponía nuestro jefe.

Cuando dieron las diez, llamamos al portero automático y alguien nos abrió la puerta sin preguntar. Subimos por las escaleras del edificio sin ascensor hasta el quinto y empujando la puerta medio abierta que encontramos, accedimos al interior de un ático completamente reformado.

Azucena salió a recibirnos y, tras colocarnos un vaso de mojito que mantenía refrescando en un barreño grande sobre la mesa de la cocina, empezó a presentarnos a todo el mundo: a Nicolás e Isabel, que resultaron ser además de hermanos entre sí, sus compañeros de piso; a varios amigos de Nicolás, que celebraba ese día su cumpleaños; a un gran número de chicas que por las miradas que me echaban supuse que serían amigas de Azu; y vimos también a nuestros compañeros de trabajo, Maribel la IT, a Eugenio el contable carca y baboso, a Pep nuestro diseñador grafico, a Raúl el fotógrafo, a Samuel y a Lucas que rara vez se separaban y hasta a nuestra recepcionista Helena.

–Ya va a empezar la primera partida –dijo Azu sacando el dinero para pagarme el pedido que le traía–. ¿Queréis jugar de los primeros o de los últimos?

–¿Cuántas partidas va a haber? –le pregunté.

–Pues tantas como queramos, le he contado a la gente lo del stripoker y se ha apuntado la mayoría –en aquella casa había por lo menos treinta personas–. Vamos a jugar en grupos de 8 y al final, los ganadores de cada partida pedirán a los perdedores alguna prenda a cambio.

–¿De qué tipo puede ser esa prenda? –preguntó Marcos interesado.

–Pues eso quedará entre los que ganen y entre los que elijan de entre todos los perdedores. Pero no te emociones, Marquitos, que tú aquí tienes poco donde rascar, Nicolás y sus colegas son todos hetero.

–¡Pues vaya una fiesta mas aburrida que habéis montado, si la mitad son heteros y la otra mitad lesbianas, yo no pinto absolutamente nada aquí!

–Tú siempre pintas, así que calla y pasémoslo bien –le dije para que se animara–. ¡Ah y no te separes de mí que yo no tengo ni idea de jugar al póker!

–¡Pues lo llevas claro, entonces tú sí que vas a triunfar! Ahora, intenta que no te gane Eugenio, casi estoy por ponerle una palangana de lo baboso que anda. Yo creo que no se ha enterado de que todas estas son bolleras.

–¿La hermana del tío del cumpleaños también? –pregunté intrigada.

–¿Isa? Esa fue novia de Azu durante algún tiempo. Me las encontraba mucho por Chueca. Pero aunque Azu lo pasó muy mal cuando cortaron, se llevan bien y por eso vive aquí con ellos. Bueno por eso y por el alquiler, es la casa de Isa y de su hermano Nicolás y sólo comparten gastos. Una casa así de grande en este barrio cuesta un dineral aunque sea alquilando una habitación.

La mesa de stripoker la habían montado en medio del salón. Las primeras en jugar fueron las anfitrionas de la casa junto a seis amigas de las suyas. Azu quedó vencedora después de casi media hora de partida, más cuatro chicas en top less y otras tres en ropa interior.

Siguió el turno con seis de mis compañeros del trabajo más dos amigos del cumpleañero. Nos echaron en cara que Marcos y yo no nos sentáramos con ellos, pero yo no estaba dispuesta a desnudarme delante de aquellos salidos mentales.

Nicolás se acercó a nosotros y nos ofreció más mojito que traía servido en una jarra. Era alto, moreno, con el pelo ensortijadamente negro y ligeramente aderezado con alguna cana que le proporcionaba más madurez de la que a priori aparentaba aquel profesor de físicas de la universidad con su aire desenfadado en el vestir y un par de piercings que le taladraban la ceja izquierda. La barba de dos días le endurecía los rasgos pero no se le echaba más de treinta años y definitivamente mejoraba su atractivo porque en cuanto se marchó un rato para volver con más mojito y así no perderse la partida, Marcos no dejó de adularle.

Tres cuartos de hora después salió vencedor Raúl, nuestro fotógrafo. Helena y Maribel terminaron en sujetador y el resto de los jugadores, incluido Eugenio, prácticamente en calzoncillos.

–¿Quieren unirse a nuestro grupo? –dijo Nicolás con un melodioso y marcado acento canario–. Es eso o se meten en el grupito de amigas de mi hermana.

–No gracias, prefiero el vuestro –dijo Marcos excusándose para ir al baño.

–Yo también, total para perder que más me da un grupo que otro –respondí alargándole la copa para que me la rellenase.

–Será un placer entonces que estés en mi mesa de contrincante –dijo después de llenarme el vaso.

Tres desnudos integrales después, tres topless y los dos amigos de Nicolás sin pantalones, entre los que uno quedó vencedor, nos llegó el turno a nosotros.

Aún había algunas personas que no quisieron jugar. Hubiera sido más sensato haber elegido aquella opción, porque ganar estaba claro que no iba y de los vencedores que había no es que me apeteciese nada la idea de que una lesbiana, uno de los físicos amigos de Nicolás con la barriga como un tonel o mi compañero Raúl me eligiesen como prenda.

Nos sentamos alrededor de la mesa y cada uno recibió las cartas correspondientes. Marcos me había estado explicando el juego por encima, pero los nervios empezaron a hacer estragos. Toda la gente de la fiesta a excepción de algunas parejas que ya se habían formado entre las amigas de Azu y que se comían a besos, estaban allí mirando la partida.

Comencé perdiendo la blusa, hacía tanto calor en la casa que minutos antes me había quitado la chaqueta de punto, sin recordar el volver a ponérmela. Cuatro apuestas después me había quedado en ropa interior, mirando con cara de pocos amigos a Marcos quién no me había dicho que jugara tan bien. Él apenas sí había perdido la camisa y los zapatos. Le seguía de cerca Nicolás, que parecía picado con mi amigo y era por lo que subía la apuesta sin parar. El momento en el que perdí la última apuesta de la noche y con ella mi sujetador, pensé que me moría de la vergüenza; allí estaba la mesa expectante, las amigas de Azu sin quitarme ojo, Eugenio nuestro contable casi empalmado y Samuel y Lucas, los ilustradores de mi oficina, soltando aullidos como lobos salidos.

Hice el amago de quitarme los corchetes de aquel sujetador encarnado que me había puesto y pensé que ya que no había más remedio, sería mejor hacerlo con estilo. Me puse en pie, esperé a que todos los demás jugadores de mesa se quitasen sus prendas y elevando el sostén en la mano le di un par de giros en el aire antes de soltarlo sobre las cartas del vencedor de aquella partida, Nicolás.

 

Antes de comenzar el juego se había establecido como regla que los perdedores no se cubriesen, así que allí estábamos aproximadamente 28 personas con lo poco o lo mucho que nos había quedado encima. Los ganadores elegían a tantos perdedores como quisieran de entre todos los que estábamos allí de pie frente a ellos. Esos elegidos tendrían que llevar a efecto la petición solicitada en la intimidad de una de las habitaciones de la casa, quedando establecido que fuera siempre aceptada por las otras partes. Al término del deseo concedido, el perdedor recibiría todas y cada una de las prendas.

–Siendo hoy el vigésimo noveno cumpleaños de nuestro querido Nico –dijo Azu en alto para que todos la escuchasen–, creo que sería un bonito regalo dejarle que elija el primero.

Nicolás sonrió ante el ofrecimiento y agradeció a todos la cortesía. Salió, descalzo como estaba, al centro del corro que se había formado. Llevaba puestos, como única vestimenta, unos pantalones de travesía en color verde militar con multitud de bolsillos y un tanto caídos, dejándole asomar la cinturilla de los bóxer. Por su cuerpo de hombros anchos y cadera estrecha, se diría que había practicado algún deporte acuático durante mucho tiempo. Paseó la mirada entre todos y cada uno de los que allí nos encontrábamos, expuestos como en una especie de mercado de esclavos, y tras carraspear delante de algunas amigas de Azu, de Marcos que daba pequeños saltitos rogando por ser el elegido y de alguno de sus amigos que no hacían más que sacarle el dedo medio como amenaza; terminó parándose frente a mí diciendo:

–Luna es mi elegida esta noche.

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