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Seleccionada para la Antología del II Concurso “El Amor y sus máscaras” de Ed. Liceus, (2016)

 

Nunca me gustó disfrazarme ni vagabundear de local en local vestido de manera ridícula con lo primero que se le hubiera ocurrido ponernos a mi cuñada. Pero tenía que reconocer que, siendo mi mujer desde hacía diez años una de las maquilladoras oficiales de los participantes en el desfile de Carnaval de nuestra ciudad, me entretenía apostar en secreto conmigo mismo cuánto tiempo tardaba en conseguir escabullirme de mis acompañantes para llevarme a la parte trasera de mi coche a cualquier enmascarada elegida al azar.

Por lo general, y debido a mi físico, eso no me llevaba más de un par de horas invertidas en una sonrisa certera aderezada con algo de humor, la invitación a una copa y unos cuantos halagos lanzados en el momento oportuno.

Sin embargo, con la de anoche, tras consumar el acto y retirar su máscara apareció otra igual de cubriente y después otra y otra más hasta revelarme, al levantar la décima y última de ellas, el rostro mordaz y victorioso de mi propia esposa.