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EL REFUGIO DE BERNADETTE (K.Dilano)

Desde pequeño siempre me llamó la atención aquella fachada; tan viva y luminosa que acaparaba todas las miradas de quienes pasaban por su lado. Siempre repleta de plantas adornando sus ventanales y con casi las mismas prendas colgadas de sus cuerdas día tras día. La puerta de acceso rompía la monotonía cromática, pero acomodaba la vista e invitaba a quedarse esperando en su umbral a quien llevaba algún recado.

 

Se murmuraba, entre la gente del barrio, que aquella casa no guardaba similitud con su habitante; una mujer menuda, de caderas y pechos prominentes, pelo mal teñido y esmalte de uñas descascarillado, que vivía la noche y dormía la mañana y a quien la presencia de los hombres tras aquel umbral no le era desconocida. Sin embargo, a mí siempre me pareció lo contrario.

Bernadette platicaba alegremente con todo aquel que tenía a bien pararse un rato, apiadándose de los que a falta de cuartos no podían reposar en un hostal; entonces les invitaba a pasar y, cerrando la puerta y las contraventanas de madera tras ellos, les ofrecía toda su hospitalidad. Tendiendo por las mañanas, al finalizar el trabajo, muestras del salario ganado.

Macetas coloridas y aromáticas se hubieran adecuado más a su labor profanadora pero la riqueza de cactus pinchudos se me antojaba apropiada para aquella mujer, como barrera natural a todos los que en aquel barrio despotricaban de su condición.



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