Santa ñatita, tú eres.

A Marco Antonio le gustaba pasearse por allí; sobre todo, al mediodía o a media tarde. Solo cuando el trabajo no se lo permitía le tocaba ir después de comer o antes del cierre del edificio. Pero a esas horas había tan poca gente que corría el riesgo de que murmurasen sobre él. Siempre había alguien que se preguntaba quién era aquel desconocido y rara vez conseguía llegar a ver su obra, antes de que alguien le interceptase por el camino.

Había que ser cauteloso, pues de sobra sabía que algunos amigos de lo ajeno se paseaban por las salas del tanatorio para robar algún móvil que estuviera cargándose sobre una mesa olvidada o para sustraer algún monedero o billetera de entre las chaquetas y bolsos que colgaban de los percheros. Aquello, por desgracia, era más frecuente de lo que la gente se pensaba; por eso no interesaba que le descubrieran merodeando, siendo como era Marco Antonio un boliviano de tez oscura y altura muy por debajo de la media de cualquier hombre español.

Él se colaba allí para estudiar a los presentes y jugaba a inventarse historias sobre ellos. Le daba igual si eran familiares, amigos o conocidos del difunto al que poco antes hubiera preparado él mismo para ser expuesto por última vez. Le gustaba imaginarse si habrían sido buenos hijos o esposos, si habrían querido a su abuela, si como padres llegarían a superar la pérdida de su chiquitín o si aquel adolescente, que se encontraba parado frente al cristal que la mostraba, conseguiría liberar alguna vez todas las lágrimas estancadas que guardaba dentro por la muerte de una hermana pequeña.

En más de una ocasión tuvo que dar el pésame a alguna despistada llorosa que se le aproximaba. Pero Marco Antonio, con su simpatía y exquisita educación adornada con su acento y unas lindas palabras, conseguía calmarla a pesar de tener que inventarse alguna mentirijilla para salir del paso y poder explicar qué hacía él allí, lo que, dicho sea de paso, muchas veces le valía para conseguir algo de información a cambio.

Aquel hombre se había especializado en ancianas y niñas. Alguna vez se había atrevido a hacerlo con algún varoncito; tal vez, con alguno de los más pequeños, aquellos que no superaban los siete u ocho años. En su país era algo mucho más común, una tradición tan ancestral que se llevaba a cabo entre personas de distinto sexo, edad y condición. Las mujeres lo pedían para sus maridos, a los niños les gustaba verlo colocado en sus abuelos y los pobres invertían el sueldo de un mes y de toda la familia para poder comprar los ramos que a los más pudientes apenas les costaba esfuerzo. Estos últimos conseguían recargar a sus muertos tanto por dentro que, a veces, los tallos se salían, tronchándose al cerrar la caja; pero así les gustaba a los ricos, por lo que las flores se dejaban hasta que se secaban, se pudrían y se desintegraban en su lecho de tierra.

Al pasar los años: dos, tres, cuatro, según la necesidad de cada familia en hacerse escuchar por sus difuntos o dejarse ayudar en lo que fuera que necesitasen conseguir, los pobres volvían a endeudarse para lograr aquello que a los más ricos les costaba, tan solo, el pago de un diezmo a la Iglesia. Una bula insignificante que hacía mirar para otro lado a los mismos que tiempo atrás habían bendecido aquellas cajas de pino con agua bendita.

Llegado el momento tocaba juntar la plata, desenterrar al muerto y rezar hasta conseguir que aquellos que le habían dado la santa sepultura no condenasen de manera activa lo que iban a consentir, al dejar que las familias separasen las calaveras del resto de los huesos de sus familiares para llevárselas a sus casas y depositarlas en los altares que cada uno les tuviera preparados.

Allí, en su tierra natal, acostumbraban a adornarlas con gorritos de lana y flores frescas cuando tocaba procesión, las alimentaban con dulces, licores y les metían en la boca algunas hojas de coca. Todo aquello que mantuviese a las ñatitas contentas para que ayudasen desde el más allá y los llevaran a conseguir sus deseos terrenales. A aquellas calaveras «chatinas» y oscurecidas por el paso del tiempo había que mimarlas y no descuidarlas lo más mínimo, pues la mala suerte podía asomar en cualquier momento, si se enfadaban; si no, que se lo dijeran a aquel primo suyo que vivía en la capital y que, por no tener tiempo para ponerle incienso a la suya y una buena ofrenda de flores cada poco, tuvo que terminar llevándosela a una vecina que la rebautizó y le tricotó un gorrito en donde bordó su nombre para exponerla en un altar junto a muchas otras.

Su primo sufrió mucho al tener que desprenderse de lo que fue parte de su difunta madre, pero más temía que el descuido lo llevase a que el espíritu de su viejita se revirase contra él y maldijese la vida urbana y alocada, que en ese momento llevaba, y el buen empleo que había conseguido gracias a los rezos que le brindó al principio y que, poco a poco, fue descuidando.

Marco Antonio había visto muchos altares en su vida, de su propia familia y de muchas otras. Incluso, se sentía orgulloso de ser el descendiente lejano de una ñatita que conservaba aún el pelo perfectamente trenzado y la piel de su cara visible, cual santa incorrupta y bendecida por la gracia divina.

Cuanto honor sentía al haber sido heredero de aquella tradicional guarda de elementos sagrados que, al morir, divinizaban toda una vida de trabajo y sacrificios, o de lujos y posesiones, o de sabiduría y enseñanza según la procedencia de los huesos.

Marco Antonio se sentía custodio de algo muy superior a lo que los humanos con los que se cruzaba cada día creían saber: el día del juicio final, el cielo y el infierno, la resurrección de los muertos, la reencarnación…

No, ninguno valoraba la posibilidad de que en la cabeza de todo aquel que moría estuviese la respuesta. En algo tan simple como lo que sosteníamos sobre nuestros hombros desde el primer hasta el último segundo de nuestras vidas. Y esa cabeza, más o menos pequeña, más o menos inteligente, más o menos hermosa guardaba en su interior una de las siete porciones del alma. Una porción ínfima, pero capaz de visitar a los vivos en sueños para aconsejarles, bendecirles o mortificarles, según el trato que les dieran a las cabezas que las albergaban.

Por eso él las cuidaba en cuanto accedían a su mesa de trabajo, poniendo todo su esfuerzo, empeño y conocimiento en darles buen cuidado y proporcionarles el mejor aspecto para que las vieran por última vez sus seres queridos.

Elegía a una niña, a alguna anciana o tal vez a ese niñito pequeño por el que sus padres no fuesen a poner el grito en el cielo al verlo tras el cristal con la cabeza cubierta de flores. Después, los maquillaba y preparaba un buen ramo, discreto y blanco; entre sus preferidos estaban los de margaritas, narcisos y calas, quizás alguna dalia, pero nunca claveles, pues no le gustaba cómo olían.

Colocaba todas las flores en forma de almohadón mullido sobre el que descansar la cabeza del finado y, una vez expuesto, le gustaba pasarse a comprobar su trabajo al otro lado del cristal en donde lo habían colocado sus compañeros.

Las reacciones eran diversas y, por lo general, a los familiares les gustaba verlos apoyados sobre aquellas almohadas floridas. Se veían hermosos, tanto o más que ver las calaveras en el altar, con sus diademas de flores preservadas y colocadas encima.

Muchas veces estuvo tentado de hacerlo con difuntos varones y adultos, pero salvo aquel encargo que tuvo de uno de los socios del tanatorio, que ocultaba su homosexualidad y que quería la mejor despedida para su pareja, nunca más volvió a intentarlo. «Aquella sí que fue una buena salida de armario», pensó. Bueno, de féretro, más bien.

Por desgracia los españoles eran demasiado simples para el tema de la muerte y no les gustaban los excesos, florituras o colorido en las coronas que encargaban; así que, ni hablar de ver a sus muertos con un tocado de flores variadas alrededor de la cabeza, por muy discretas que estas fueran y por mucho que a él le hubiese gustado colocarles un buen penacho boliviano de estilo tiahuanaco. No, aquello no podía causarle más que problemas.

Así que, tras la visita a la sala de los familiares, a Marco Antonio solo le tocaba vigilar y rezar para que no fuera otra incineración más de aquellas que tanto se habían puesto de moda en los últimos tiempos. En Europa se estaba perdiendo la tradición de inhumar los cuerpos, y eso a Marco Antonio le disgustaba. Luego, ya solo era cuestión de esperar el momento propicio para acceder al camposanto y, con la ayuda del amigo adecuado, conseguir su trofeo. Una vez obtenido todo volvía a su sitio y nadie se daba cuenta de que, en aquel lugar, la séptima parte de otro alma había sido liberada.

Aquello ayudaba a muchas familias que, con devoción, ponían especial cuidado en darle todos los caprichos a aquella ñatita por la que habían pagado buena plata y sobre la que un día Marco Antonio posó sus ojos.

De ese modo, él se convertía en un héroe para todos ellos. Una especie de salvador de causas perdidas, de obrador de milagros, un santo como muchos lo llamaban; ya que, cada nueve de noviembre, al verlo aparecer con otro tesoro, envuelto en terciopelo y dentro de una caja cuadrada de cartón, corrían a su encuentro, besaban sus manos y lo invitaban a licor, mientras colocaban la ñatita en el altar para rezarle una oración todos juntos.

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