No va mas (K.Dilano)
(Mención honorifica del I Concurso Literario Heridas Invisibles, USA 2012)

Manuel Ordoñez venía a tener una doble vida. Socialmente aceptada en aquellos tiempos, pero intolerable para sus vástagos legales.

Procedía de una desahogada familia ceutí que pudo darle a finales del siglo XIX unos estudios y algunas tierras de las que tenían para que comenzase su vida como agricultor. Pronto comenzó a prosperar y consiguió la licencia para abrir varios puestos de venta dentro del mercado central de abastos de la ciudad.

Con tan solo diecinueve años se casó con Trinidad, una de las hijas de un reputado comerciante textil procedente de Málaga. Trinidad contaba catorce años cuando Manuel la desposó y recién cumplidos los quince años daba a luz al primero de sus dieciséis hijos. Aquel primer bebé resultó ser una hembra a quien siguieron en muy corto espacio de tiempo otras siete. A Manuel aquello le parecía una broma pesada. El hecho de no tener ningún hijo varón le deshonraba ante todos.

Comenzó a acortar sus salidas nocturnas para acercarse por el bar después de cenar.

Manuel siempre había sido un hombre afortunado en el azar y tenerle como rival en el juego era causa segura de la pérdida de grandes cantidades de dinero y otras posesiones. Sus salidas nocturnas acababan normalmente en el barrio de putas más conocido de todo Ceuta y de tantas y tan continuas visitas que realizaba allí, intimó más de lo estrictamente comercial con Maruja. Siempre que podía recurría a sus servicios y cuando Maruja tuvo su primer hijo de padre desconocido y abandonó el prostíbulo para llevarse el trabajo a casa, Manuel quién ya contaba con su quinta hija le perdió la pista.

Los años pasaron y la noche después del nacimiento de su séptima hija, Manuel acudió desesperado y borracho como una cuba a la casa de alterne exigiendo la dirección de Maruja para obtener sus servicios. Se negaba a estar con ninguna otra y finalmente le dieron las señas.

Cuando apareció frente a la puerta del lugar que le habían escrito con prisas en una cuartilla y llamó con los nudillos, un par de niños en calzones, mocosos y más morenos que un tizón aparecieron al abrirla llamando a gritos a su madre.

Desde aquella noche Manuel y Maruja no volvieron a separarse, la retiró del abrazo de otros hombres, teniéndola en exclusividad para él. Sin embargo, Manuel seguía viviendo formalmente con Trinidad. Al comienzo lo de Maruja eran escapadas semanales, pasaba mucho más tiempo gastando su tiempo y su dinero en las timbas de póker. Su efusividad sexual y su buena o mala suerte después de la partida diaria le llevaban a tratar con pocos miramientos a su esposa. Por lo general y debido a que con su amante Maruja disfrutaba de diversidad de posturas y conductas censuradas en aquellos tiempos por la iglesia católica, no necesitaba llevarlas a cabo con ella. Pero la primera noche que determinó que aquello tenía que cambiar, fue la misma en la que el forcejeo alcanzado con su mujer le llevó a propinarle el primer bofetón para calmar sus maneras; lo que fue seguido por otros muchos que llevando a aumento su excitabilidad consiguieron que la montase de una manera brutal y ordinaria. Nueve meses después nacía el primer varón de la familia Ordoñez Godoy.

Aquello convenció a Manuel de que había perdido el tiempo tratando con remilgos a su esposa, que merecía el don de tener sus propios hijos varones concebidos con su propia simiente y que si tenía que ser a costa de gastarse unas formas un poco rudas para con Trinidad, lo haría. Nadie le juzgaría por ello, pero sí que lo harían por no tener hijos varones que continuasen su labor en la tierra que cultivaba, en los negocios que llevaba o en el apoyo militar y bravío que el país necesitaba. De cualquier manera el destino le colmó únicamente con cuatro varones más de los ocho que siguieron naciendo. Pero el mal ya había dado comienzo y de las grandes borracheras con las que terminaba perdiendo en el juego, cada vez con más asiduidad, concebía otro descendiente más en las entrañas de Trinidad; dejándola baldada durante varios días después del encuentro.

Según crecían los hijos, crecían los gritos y el terror con el que se criaron en especial sus hijas. Trinidad soportaba aquella situación con resignación, por el bien de todos sus hijos ya que llegó al acuerdo tácito con él de no ponerles la mano encima a ninguno de ellos y en especial a las hembras. Nunca lo hizo pero a cambio se cebó con ella, especialmente cuando el exceso de juego empezó a hacerle perder la razón de tal manera que pasó de jugarse cantidades ingentes de dinero, a armas de caza, tierras, casas y hasta la mitad de los puestos del mercado que poseía. Únicamente le faltó jugarse a su mujer, lo cual hubiera sido intolerable y le hubiera generado más de un enemigo en la ciudad. Sin embargo, su falta de escrúpulos y la ludopatía le llevaron a no sentir lo mismo ante una apuesta demasiado elevada frente a uno de sus asiduos contrincantes de mesa.

Se trataba de un alto cargo de la legión española que desde hacía un par de años no paraba de hablarle de lo buena hembra en que se iba convirtiendo una de sus hijas más pequeñas, Nieves. Por aquel entonces Nieves contaba tan solo quince años, en verdad era la más guapa de todas ellas; de agraciado pelo negro hasta los hombros, grandes ojos oscuros perfilados por unas espesas pestañas, carnosos labios rojizos y el esplendor de las formas femeninas que empezaban a despuntar en aquella virginal jovencita de piel trigueña.

Manuel se preguntaba si ya le habría venido la primera menstruación. La diferencia de edad con aquel militar calculaba que podía ser de unos treinta años ¡pero que carajo, a su edad su mujer ya le había dado el primer hijo! Y aquella apuesta merecía la pena de jugarse a cualquier hija de su puta madre.

La apuesta se llevó a efecto y como era de esperar la perdió. Aquella noche no la pasó junto a Trinidad ni a Maruja.

Al día siguiente debía de entregar a aquel hombre su hija, y no fue capaz. No apareció por su casa en todo el día, sabiendo que aquel legionario invadiría la vivienda paterna si hiciera falta para cobrarse su deuda. Cuando llegada la noche se atrevió a llegar a ella borracho, violento y altanero, en cuanto recibió los primeros insultos por parte de Trinidad por la afrenta cometida contra su hija, comenzó a golpearla sin piedad y sin miramientos hasta que la Curra, una de sus hijas más mayores entró al cuarto amenazándole de muerte con uno de sus propios cuchillos de matar jabalíes.

Después de aquella noche nunca más volvió a poner un pie en la casa, sólo se reencontró con Trinidad y unos pocos de sus hijos en su lecho de muerte y aún a día de hoy el estigma del juego tan descontrolado y la violencia que puede generar a su alrededor sigue amilanando a sus descendientes por las perdida y la deshonra que supuso.

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