Expediente Disciplinario

01:45 a.m.

¡Por fin en casa! Bastante achispada, atiborrada de rollos maki, gominolas fálicas y sobre todo alucinada con la idea de haberme insinuado a uno de mis jefes. Aunque fue él quien comenzó primero. ¡Bueno que más daba! El caso es que me sentía atraída por Iván y eso que nunca me había fijado en él.

Era atractivo pero pasaba desapercibido, quizás por esa imagen de intelectual que tenía con aquellas gafas de montura al aire que llevaba y que no dejaban disfrutar de sus ojos color verde oliva y, quizás también, por ese estilo informal en el vestir que le hacía recibir reprimendas continuas de su hermano por no ir encorbatado a la oficina, ni a las reuniones ni a las entrevistas con los clientes.

Su agraciado pelo castaño pasaba el límite de las orejas y tenía la manía de mesárselo con los dedos hacia atrás, generalmente en momentos de concentración.

Casi siempre llevaba mocasines con cordones y le encantaban los jerséis de cuello vuelto en invierno y en verano camisetas de manga corta acabadas en pico y suficientemente ajustadas como para mostrar sus torneados brazos de gimnasio.

¡Joder, me estaba poniendo cachonda sólo de imaginármelo! La verdad es que tenía que parar de pensar así porque podían ser sólo imaginaciones mías ya que tras la escenita de las gominolas no se había vuelto a acercar a mí en toda la noche, tampoco me había encargado nada del catálogo y eso que todos compraron algo, incluido su hermano, cosa que me dejó alucinada; y tampoco se apuntó al stripoker que se le ocurrió organizar para este viernes por la noche en su casa a Azucena, la bocetista y retocadora, para todos los solteros que allí estábamos, en total once si le contábamos a él. Sin embargo, ¿aceptaría yo la fantasía que Iván me contó en la fiesta, durante el poco rato que hablamos?

Llevaba demasiado tiempo sin acostarme con nadie y veríamos si sólo se había tirado un farol o si pensaba jugárselo todo a una carta.

 

09:08 a.m.

Somnolienta aún, algo resacosa y con el tercer café de la mañana en mi taza termo, me sorprendió ver completamente vacía la oficina al llegar. Dolores y la recepcionista que siempre eran las primeras, todavía no lo habían hecho; el resto de las secretarias tampoco. Las señoras de la limpieza ya se marchaban despidiéndose y hasta a mi compañero Marcos, que era incluso más puntual que yo, se le habían pegado las sabanas. Extrañada por aquel absentismo generalizado, me quité el abrigo y con mi taza en la mano fui a ver si había algún rastro de personal en alguna de las salas de reuniones. Nada de nada.

Parecía que todos habían bebido más de la cuenta.

¡En fin, tenía trabajo acumulado así que mejor ponerme manos a la obra!

–¡Señorita Beltrán! –di un respingo en la silla al escuchar mi apellido gritado desde uno de los despachos. Juraría que la voz salía del despacho de Miguel pero todos me llamaban Luna, no sabía muy bien a qué vendrían tantos formalismos. Me puse en pie, recolocándome la minifalda tableada y ajustándome las medias calcetín por encima de la rodilla y, cuando llegué a la puerta, vi que dentro no había nadie. Oí toser un par de veces y giré la cabeza hacia el despacho contiguo que mantenía la puerta levemente entornada. Al abrirla vi a Iván sentado en su sillón con cara de pocos amigos.

–¡Buenos días! Pensaba que no había nadie. ¿Me has llamado tú? –pregunté dudosa.

–¡Pasa y cierra la puerta! –dijo seriamente mientras recolocaba unos papeles que tenía desparramados por la mesa, reubicándolos todos hacia un lado–. Tenemos que hablar de un asunto.

Hice lo que me decía y cuando me acercaba hacia su mesa vi que no había silla donde sentarme, lo que me obligaba a quedarme de pie frente a él.

Cuando terminó de amontonar papeles unos encima de otros formando una montaña perfecta, levantó la vista y me miró seriamente.

–¡Llega tarde! –dijo quitándose de manera pausada las gafas y mordisqueando una de las patillas.

–Son aproximadamente las nueve y diez –dije en mi defensa.

–¡Silencio! –gritó–. La puntualidad es una virtud.

¡Pero que coño decía. Si el resto de la gente ni había dado señales de vida!

–Por si no te has dado cuenta, Iván, no ha venido nadie todavía –me sentía terriblemente ridícula vestida como iba pero si se pensaba que me iba a amilanar lo llevaba claro.

–¡Encima respondona! –dejó las gafas sobre el escritorio, poniéndose en pie de golpe y bajando la voz notablemente–. ¡Se merece un buen expediente disciplinario! –bordeó la mesa y al pasar a mi lado, alejándose hacia la puerta, dejó un halo de su perfume en el ambiente. Creía que iba a salir del despacho cuando de repente oí un chasquido que me hizo girar bruscamente y que consiguió acelerarme el corazón; ¡había cerrado con pestillo por dentro!

Comenzó a chasquear la lengua varias veces y a negar con la cabeza levemente.

–No pensaba que atenderías mi petición tan rápido –dijo mientras se atusaba el pelo hacia atrás con ambas manos apoyado como estaba contra la puerta–. Lo de anoche fue intolerable. ¡Nunca me hubiera imaginado eso de usted señorita Beltrán, nunca!

–¿Pero a qué te refieres? Me estás empezando a acojonar. Se supone que Dolores os avisó a tu hermano y a ti de lo que íbamos a hacer. Incluso al final parecía que te estabas divirtiendo –Santo Dios, vestida como iba con uniforme de colegiala, jersey de pico sobre blusa demasiado escotada, coleta alta y zapatos de medio tacón, me encontraba de los más ridícula.

–No, divertirme lo voy a hacer ahora –comenzó a acercarse a mí y yo reculé unos pasos según notaba su cercanía, hasta que terminé topando con el filo de su mesa.

–Mira Iván, si te molestó lo de anoche, lo siento de verdad. No era mi intención insinuarme a nadie y menos a ti –empezaba a estar demasiado cerca. Seguía serio y además no paraba de mirarme a los ojos, era imposible apartar mi mirada de la suya–. Sobrepasé el límite de la confianza, que tanto Miguel como tú depositáis en todos nosotros como equipo, y te pido disculpas. Por favor acéptalas –en ese momento apoyé mis manos sobre su pecho para evitar que siguiera avanzando.

–Sólo si tú aceptas mis disculpas primero –¡pero bueno que giro había dado todo! ¿Ahora se lamentaba él?–. Ayer actuaste tú, hoy me toca a mí –me cogió con sus manos por las muñecas mientras seguía hablando–, y… si no la domino un poco, el disfraz de colegiala no surte efecto, señorita Beltrán.

¡Así que de eso se trataba, había aceptado el órdago a la grande!

Sin soltarme con su mano izquierda ambas muñecas, comenzó a deslizar la mano derecha por el interior de una de las medias de lana que me llegaban hasta medio muslo y que iban a juego con el jersey, acariciándome hasta seguir subiendo por la entrepierna para alcanzar mi sexo, estimulándome el clítoris, después de lamerse dos dedos con su propia saliva.

–¿Son comestibles? –me susurró al oído, al tiempo que tironeaba de las bragas para sacármelas hasta dejarlas caer al suelo.

–Estas no pero la próxima vez pensaré en ello –dije a media voz mientras sentía como sacaba los dedos que había introducido dentro de mi vagina templada sin parar de moverlos dentro y fuera.

–La próxima vez será mejor que vengas sin ellas y sin tanto abrigo –me levantó los brazos que seguía agarrando fuertemente con una mano y tirando hacia arriba consiguió sacarme el jersey. Después se quitó el suyo, dejando al descubierto su pecho ligeramente salpicado de vello y su abdomen plano.

Mientras se desabrochaba sólo un par de botones del vaquero desgastado que llevaba y se sacaba los zapatos sin agacharse, tuve la tentación de mordisquear sus pezones.

–¡Shhh! –con el dedo índice sobre mis labios me indicaba que parase–. Pórtate bien o tendré que darte unos azotes por mala conducta.

Había salido de casa con la blusa un poco desabrochada y un sujetador push up lo suficientemente ajustado como para mostrar un buen perfil de mi canalillo. La noche anterior no le pillé mirándolo ni una sola vez pero ahora mismo su paquete hablaba por él, comenzaba a hincharse dentro del pantalón y yo moría de ganas de sacársela y calibrar su tamaño en mi mano.

–¡Tranquila nena, todavía no estás a punto! –confirmó.

–Joder, si no me dejas ni tocarte, ¿como voy a estar a punto?

Soltó una risotada espontanea y atrapándome las manos por detrás de la espalda comenzó a besarme en la boca, entrelazando su lengua con la mía. Hacía tiempo que un tío no conseguía que me humedeciera sólo con besarme y este como no parase pronto en su recorrido por el cuello conseguiría que chorreara.

Noté una de sus manos liberadas en dirección a mis pechos, sacándolos por encima del sujetador y de la blusa. Al estar tan aprisionados aprovechó la cercanía de los pezones para lamerlos, mordisquearlos y succionarlos a placer, regodeándose mientras tironeaba suavemente con los dientes de los pequeños botones erizados que clamaban que no parase. Me estaba corriendo y eso que no me había rozado el sexo siquiera. Tuve que acallar mis gemidos sobre su hombro y una sonrisa victoriosa se dibujó en su boca.

Sin gafas, excitado, con el pelo revuelto y con esa sonrisa de placer tenía que reconocer que estaba buenísimo. Como no me dejara tocarle la polla me iba a poner a gritar.

–¡Shhh! –volvió a repetir poniéndome la mano en la boca esta vez.

Parecía que se adelantase a mi pensamiento ya que cogió una de mis manos y la dirigió hasta su paquete que ya estaba suficientemente crecido y retumbando dentro de su ropa interior. Me dejó desabrocharle el resto de los botones del pantalón y mientras se los bajaba lo justo para liberar sus atributos, sacó pausadamente de uno de los bolsillos un condón que rasgó con los dientes para liberarlo de su envoltorio y que me ofreció para que se lo colocara.

Cuando terminé de ponérselo, me cogió por el culo para elevarme sobre su escritorio y cadenciosamente comenzó a penetrarme hasta hacerme llegar a un segundo orgasmo igual de silencioso puesto que volvió a taparme la boca que esta vez no pude por menos que morderle suavemente.

“Lo que daría por gritar” –pensé.

Entonces me tumbó sobre la mesa y haciéndome abrazarle con mis piernas alrededor de las caderas, siguió embistiéndome hasta hacernos correr juntos, gritando al unísono.

 

09:45 a.m.

Iván se recostó sobre mí después de acompasar nuestra respiración.

–¡Que vergüenza, ha podido escucharnos alguien! –dije susurrándole al oído.

Él se incorporó y se limitó a mostrar una sonrisa de medio lado.

–Hasta hace dos días te tenía por una empleada por quién no me sentía especialmente atraído, muy eficiente, puntual, atractiva; pero desde ayer por la noche nunca hubiera dicho que fueras vergonzosa y mucho menos teniéndote ahora sobre mi mesa como te tengo.

–Pues para algunas cosas sí lo soy y mucho. Ahora no me atrevo ni a salir.

–Todavía te quedan… –dijo mirándose el reloj–…5 minutos para que mi hermano llame a la puerta, 10 para que lo haga mi secretaria y unos 15 hasta que lleguen los demás.

–¿Cómo estás tan seguro? –pregunté mientras él salía de mi interior y se quitaba el condón anudando uno de los extremos.

–Porque anoche le dije a todos, menos a una, que no vinieran hasta las diez –dijo comenzando a abrocharse los botones del pantalón.

Me levanté de la mesa y empecé a recolocarme rápidamente la poca ropa que llevaba encima.

–¿O sea que lo tenías pensado con antelación, picarón? –dije entornando los ojos un poco y mostrando una sonrisa cómplice–. Te juro que por un momento llegué a pensar que me ibas a despedir.

–Digamos… –osciló el condón usado delante de mi cara–…que tienes un expediente disciplinario abierto. ¡Ándese con cuidado, señorita Beltrán!

Me agaché para recoger los jerséis de ambos y subí haciendo un recorrido con mis manos por sus piernas hasta terminar colocándolas en su trasero.

–La próxima actuación corre de mi cuenta –después de esas palabras me estiré un poco para plantarle un rápido beso en la boca.

–Hoy no saldré de aquí, tengo mucho trabajo pendiente, tú sigues vestida de colegiala y todavía queda mucho día por delante –acercándome esta vez él un poco más a su cuerpo, plantó sus labios contra los míos, rebuscó mi lengua con la suya y se mantuvo relajado besándonos sin preocuparse por el tiempo. Tuve que separarme bruscamente, apartándole a un lado para poder salir antes de que alguien nos viera–. Usa mi baño si quieres –dijo mientras se ponía el jersey que le entregaba.

–No, no, me voy al de fuera antes de que llegue alguno –y antes de quitar el pestillo y de abrir la puerta asegurándome de que no había nadie, me giré para guiñarle un ojo–. Pero gracias.

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