La maleta

Recién levantada, sin duchar y con una taza de café caliente entre las manos, me encontré observando aquella maleta que había dejado sobre la mesa.

Aquel trolley, color violeta con ruedas y una luna dibujada en cuarto creciente ocupando el frontal de la misma, me retaba. Era difícil de explicar pero parecía que tuviera vida propia y que me sostuviese la mirada ausente de ojos.

La noche antes, ella había sido testigo único de la multitud de orgasmos que experimenté con aquellos artilugios, aparentemente inocentes, que llevaba dentro. Y ahora, allí estaba ella esperando a ser abierta de nuevo cómo si de un cofre de piratas lleno de maravillas se tratara.

Tomé asiento en el sofá, posé a un lado el café y la abrí de nuevo. Estudié cada prospecto de los diferentes tipos de cremas, lociones y aceites que había; destapé cada frasco, olisqueé y probé.

Distintas texturas, distintos sabores pero tan embargantes que sólo deseaba pasar el resto del sábado sin salir de casa, abandonándome a una sesión completa de onanismo.

Así que me puse manos a la obra, bueno más bien dedos a la obra. Destapé la bata y a lo largo de un par de horas y varios cafés que acabaron helados sobre la mesa, descubrí mis lubricantes con sabores favoritos, el dulce cosquilleo al recorrer por mi cuerpo un pincel embadurnado con chocolate y comprobé el poder que se albergaba dentro de una pequeña bola que introduje en mi vagina y que se accionaba con un pequeño mando a distancia. Tras los primeros orgasmos matinales y dando por imposible el poder acabarme ningún café caliente ese día, cogí el bote de sales de baño “Tesoros del mar”, un patito vibrador en tonos rojo y negro y unté mi clítoris ya engrosado y los labios vaginales con una pequeña porción de crema multiorgásmica.

Encendí incienso, comencé a llenar la bañera echando aquellas sales perfumadas y de pronto sonó el teléfono insistentemente.

–Luna, soy Malena. Perdona por dejarte empantanada ayer con todo el lio de la reunión.

– ¡Ni te preocupes! ¿Cómo se encuentra tu suegra?

–Pues ingresada y bastante mal. Haremos turnos Pablo y yo para no dejarla sola en el hospital. De los niños se encargarán papá y mamá.

– ¿Si puedo ayudar en algo dímelo? –me ofrecí solícita.

Entonces se empezó a oír un llanto al otro lado del teléfono.

–Por eso te llamaba, Luna –dijo mi hermana con un hilo de voz–. La madre de Pablo se muere y como tiene mucha fortaleza no sabremos cuando será. Él no la quiere dejar sola para nada; sin hermanos y sin padre es lo único que le queda aparte de nosotros. Sé que estás muy liada con tu trabajo pero necesito que me eches una mano con lo del negocio erótico. Tengo varias reuniones concertadas la semana que viene, aparte se acercan las navidades que será un alud de pedidos por enviar. Pablo se empieza a arrepentir de que me haya metido en esto pues me quita tiempo para él y los niños y encima lo de mi suegra. ¡Me va a dar algo, ahora que el negocio empezaba a encarrilarse! Tú eres la única a quién puedo acudir Luna, eres de las pocas que lo saben y en quién puedo confiar.

– ¡Vale, tranquilízate! ¿Qué necesitas que haga? –le pregunté.

–Esta tarde puedo verte para darte mi agenda de contactos. Ahí están las fechas, horas y lugares adonde acudir. Son horarios que no interfieren con tu trabajo. Me has visto presentar muchas veces y además eres mejor que yo hablando en público.

–Sí, eso no es problema, pero ¿cómo me organizo con la venta de productos?

–Te dejaré una llave del trastero de casa donde guardamos todo. Lleva el coche bien surtido de lo que creas que venderás mejor en cada reunión, el resto que falte se le envía al cliente a casa; de todo eso me encargaré yo desde el hospital, puedo estar conectada y así controlaré las ventas on line y las demás citas que vayan saliendo.

– ¡Ok, yo me encargo! –dije casi sin pensar–. Pero necesitaré que me pongas al día de algunas cosas, hay productos que no sé cómo se usan.

–Necesitarás más que eso, Luna. La maleta con lo básico ya la tienes, pero tengo que pedirte otro favor.

– ¿Otro más? –la bañera ya estaba lista para introducirme dentro, pero a ese paso se me iba a enfriar el agua–. ¡A ver cuéntame!

–Quiero que seas mi socia en el negocio. No puedo tolerar que asumas tanta responsabilidad sin recibir algo a cambio. Pablo está de acuerdo en que lo hagamos al cincuenta por ciento para cada una. (…) ¡Luna! ¿Sigues ahí?

–Sí, sí, pero ¡Malena yo no sé nada de este negocio! Apenas me estoy familiarizando con lo que vendes.

–Luna escucha por favor, ya lo tengo todo pensado; yo llevaré el marketing, la publicidad y la pagina web; aunque tú sabes más de eso y podrás variar, quitar o poner lo que quieras. Tú harás las reuniones como te plazca, además… es más adecuado. Empieza a hacer estragos la educación católica tan estricta de nuestros padres y me avergüenza llegar a casa y mirar a la cara a mis hijos pequeños.

– ¿Pero Pablo y tú habréis probado los productos, no? Es tu marido, no tienes nada de qué avergonzarte.

–Sí, eso sí. Pero como madre me avergüenza que mis hijos sepan a qué me dedico, qué guardo en el trastero y por qué llego tan tarde a casa a veces.

–Vale, ya lo entiendo. Yo estoy soltera y no tengo que darle cuentas a nadie –respondí condescendiente.

–Espero que no lo veas como el trabajo sucio –aclaró ella.

–No mujer, si le voy cogiendo el gusto. He de confesarte algo, desde que anoche eché a todas las chicas de tu reunión, tu maleta y yo hemos hecho buenas migas.

– ¡No! ¡Habrás limpiado todo bien! ¿Verdad? A ver si ahora te vas a pillar lo que no tienes, que eso pasa por muchas manos.

–Sí mujer sí. En cierto modo he de probar las cosas sino como voy a poder recomendarlas.

–Bueno, pero usa el limpiador antibacterias de los juguetes que hay en un bolsillo lateral. Y esta tarde, después de darte la llave del trastero, cógete lo que quieras. Regalo de bienvenida. ¿Serás mi socia entonces? –preguntó impaciente.

Lo pensé durante una fracción de segundo.

– ¿Por qué no? –contesté–. ¡Trato hecho!

–¡Genial! Le diré a la gestoría que prepare los papeles. ¿Puedes pasarte hoy por casa a las cuatro y así te doy la agenda, la llave y te lo explico todo?

–Allí estaré.

 

La bañera me esperaba con espuma blanca flotando, coloqué una nueva barrita de incienso, la encendí y me sumergí en el agua deliciosamente templada. Cuando los efluvios de aquel aroma afrodisiaco alcanzaron mi pituitaria y el ardor de la crema multiorgásmica me pedía actuar, sumergí el patito bondage en el agua celebrando así mi primera incursión en aquel placentero y estimulante mundo de los negocios.

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