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¿Ven a esa chica reposando al igual que lo haría tras una copiosa comida de verano?

¿Alguien a quien le aguardan un par de tiernos y sabrosos melocotones al despertar de su pequeña siesta?

¿Cuya afición a escribir con plumas de ave y tinta fresca la llevó a apartar sus escritos a un lado tras la entrañable pelea de almohadones, que tal vez tuvo con algún amante esporádico, y que difundió un sinfín de plumillas de ganso a su alrededor?

 

La perfecta escena romántica y bucólica que nos haría enternecer o desear no perturbar su quietud y su descanso para no alterar sus sueños.

Y sin embargo, ojalá este fuera uno de ellos para no tener que lamentarme por lo ocurrido.

Mi joven esposa a quien le descubrí la traición. Vestida con el camisón que perturbaba mis sentidos, desvelándonos noches enteras por amor.

La pluma con la que escribía notas reciprocas con su amante y sí, el toque delicado de hacerla acompañar por su fruto preferido. Un fruto prohibido que no sólo compartió conmigo.

¡Reconozcan que clavarlos a ese sofá envejecido fue un toque sentimental! Mi último detalle hacia ella. Al igual que todas esas plumas cosidas una a una a la tela. Me llevó un tiempo pero, ¡qué hermosa luce!

¿Quieren saber si las prendí antes o después de lastrarla a ese mueble que hoy descansa en el fondo del lago frente a nuestra casa?

Antes, mucho antes. Incluso adoró la idea pues ella amaba las plumas como amaba escribir con ellas. Y así, podrá sentirse por siempre acompañada.



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