Deuda pagada

Nicolás me ofreció la mano y la tomé con gusto, tanto por lo agradecida que estaba de que no me hubiera dejado allí al amparo de los otros electores, cómo por poder desaparecer de todas las miradas puestas sobre mi cuerpo cubierto en exclusiva por unas braguitas encarnadas con encaje.

Me rodeó con su brazo por encima del hombro y me llevó hasta su habitación, cerrando detrás de nosotros la puerta. Sacó de uno de los cajones de su armario una camiseta de manga larga limpia y me la dio para que me la pusiera.

–¿Organizáis a menudo partidas de stripoker? –dije sentándome en su cama con la camiseta puesta y las piernas cruzadas.

–Yo no, pero las chicas sí. A veces les falta gente para hacerlo ameno y nos apuntamos algún amigo y yo.

–¿Y ganas siempre?

–Con las amigas de Isa prefiero perder, así no las pongo en un compromiso y además jamás me eligen. Por eso hoy ha sido un reto especial, aunque reconozco que tu amiguito Marcos me lo ha puesto difícil; creía que te perdía.

–Pues me alegro de que no haya sido así y de que hayas podido elegir primero.

Nicolás me miró con sus ojos brillantes, rodeados de unas tupidas y oscuras pestañas, sonriendo sensualmente.

–¿Y ahora qué? –le pregunté–. ¿Cómo recupero mi ropa? ¡Y mi bolso, lo tengo todo ahí fuera!

–Bueno… hay varias opciones; una –dijo señalándose los dedos de la mano contraria– dejarte prestada mi camiseta y darte tu bolso para que te vayas de esta guisa a tu casa, dos comprarme tu propia ropa si es que llevas suficiente dinero encima, no acepto tarjetas de crédito, tres devolverte tu bolso y toda la ropa como si aquí no hubiera pasado nada…

–¿Estarías dispuesto a hacer eso? Al final voy a pensar que a quién querrías tener aquí sentado sería a Marcos.

Nicolás me miró alzando una ceja y frunciendo el entrecejo.

–¡Dame más opciones! –le tenté.

Se cruzó de brazos y después de pensar un rato salió de la habitación. Cuando regresó traía dos copas, una botella de cava helado, un plato con dos porciones de tarta y dos tenedores y colgado del hombro mi bolso. Me levanté para ayudarle pero ya había cerrado la puerta dándole una sonora patada de un puntapié.

–¡Si no cojo tarta se la comen toda! –dijo bajando el hombro para que pudiera sacarle mi bolso. Dejó todo sobre la mesa–. A ver, ¿cuántas prendas has perdido?

–Blusa, vaquero, medias, zapatos y sujetador –dije enumerándolas una a una.

–¡Cinco, bien! Te propongo lo siguiente. Trabajas en publicidad, así que tienes que ofrecerme cinco sensaciones, una para cada sentido, que consigan que te dé sin ninguna duda todas y cada una de las prendas. ¡Sé creativa! Sólo te las daré si te lo curras bien.

Esta vez quién se cruzó de brazos fui yo, pensé durante unos minutos su propuesta y pregunté:

–¿No hay límites?

Negó con la cabeza.

–¿Aceptas que te tape los ojos? –le pregunté mientras le mostraba un pañuelo para el cuello que llevaba dentro de mi bolso.

–¿Y el sentido de la vista? –preguntó desconfiado.

–Lo verás cuando toque –dije sonando más misteriosa de lo que pensaba–, ¿aceptas o no?

Se acercó hacia mí cautelosamente y se agachó hincando una rodilla en el suelo. Le coloqué el pañuelo, atándoselo bien por detrás y tras comprobar que no veía nada le levanté acompañándole de la mano hasta el borde de su cama doble, pidiéndole que se tumbara.

Tomé la botella de cava frío, quité la parte metálica y me acerqué hasta él.

–Empezaremos por el oído –al descorchar la botella, el tapón hizo el clásico sonido.

–Esa es demasiado fácil, con esto te ganas las medias y debería decir sólo una.

–Espera, no tan rápido que aún tienes que seguir descubriendo sonidos –me eché un buen trago a la boca y comencé a moverlo dentro cómo si me estuviera enjuagando, acercándome a él lo más que pude para que lo escuchara.

–No sé, ¿qué suena? –al murmurar para que no se moviera y no me rozara, cayó en la cuenta–. ¡Ah, ya sé! Tienes cava dentro de tu boca y por eso no puedes hablar.

Entonces comencé a dejar salir el liquido por mis labios, escupiéndolo sobre su pecho, lo que le hizo dar un respingo inesperado.

–¡Vaya! ¿Ese era el sentido del tacto? Porque no me lo esperaba.

–Tranquilo aún te queda mucho para llegar a ese –hice sonar una cucharilla contra el borde del plato que contenía la tarta–. Después volveremos con el oído, aún no me he ganado esas medias.

Me quité la camiseta y cogí el plato con la tarta para dejarlo sobre la mesilla más cercana a nosotros.

–Vamos con el sentido del olfato. No te muevas, ¿vale? –le dije poniendo mi brazo por encima de su nariz sin apenas rozarle.

–Huele a tu perfume y a …. no sé, algo ligeramente almizclado. Tengo una idea pero no estoy seguro.

–Te daré una pista –acerqué mi pecho hasta dejarlo por encima de su boca– pero vas a tener que sacar un poco la lengua.

Le rocé ligeramente con mi pezón hasta que se activó endureciéndose. Nicolás en cuanto lo reconoció comenzó a paladearlo y chuparlo mientras me tocaba la teta entera, jugando con ella al tiempo que olisqueaba el aire cerca de mi brazo.

–Esta pista ha sido determinante –dijo entre lametones–, es tu perfume mezclado con sudor y algo de desodorante. Te ganas recuperar los zapatos.

Y siguió acariciando y mordiendo las dos tetas ahora que ya las abarcaba con las dos manos.

–Vayamos pues a por el siguiente sentido, espera –fui a mi bolso a sacar algo y me puse a horcajadas encima de sus caderas, notando bajo mis bragas cómo me presionaba su endurecido paquete–. Antes tenemos que terminar con el sentido del oído, ¿dime qué crees que es esto?

Se oyó una especie de rasguño que por tercera vez en ese largo día me encendía.

–No sé, rompiste algo pero…no sé decir si un papel, un sobre. Me rindo y con eso te ganas las medias.

Saqué lo que aquel pequeño envoltorio guardaba y se lo acerqué a la boca sin rozarle.

–Ahora continuaremos con el gusto. Vuelve a sacar la lengua y chupa esto.

–¡¡Bien me gusta chupar!! A ver, sabe a chuchería, sabor cola, ¡¡rico!! ¿Me la puedo comer?

–¡Nooo, espera no lo muerdas! Además, te aseguro que te gustaría más que me lo comiera yo –le dije al tiempo que cogía un trozo de tarta de San Marcos con los dedos–. Ahora incorpórate un poco –le ayudé colocándole un almohadón en la espalda. Le cogí por la nuca y fui acercándole hasta mí–. ¡Saborea esto ahora!

Primero olisqueó reconociendo la nata y el dulzor de la yema de huevo y después pasó a comerlo, deleitándose en lamer más de la cuenta al caer en que me había embadurnado el pastel sobre mis pechos y que estaba comiendo directamente de ellos. Para entonces ya tenía sus manos sujetando mi cintura y yo apoyaba la espalda sobre sus piernas encogidas.

–¡Dame más! –dijo con la nariz embadurnada de nata–. Quiero más, quiero seguir probando –enseguida entendí que no sólo se refería a la tarta y con un solo golpe de efecto me levantó para escurrirse hacia abajo y colocarme abierta de piernas sobre su cara.

Descorrió hacia un lado la braga y comenzó a rebuscar con su lengua la tibieza de mi coño húmedo. Al instante de localizarlo, introdujo su lengua en la vagina para continuar después moviéndola con precisión entre los tiernos pliegues, activándome el clítoris endurecido, lamiéndolo a un ritmo constante que me hizo aguantar sólo un poco antes de correrme de placer, consiguiendo que alcanzase un frenesí que al recorrer mi cuerpo hizo que me descolgara de su boca, buscando sus labios para besarle y reconocer mi propio e íntimo sabor en él.

Le desabroché el pantalón, quitándoselos y arrastrando incluso los boxers, ayudada por su fogosidad; lo que me dejó al descubierto su virilidad en alza.

–Tuya la blusa –consiguió decir levemente. Entonces, tendiéndole de nuevo por completo, me giré dándole la espalda.

–Pasemos al sentido de la vista, ¡quítate el pañuelo! –ese fue el instante en el que me incliné hacia delante y metí su miembro en mi boca, paladeándolo y chupándolo con ganas.

–¡Guauu, ganas el sujetador y los pantalones! –exclamó metiendo los pulgares por debajo de la braguita de encaje y acariciándome el culo.

–Tranquilo, que a mí me gusta pagar todas mis deudas.

Bajó las bragas todo lo que pudo y comenzó a comer mi coño de nuevo, dándonos mutuamente el placer deseado hasta que me sobrevino un segundo orgasmo y ya no pude aguantar. Le coloqué el condón con aroma, casi sin que se diera cuenta.

–Pasemos al sentido del tacto –y me monté sobre él, como si cabalgara sobre un potro ayudada por la sujeción de sus manos que me ayudaban a mantener el ritmo continuo de sentadas que le hicieron correrse conmigo al tiempo que sus caderas elevadas me levantaban por completo.

–¡Dios, sin duda ganas todas las prendas! –exclamó entre gemidos.

Tras desmontarle, su boca buscó la mía mientras me acariciaba los pechos.

–Necesitaré buscar mi ropa. Y no sé si Marcos se habrá marchado ya.

Me dio otro beso y, después de quitarse el preservativo, salió de la habitación colocándose por encima la camiseta que minutos antes me había prestado y los pantalones que habíamos lanzado al suelo. Cuando regresó, yo había rellenado las dos copas con el cava que aún estaba fresco.

Se tumbó a mi lado según me iba vistiendo con la ropa que me había traído.

–¿No te quedas a dormir? Marcos y la mayoría de la gente se marcharon hace rato.

–No –dije dándole unos cuantos sorbos a mi copa–, me muero de ganas de llegar a casa, he tenido un día larguísimo. Además, yo nunca duermo con nadie después de follar.

–¡Pero es tarde! Al menos, déjame que te lleve a tu casa.

–No gracias, has bebido más que yo. Tomaré un taxi –dije antes de apurar la copa.

–Está bien, pero al menos aceptarás que te acompañe a buscar uno, ¿no? –dijo terminando de beberse el último trago de la suya y cogiendo una cazadora para que no pudiera decirle que no.

–¡De acuuuerdo! –dije conciliadora.

–Entonces vamos.

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