Reunión entre amigos

Me encontraba en el numero 32 de la calle Hermanos Álvarez Quintero. Portal abierto, clásico ascensor de dos puertas de forja y cabina que se veía a través del hueco de la escalera. Me meto dentro y… primero, segundo, tercero y cuarto piso, clonkkk; frenado en seco y el tembleque de piernas en aumento.

Desde el descansillo, al cerrar aquellas pesadas puertas, se podía escuchar una música demasiado alta para las horas que eran.

No me molesté en pensar ni cual era la izquierda, mi propio oído me llevó instintivamente hacia ese lado.

A diferencia de mis anteriores dos reuniones de la semana, en esta había decidido dejar mi pelo, largo y negro, suelto tapándome la cara lo más posible.

Una inspiración, dos, ding, dong. Tenía que parar aquel tembleque o hasta las medias se me empezarían a salir de sus ligas.

–¡Hola! –el tipo, ligeramente achispado, que había abierto la puerta me hizo una buena inspección de arriba abajo.

–¡Buenas tardes! –dije consiguiendo volver a respirar de nuevo normalmente–. Soy Luna y tenía una cita concertada para hoy a las seis.

–¡Ah sí! Adelante pasa –me condujo hasta un salón donde las voces de varios hombres se acallaron cuando me vieron.

Entré sin mirar demasiado al frente hasta que mi anfitrión me dejó frente a una mesa, que habían habilitado para colocar todas mis cosas, cogiendo mi abrigo antes de hablar en alto.

–Formalidad señores que está aquí la primera sorpresa para Raúl –se oyeron varios silbidos de fondo y alguna ovación oculta tras unas pocas risas–. ¿Te apetece tomar alguna cosa? –me preguntó.

–Un poco de agua fría estaría bien, gracias –contesté.

Era ridículo que mantuviera la vista tan agachada así que me armé de valor y comencé por presentarme a todos. Hice una introducción explicándoles la diferencia entre nuestra tienda erótica y un sex shop tradicional. Les conté que nuestros productos eran de alta calidad, testados y que no producían alergias. Que eran aparatos seguros, impermeables en la mayoría de los casos y que siguiendo los pasos de higiene y uso con lubricantes adecuados tenían mucha durabilidad.

Por el momento no mantenía más de cinco segundos la mirada fija en ninguno de ellos, aún así no me pareció reconocer a ninguno de los amigos de mi hermano de toda la vida, ni al mismo Diego. Suspiré tranquila.

Les hablé de la lencería que teníamos de primera calidad e incluso me atreví a sacar algunos conjuntos de chica y funny boxers de chicos para que los valorasen al tacto. También les mostré las braguitas comestibles y demás ropa interior elaborada con caramelos.

Ya llevaba media hora de reunión, y aunque no paraban de rellenarse las copas atendían más de lo que me esperaba, habida cuenta de las miradas que le echaban al modelito que había decidido usar como uniforme de faena para las reuniones; vestido negro ajustadísimo con tirantes anchos, corte por debajo de la rodilla, zapatos morados de tacón vertiginoso y medias con talla en la parte trasera.

Más que a mis caderas sus ojos se desviaban hacia mi pecho y dudo que lo hicieran para apreciar la gargantilla de cuero morado que llevaba en el cuello, sino por el escote que dejaba asomar un prominente canalillo. Los fabricantes de sujetadores sacaban verdaderas maravillas capaces de hacer ver lo que no había.

Me fui animando en vista de que mi hermano no estaba por allí y comencé a sacarles los botes de lubricantes con sabores de fresa con champagne y fruta de la pasión para que los probasen en el dorso de la mano, los oliesen y los saboreasen. Mientras se entretenían en pasarlo de unos a otros fui preparando sobre la mesa consoladores específicos para chicos; distintos modelos de anillos vibradores, estimuladores anales, masturbadores en forma de boca, vagina o ano, huevos masturbadores…, empezando a explicarles su colocación y uso correspondiente; seguía la rueda de comprobación por parte de cada uno de los hombres que en aquella habitación se encontraba y después de alzar en alto el “spider masturbador manos libres” para que todos lo vieran, mis ojos se clavaron en los de mi hermano Diego.

Acababa de entrar por la puerta, los chicos le abuchearon de lo lindo por llegar tan tarde a la reunión y él, de lo impactado que se quedó al verme, no se inmutó ni un ápice con los capones que varios de ellos empezaron a propinarle en la cabeza. Uno de ellos le colocó un tercio de cerveza fría en la mano y sólo comenzó a parpadear un poco cuando de un trago se bebió casi la mitad de la botella.

–¡Está buena la tía! ¿Verdad? –dijo alguien en alto.

–¡Calla joder! –su contestación quedó amortiguada por las voces de algunos.

Dudé en hablarles sobre estimuladores en pastillas o bebidos y cremas varias, pero ya había llegado demasiado lejos y era una pena no ir a hacerlo por vergüenza ante mi hermano; así que me aislé evitando mirarle y continué con la charla.

 

Un funny bóxer con cremallera, un tanga comestible y unos anillos de caramelo para el novio, 7 botes de lubricantes de sabores, 9 de chocolate con pincel, 15 anillos con vibrador de los cuales 5 dobles, 18 masturbadores variados, 3 cremas vigorizantes, 6 retardantes de la eyaculación y dos spider manos libres vendidos después, terminé con la reunión.

Recogí mis cosas, me coloqué el abrigo y después de despedirme de todos me dirigí a la puerta de salida. Diego le quitó de las manos a mi anfitrión, quién resultó ser el hermano del novio, el dinero recaudado de la compra y se ofreció a acompañarme hasta el coche para recoger la mercancía.

–¿Me vas a contar como acabaste metida en esto? –preguntó Diego mientras bajábamos en el ascensor.

De camino al parking dónde había guardado el coche le puse al día de todo. Una semana demasiado intensa para callarme nada.

–¡Joder vais a matar a papá y a mamá de un disgusto como se enteren!

–Es que nadie se lo va a contar, ¿entendido? –le amenacé con la mirada–. Además es un negocio de lo más honrado, no sé que le ves de malo. Eres tú el de la mente calenturienta, imaginándote a la presentadora como una provocadora.

–¡Pues el modelito que te has marcado no decía lo contrario! Estaban empalmados hasta mis jefes. Más de cuatro te hubieran echado un polvo allí mismo.

Preparé una caja con todo lo de la lista, pasándosela a Diego después de coger el dinero.

–Aquí tienes el pedido y ahora a disfrutar de la noche –le dije dándole unas palmaditas en el brazo antes de meterme en el coche–. Soy Luna y de picantona tengo el nombre del negocio y lo que mi intimidad con quién yo quiero me permite; lo demás es solamente trabajo. No lo veas como una perversión sino como un placer para los sentidos y un goce variado para tu sexo y para aquella con la que lo compartas. Tus amigos no me conocían y han estado desinhibidos. La próxima vez que me veas con este traje, olvídate de que soy tu hermana pequeña y desinhíbete también. Aprenderás muchas cosas, practicarás otras y sobre todo te mejorará el humor. Te quiero hermanito.

Y lanzándole un beso al aire puse el coche en marcha y desaparecí.

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