Sorpresa, sorpresa

–¡Chist, Marcos, chist, chist! –costó que me hiciera caso de lo concentrado que estaba en aquellos dibujos–. Vamos al office a tomar un café tengo que contarte una cosa.

–Yo también te tengo que contar algo –dijo en un tono de voz aún más bajo que el mío.

–A ver desembucha –dije con una miradita pícara mientras removía mi café y cerraba la puerta de aquella mini habitación.

–No, tu primero –me dijo.

–¡Venga, juguemos a los dos a la vez! Pero tienes que prometerme que no me sermonearas.

–¿Yo? Dios me libre. Además quién esté libre de culpa que tire la primera piedra.

<Muy apropiada esa frasecita, si señor> –pensé.

–¡De acuerdo, empiezo yo! –solté la taza sobre la encimera y froté mis manos–. Anoche me enrollé con alguien.

–Bien, bien, pues para ser sinceros yo también –confesó.

–¡Ah sí! –exclamé–. Pues eso sí que es una sorpresa, hacía mucho que te quejabas de que no ligabas nada. ¡Bueno continuemos! Adivina quién puede ser y que tú vistes ayer; moreno, formal, con tipín ….mejicano….

–¡No jodas, estás de coña! ¿El cura? –tuvo que dejar la taza apoyada de la risotada que le entró–. Pero a ver, habrán sido unos besos y poco más, ¿no? ¿Y qué hiciste, tirarte a su cuello?

–Oye que el qué se abalanzó fue él, y si a hacerle una mamada le llamas poco más, pues sí.

–¡Queeé! ¿Se la chupaste? Y era yo el que decías que iba a ir al infierno por echarle el ojo.

–Es que a nadie le amarga un dulce. Además, él también me lo comió a mí; así que los dos condenados –dije alzando las cejas.

–No si me parto de la risa –dejó asomar una sonrisilla malévola–, sexo oral con el clero.

–Coño, cualquiera que te oiga se va a pensar que me he follado a un obispo de noventa años. El tío está un rato bueno.

–Si ya, igualito que el de la serie del pájaro espino. Pero es que sinceramente Luna, yo no te veo de amante de un curato, por muy bueno que esté.

–Ni yo tampoco. Sólo era para contarte la anécdota, pero yo el domingo voy al bautizo, cumplo con lo que tengo que hacer y se acabaron las visitas a la iglesia y a quienes en ella trabajan.

Marcos me cogió de las manos y me las estrechó.

–Es que nena, si yo no cuido de tu alma, no lo va a hacer nadie por ti.

–Eres adorable –dije cogiéndole la carita con mis manos–. Ahora es tu turno.

Se separó de mi abrazo y mirándome fijamente a los ojos dijo:

–A ver, ahora adivina tú quién puede ser –me tenía agarrada por la cintura con las dos manos–. Y le viste ayer también–en su cara comenzó a reflejarse una sonrisa picarona.

–¿Yo? –hice memoria pero no recordaba haberle visto hablando con ninguno de sus antiguos ligues.

–Moreno, ojos color caramelo, pijin, un poquillo barrigudo para mi gusto.

–No sé, no sé –dije con cara de boba–, no conozco a nadie así.

–Abogado y para más inri experto en derecho laboral…–continuó relatando.

La cara me estaba cambiando poco a poco de la vacilación al recelo.

–Acostumbra a comer todos los domingos con sus padres y adora a su hermana pequeña que para colmo es mi mejor amiga –terminó de decir antes de que yo abriera los ojos como platos.

–¿Estás hablando de Diego? ¡¿Te has enrollado con mi hermano?! –exclamé elevando la voz.

–¡Shhhh, calla loca! No hace falta que se entere toda la oficina –dijo tapándome la boca–. Y si a follármelo tú le llamas enrollarme con él, pues sí nos enrollamos.

Noté como la cara se me iba encendiendo y antes de estallar y empezar a soltar improperios, que podrían terminar con nuestra amistad, decidí salir del office como una bala.

Por el camino se me enganchó la taza de café que fue estruendosamente a parar al suelo salpicándolo todo de paso.

–Joder Luna ¡Espera! –le oí gritar a Marcos a mis espaldas.

Le dejé allí con la palabra en la boca y obligándole además a que limpiara todo el estropicio que yo había liado.

 

Quince minutos después se sentaba, desesperado, en su mesa en vista de que yo no levantaba ni la mirada ni los dedos del teclado de mi ordenador, mientras le tenía parado frente a mí.

Cuando me preguntó si saldría a comer, ni siquiera le contesté.

La tarde fue de lo más tediosa y el simple hecho de que me preguntasen algo, me hacía contestar de la manera más borde que en mí conocían.

–¿Te encuentras bien? –preguntó Iván una de las veces que pasó por mi mesa.

–No es el mejor de mis días precisamente –contesté rezando para que no me propusiera ninguna quedada si no quería que le mandara al cuerno.

–Tómate la tarde libre si lo necesitas, no vamos tan retrasados con esa entrega.

Me parecía lamentable tener que aceptar salir un poco antes por quitarme de encima algo que tarde o temprano tendría que afrontar.

–No, gracias Iván; es sólo cansancio y ya queda poco para salir.

–De acuerdo –y me lanzó un guiño cariñoso que me hizo sonreír por un momento.

–Decide si prefieres que hablemos aquí o en la calle pero esto lo tenemos que solucionar, Luna, y no te dejaré en paz hasta que así sea.

–Nos vemos en la tetería nada más salir de aquí –hacerme de rogar era ridículo.

 

Frente a nuestras respectivas teteras humeantes yo continuaba sin dirigirle la palabra.

–¿Me vas a volver a hablar alguna vez en la vida o qué? Tú no querías que te sermoneara a ti pero esto empieza a ser presión psicológica por tu parte. No sé que quieres que te diga porque no me arrepiento y que me veas como a un buscón o un pervertido tampoco me apetece. Tu hermano no era la primera vez que estaba con un hombre.

–Sólo intento asumirlo, eso es todo. Diego ha ido siempre de todo lo contrario. Yo creía que le molaban las tías, incluso estuvo a punto de casarse con una y tuvieron un noviazgo de yo que sé, casi seis años. Le he oído hacer comentarios homófobos en varias ocasiones; incluso ha llegado a pitorrearse de mí por no verme con un tío fijo y creo que hasta a veces piensa que soy lesbiana.

–Suele ser común esa forma de ser en los que no quieren o no pueden salir del armario. Cómo también lo es llevar una doble vida; ya sabes la cantidad de casados con los que yo me he enrollado alguna noche

–¿Pero por qué? Vivimos en el siglo veintiuno, ya no hay que ir por ahí escondiéndose de la gente. Somos libres para hacer lo que queramos.

–Pues por lo mismo por lo que tú y tu hermana no le habéis contado a vuestros padres nada del negocio erótico. Hoy en día sigue habiendo muchos tabús, impedimentos sociales o simplemente valores que chocan con los de nuestra propia sexualidad.

–¿Pero cómo lo notaste? Yo jamás lo hubiera descubierto.

Marcos no pudo evitar carcajearse ante la pregunta.

–Cómo ya te dije ayer, me di cuenta de que a tu hermano le gustamos los tíos, no sé es intuición, eso se nota. Sino no se me hubiera ocurrido coquetear con él. Él fue quién propuso llevarme a casa y allí después de un par de copas, otro par de confidencias y la música adecuada comenzó a besarme sin darme tiempo a reaccionar. En aquel momento te juro que mi cabeza estaba más contigo que con él. Temía esta reacción que has tenido e incluso temía…perderte.

–¡Oh Marcos! No, lo siento, he sido una estúpida. Es que me pillaste desprevenida completamente y además el mamón de mi hermano siempre ha sido tan jodidamente retrogrado para todo, que estoy descuadrada. Pero perderme tu a mí nunca, casi prefiero que haya sido contigo con quién se haya enrollado que con cualquier guarreras por ahí en una sauna de esas a las que a veces vais. ¡Dios! ¿Ira él también?

–Hombre que no todos tiran de esos servicios, y yo últimamente es que me sentía un poco solo; y tampoco he ido tanto.

–Perdóname Marcos –abracé a mi amigo y él a su vez me besó en la mejilla–, siento haber reaccionado como una niñata estúpida.

–No te preocupes. Tú sólo espera a que sea él quien te cuente algo. Si le presionas puede ser peor y lo negará todo.

–¿Pero os volveréis a ver?

–A mí me encantaría pero no hemos hablado nada de eso. Se mueve en un ámbito profesional y personal demasiado clásico y hermético, tiene que aprender a soltarse un poco. Ahora, es muy buen amante y no me dio la impresión de que quisiera quedar bien conmigo por ser amigo tuyo.

–¿Te insinuó que no me contaras nada? –pregunté intrigada.

–No, todo lo contrario, hablamos bastante de ti. Por eso déjale su tiempo, él terminará confesándotelo. Necesitará alguien en quién apoyarse dentro de vuestra familia.

 

Domingo, 27 de enero de 2013

12,27 p.m.

Me encontraba más tiesa que una mojama. Antes de salir de casa tuve que tomarme una pastilla para relajar los nervios y menos mal que ya empezaba a hacer efecto. Llevaba ya media hora aguantando la misa de Fidel, que iba vestido con su túnica de ceremonias bautismales, sin poder quitarme de la cabeza nuestro encuentro furtivo tras la puerta que daba entrada a la sacristía y de la que mis ojos no podían desviar la atención.

Para colmo mi hermano se mostró excesivamente simpático conmigo ese día.

Lo único que me permitía mantenerme algo centrada, era sostener a mi ahijada en brazos. Bueno, salvo cuando Fidel dirigía la atención hacia nosotras y una sonrisa irresistible se dibujaba en su rostro.

Cuando nos invitó, a padres y padrinos, a acercarnos hasta la pila bautismal para terminar con el rito, posó su mano sobre la mía, acariciándomela mientras las telas del vestido de la niña ocultaban frente a los ojos de los demás aquel atrevido detalle.

Prolongó el momento de derramar el agua, sobre la pequeña cabecita de la niña, al tiempo que pausaba las palabras más de la cuenta para mantener durante más rato nuestro contacto. Yo no pude evitar desear que la pequeña llorase un poco y así tener una excusa que me apartase de aquel momento tan embarazoso.

 

14,45 p.m.

Después de un aperitivo demasiado prolongado que permitió a mi ahijada dormirse y a Fidel llegar a tiempo después de su última hora de misa, comenzamos a comer.

A mi izquierda tenía sentado al padrino y a mi derecha, entre mi padre y yo, quedó un hueco que fue ocupado por nuestro sacerdote. En ese momento acompañé los entremeses con un buen sorbo de refresco aderezado con otra pastillita para los nervios; no era cuestión de mezclarlas con alcohol y comenzar a hacer el idiota delante de toda mi familia.

Fidel, como buen locutor, mantenía la atención puesta en todo su perímetro, dándole conversación y riendo con todos aquellos que llamaban su atención. Curiosamente conmigo era con quién menos conversación mantuvo ya que bastante tenía con desviar la atención de los allí presentes, al tiempo que bajo el mantel acariciaba mi rodilla, deslizaba su mano por el interior del muslo y en un par de ocasiones conseguía alcanzar la tela de mis braguitas atreviéndose a tirar de ellas para soltarlas de golpe haciendo que se me cortara la respiración, más por nervios que por excitación.

Poco antes de las cinco, se despidió de todos los allí presentes apretando la mano de algunos hombres y besando en la mejilla a unas pocas mujeres, entre las que yo no me encontraba.

 

22,10 p.m.

La llamada al telefonillo de mi casa me hizo perder el hilo del comienzo de la peli que había puesto. Por supuesto, al descolgar y ver de quién se trataba, consiguió hacerme apagar la televisión; y al abrir la puerta y verle frente a mí, me dieron ganas de salir corriendo a por otro tranquilizante.

–¿Cómo has sabido donde vivo?

–Los caminos del Señor son infinitos. ¿Puedo pasar?

Por suerte volvía a verle vestido de paisano sino hubiera sido incapaz de dejarle entrar.

–Tanto riesgo por una simple feligresa me subyuga, padre –dije invitándole a que entrara.

–Me lo vas a poner difícil, por lo que veo –dijo parado en el hall de entrada, mirando alrededor sin saber muy bien hacia que lado moverse.

–No más de lo que tú me lo has puesto hoy –le dije mientras cerraba la puerta y sin permitirle darse la vuelta le quitaba la cazadora que llevaba, tirándola al suelo.

–Recé con toda mi alma porque te levantaras para ir al baño. Necesitaba sentir tus labios en los míos –hizo el amago de girarse pero no se lo permití.

–Me gusta el riesgo pero no tanto –dije rodeándole con mis brazos por detrás y comenzando a desabrocharle la camisa botón a botón–. No con toda mi familia allí y tanto niño danzando para arriba y para abajo.

Sus manos buscaron mis muslos acariciándome por encima de los leggins que llevaba puestos.

–Ahora me toca a mi jugar contigo –desabroché su vaquero e introduciendo la mano por dentro de su ropa interior alcancé su erección, permitiéndola que resurgiese en toda su extensión al tiempo que yo la animaba.

Con la mano que me quedaba libre fui desprendiéndome de la ropa que llevaba puesta, soltándola delante de él y aumentando su placer.

En un par de ocasiones tomó mi mano obligándome a parar de meneársela, pero no consiguió nada más que incitarme a quitarle la camisa para restregarle mis pechos contra la espalda; lo que consiguió acelerar su respiración.

Aproveché su imagen reflejada, en el espejo de cuerpo entero que teníamos enfrente, y asomando levemente la cabeza con una sonrisa maliciosa en mi boca me chupé la palma de la mano varias veces para volver a colocarla sobre su pene erecto, a punto de estallar de goce. La cadencia de mi manoseo y su autocontrol consiguieron evitar que se corriera observándose el cuerpo con un par de manos de mujer que le masturbaban desde atrás.

Paré de golpe la tercera vez que detuvo mi mano en su recorrido y mientras se desprendía de las zapatillas comencé a bajarle los pantalones hasta dejarle desnudo por completo, asomando después por detrás suyo para que nos mirara en el espejo.

–No te muevas de aquí –le dije mirando al espejo.

Cuando regresé, le mostré un condón ya desenvuelto, se lo coloqué y después me tumbé sobre la alfombra que había en la entrada colocando mis manos por detrás de la nuca.

Se tumbó a mi lado, buscando mis labios para besarlos, acariciando mis pechos para después mordisquearlos, comenzando a lamerme a lo largo de mi cintura hasta alcanzar con su lengua la abertura de mi vagina húmeda y dispuesta a recibirle.

–¿Estás segura que quieres el preservativo? –dijo colocándose sobre mí.

–Mucho más de lo que tú lo estás. Yo sólo follo a pelo con quién quiero. Además, por algo te lo he puesto; estás en mi casa y yo impongo las normas. Y dicho sea de paso, un poquito de educación sexual no os venía mal.

–Hablas demasiado –después posó sus labios sobre los míos.

–No más que usted, padre –dije sabedora de que aquello conseguiría motivarle para pasar a una acción que intentaba postergar a cualquier precio.

Entonces levantó la cabeza y comenzó a penetrarme sin dejar de mirar nuestros cuerpos a través del espejo, y hasta que por fin, con un gemido quedo, liberó su eyaculación.

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