Presentación de Luna

Mi hermana Malena salió zumbando de casa en cuanto colgó el teléfono. Habían ingresado de nuevo a su suegra en urgencias y lo más probable es que ya no saliera.

Así que allí me encontraba yo en el saloncito de mi apartamento, con una docena de conocidas suyas y dos o tres mías que no paraban de sobar y de pasarse unas a otras, consoladores de distinto tamaño, forma y color.

Cuando conseguí quitármelas a todas de encima, la calma y el sosiego silencioso hicieron acto de presencia sobre lo que momentos antes había sido una algarabía descontrolada de risotadas estruendosas y bromas ante los productos y juguetes eróticos que mi hermana llevaba dentro de su maleta de presentación.

Malena había abierto el negocio por iniciativa propia hacía apenas dos meses; y aunque la mayoría de los productos los vendía por internet, las quedadas en directo seguían reportando un sustancioso beneficio qué todo aquel que se movía en aquel mundillo le recomendaba que hiciera. Su situación familiar, siendo madre de dos niños pequeños, inquietos y demasiado observadores, le impedía llevar a cabo aquellos encuentros en su propio hogar, y por eso me vi envuelta en colaborar con ella; mi piso de soltera le facilitaría la experiencia, la muestra y las ventas.

La salita principal de mi casa había quedado hecha unos zorros con vasos y copas por todos lados, con botes destapados de lubricante hasta en la estantería y con multitud de consoladores que al mínimo roce comenzaban a vibrar sin parar. Suerte que cada uno de ellos tenía su caja y ya sólo era cuestión de localizarlos para llevarlos al baño, lavarlos bien y guardarlos en su sitio.

Cogí tres de ellos en una mano, dos bajo el brazo y otros dos en la mano que me quedaba libre. Era la primera vez que había tenido tanto éxito con los hombres en la misma noche; me reí por la ocurrencia y en mis labios se dibujó una sonrisa ladeada. Solté aquellas pollas ficticias dentro del lavabo y abrí el agua templada del grifo para que las mojara mientras embadurnaba mis manos en jabón de manos. La primera fue la más pequeña, algo más gruesa que una bala; simple. Le siguió otra, tipo bala, pero más gruesa, más turgente. Continué con lo que parecía la punta de una lengua celeste que accionándola parecía la de un pitufo. Agradecí que hace unos años estrenasen una película de fantasía a cuyos machos no me importaría tener, moviendo su lengua azul, entre mis piernas.

Pasé a limpiar lo que parecía un consolador con alas de mariposa rosa, continuando con otro que desde el tronco le salía un micro pene colocado estratégicamente y otro más para triple estimulación; clitoral, vaginal y anal. Dejando para el final el pene realístico grande, en color lila, con tacto real, muy real: tanto que me estaba empezando a poner cachonda con sólo tocarlo, con tan sólo rozar aquel glande. Al accionarlo empezó a vibrar con energía. Lo paré, recogí todos aquellos juguetes después de secarlos con una toalla y los dispuse frente a mí, sobre la mesa baja que había delante del sofá. Tomé uno de los botes de lubricante sencillos con base de agua que Malena guardaba en la maleta y comencé a estrujarlo para que un buen chorro pringase cada uno de ellos. Siguiendo con mis dedos cada una de las formas cachondas de aquellos juguetes, empecé a notar como mojaba las bragas con mi propia lubricación.

Desabroché mi camisa, saqué los pechos del sujetador que los oprimía y con los dedos aún mojados por aquella sustancia empalagosa, acaricié mis pezones erectos. Levanté la falda, bajé mis bragas e introduje primero el balín pequeño y vibrante… ¡hummm, pequeñito pero matón! Pasé después a la lengua del avatar, cambie a balín grande…sin parar de pellizcar mis pechos introduje el de las alas rosa que al accionarlo comenzaron a rozarme el clítoris produciéndome espasmos placenteros al tiempo que deseaba más y más por lo que tuve que cambiar cogiendo al macro falo, el cual esperé a tener dentro antes de pulsar.

Ese fue el comienzo de una gran amistad. Amistad con todos aquellos productos. Mucha más amistad conmigo misma y amistad con un montón de amigos que a partir de aquel momento empezaron a invadir mi vida y con quienes usé todo lo que se podía meter en aquella maleta que ese día dejó olvidada mi hermana en casa.

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