Muerte sin olor (K.Dilano)

Aquello fue lo que lo mató.

No lo hicieron las dos cajetillas que se fumaba a diario, ni el alcohol que corría por sus venas, ni la falta de sueño que suplía con un par de somníferos cada madrugada, a eso de las tres o las cuatro.

No, lo que lo mató fue la estupidez y la pereza por no comprobar si aquel ruido que sonaba como una sibilante insinuación era producto de su imaginación o el gas que seguía saliendo por la hornilla apagada después de salirse el agua de su infusión.

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