Reyes y reinas

Aparte de la veintena de amigas de Azu, no se veía a nadie más en la casa.

–¡Qué recatadita vienes, Luna! –observó Isa, la hermana de Nicolás, de manera confidencial mientras yo preparaba el muestreo sobre la mesa–. Azu nos contó que te encanta disfrazarte. Es una lastima no poder disfrutarte un poco más.

Decididamente la faldita y el jersey de pico que llevaba, no le parecían demasiado sexys.

–Tengo una cita con Nico después de esto y no quería ir con demasiada poca ropa como acabé la otra noche –le respondí, sin dejar de notar que no paraba de mirarme el canalillo.

–Tendremos que organizar, entonces, alguna otra quedada sin que aparezca el entrometido de mi hermano.

–Sí, otra vez será –le conteste sin evitar fijarme en la mirada que Azu nos lanzó a ambas mientras hablábamos, así como en lo seria que se comportó durante todo el rato que estuve allí con ellas.

 

Además del catálogo original, les mostré diferentes corpiños de dominatrix, camisetas de rejilla, body fetish con esposas, braguitas con dildos de distinto tamaño incorporados, arneses de cuero con gancho, guantes largos de látex, sillines con vibradores para la bicicleta, consoladores de doble glande para estimularse dos a la vez, diferentes juegos de bolas chinas, así como otras muchas cosas divertidas para usar entre ellas.

Tras hora y media de charlas y risas, Nico apareció por la puerta del salón embutido en un abrigo tres cuartos con el cuello subido y sacudiéndose el pelo de la ligera llovizna que había empezado a caer desde hacía una hora.

Las chicas le aplaudieron por cargar con las tres cajas de roscones de Reyes que traía en las manos.

–¡Se los dejo en la cocina, golosas! –no me dirigió ni una simple mirada–. Vayan y sírvanselo allí –dijo en alto, antes de desaparecer.

Tras recoger el material expuesto y terminar de anotar los pedidos, me acerqué por el dormitorio de Nico, llamando a la puerta con los nudillos.

–¿Sí? –escuché.

Abrí la puerta y le encontré sentado frente a varias pantallas de ordenador desplegadas sobre su escritorio.

–Tengo que ir a recoger los pedidos. Regreso en una hora con todo, ¿vale? –dije asomando un poco la cabeza sin abrir del todo la puerta.

–¿Compraron mucho?

–¡Mas de dos mil euros! ¡Estas chicas son un filón!

–¿Te acompaño si quieres? Necesitarás unos brazos fuertes que te ayuden a cargar con todo.

Asentí sonriendo y, mientras cogía el abrigo que había lanzado sobre la cama, salimos de su casa.

Fuimos en mi coche hasta la casa de mi hermana y pulsando el mando a distancia que me había dado para entrar al garaje, accedimos directamente al sótano donde se guardaban los productos. Después de cargarlo todo, recorrimos el camino de regreso.

Nos costó bastante encontrar sitio por su barrio y tras dar más vueltas de lo normal para poder dejarlo relativamente cerca, Nico terminó por dirigirme a una zona un tanto alejada de su portal, varias calles más abajo, y en la cercanía de un descampado que hacía las veces de socorrido aparcamiento.

Ajusté mi coche entre un par de todo terrenos.

–Conduces bien, mi hermana habría metido la rueda dentro del parterre.

–Nunca hubiera imaginado que eras de los que piensan que todas las mujeres somos unas inútiles conduciendo –respondí tirando del freno de mano.

–¡No, quiero decir que me gusta como lo haces,! Eres determinativa y enérgica y calculas bien las distancias para aparcar con una sola maniobra. No es por ofender a tu genero –dijo a modo de excusa.

–Tuve un buen maestro –contesté mientras apagaba las luces.

–¿Tu padre? –preguntó.

–¡Noo! –sonreí–. Salva, mi profesor de autoescuela.

–En nombre de todos los profesores he de decir que es un honor que ustedes los alumnos se acuerden de nosotros –soltó aquella parrafada colocándose la mano derecha sobre el pecho–. No ocurre a menudo y las veces que lo hacen dice mucho a favor del método de enseñanza.

–Y tú que lo digas, su método fue excepcional; sobre todo a la hora de no dudar para meter a la primera –respondí, girándome para mirarle, después de cortar el contacto pero sin sacar la llave aún.

Estaba guapísimo con aquella bufanda que se había enroscado al cuello. La leve claridad de las farolas, que traspasaba los cristales mojados, ennegrecía aún más el surco oscuro de sus ojeras aumentando su atractivo.

–Es cuestión de práctica y de colocación pero han de enseñarte bien –se levantó el cuello del abrigo y justo cuando echaba mano para abrir la puerta, pulsé el botón de cierre central.

–No hablaba de aparcar –dije alargando mi mano para acariciarle su ensortijado pelo–, me refería a metérmela a mí. Me enrollé con mi profesor de la autoescuela.

–¡Bueno, bueno, acabáramos! –dijo sonriendo–. Bonita manera de conseguir clases extra.

En un sólo movimiento tomé la palanca de mi asiento, lo eché para atrás todo lo que pude y quitándome los zapatos, salté hacia el lado del acompañante, encontrándose Nico de pronto conmigo encima.

–Lástima que no esté estudiando nada relacionado con la física. Unas clases gratis nunca vienen mal.

Acerqué mi boca a la suya, notando en cada beso la estimulación que le producía aquella situación. La lluvia cada vez más intensa sonaba a nuestro alrededor repiqueteando contra el coche. Sus manos se condujeron hasta mis tetas tocándolas por debajo del jersey.

–Igual necesitas refuerzo en química, matemáticas… –continuó besando mi cuello mientras levantaba la falda y me acariciaba las piernas por encima de las medias con ligas, alcanzando mis nalgas y tanteando el tipo de bragas que llevaba–. El mundo de la física es muy amplio y toca muchos campos.

Sin parar de besarle, ni de acariciar ese pelo tan sedoso que se me enroscaba entre los dedos, le aflojé el cinturón y desabotoné poco a poco su pantalón.

–¿Y tú especialidad, cuál es? –sentí su polla erecta latiendo en mi mano a medida que se la masajeaba.

–Computacional –en ese momento comenzó a estimularme el ano con su dedo.

–¿Computa…qué? –pegué un ligero respingo–. No suena muy divertido que digamos.

Conseguí deshacerme de mi cazadora y quitarme el jersey. Para entonces los cristales del automóvil ya estaban suficientemente empañados como para que cualquier despistado viandante, que no estuviera en su casa esperando la llegada de los Reyes Magos, pudiera vernos.

–¡Fascinante! –alargó esa unica palabra con su dulce acento canario–. Magnetismo, astrofísica, dinámica de fluidos…–buscó mi lengua con la suya.

–Pues dinamicemos nuestros fluidos –acomodándome sobre sus caderas y apartando hacia un lado mis bragas, me monté sobre él, ascendiendo y descendiendo cadenciosamente hasta introducírmela bien adentro.

–¡Ahhh! –gimió–. Y aparte de ese tal Salva y yo, ¿compartiste tus fluidos con algún profesor más? –Desabrochó el sujetador, lanzándolo al asiento de atrás y dejando mis pechos al aire.

–Tuve uno en dibujo técnico, durante la carrera –dije entrecortadamente–, que cada vez que teníamos una duda –gemí ligeramente por sentirle a pelo– se pegaba mucho a nosotros para explicárnoslas –Nico se metió un pezón en la boca y empezó a succionarlo–. Una tarde me retrasé con la entrega de un trabajo y me quedé la última para terminarlo –comencé a aumentar el ritmo por la excitación y el placer de sentir sus dientes aferrándome el pezón–. Se acercó hasta mi mesa para ayudarme –la cabalgada iba en aumento– y ese fue el día en que dejé de tener dudas.

Agarrándome firmemente con una mano por los muslos y empujándome ligeramente hacia atrás mientras posaba su mano sobre mi pecho, comenzó a acariciar con su pulgar mi clítoris al tiempo que me ayudaba a poder mantener el ritmo de la montada.

Verle a él vestido por completo y yo prácticamente desnuda me excitó tanto que le pedí a gritos que se corriera conmigo. Sin embargo, sin atender a mi súplica, siguió rozando el pequeño nódulo hasta hacerme estallar de placer sintiendo su polla endurecida dentro de mí.

Disfrutó viendo el goce en mi cara y eso fue lo que terminó por satisfacerle, hasta el punto de hacer que por los cristales chorreara el vaho de nuestro aliento, comenzando a moverse dentro de mí, aún con el poco espacio que le permitía aquella postura y consiguiendo que nos corriéramos los dos al eyacular en mi interior.

–¡Ay Dios, me muero de calor! –dijo después de acompasar nuestra respiración. Comenzó a quitarse la bufanda y cómo la posición le impedía poder quitarse el abrigo, empezó a desabrocharse la camisa vaquera que llevaba.

Al ver su pectoral desnudo, me lancé a su cuello para besarle.

–¡Ufff, Luna me vuelves loquito! –dijo sin dejar de acariciar mi espalda.

Ascendiendo con mi lengua hasta el lóbulo de su oreja para lamérselo le dije:

–Hoy me toca a mí probar sobre tu cuerpo la nata de ese roscón de Reyes que hay en tu casa –recorrí el borde de la oreja con la lengua–. Aunque igual cuando subamos, no nos han dejado ni un trozo todas esas.

–Hombre precavido vale por dos –respondió–. Entre lo que me gusta el dulce y lo que me gustas tú, guardé uno entero en un lugar que jamás encontraran.

Me reí por la confesión y besé sus labios antes de comenzar a vestirnos para salir del coche en busca de aquella delicia.

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