De Sax A Elx (K.Dilano)

 

Pocas veces puedes saber tanto de un ser humano como observando su calzado.

La ausencia de este también es un buen ejemplo.

Mirando a los pies desnudos de cualquier bípedo descubres cosas incluso de su personalidad más profunda; si es cuidadoso, por supuesto aseado, si es feliz o infeliz. Sobre sus hábitos; si trabaja mucho de pie o sentado, si hace deporte más o menos activo, disfruta con el senderismo o prefiere pasar su ocio mirando la televisión. Incluso sus preferencias sexuales; si disfruta con el placer o por el contrario prefiere el dolor.

No es lo mismo ver unos rollizos pies de mujer pequeña, tan rollizos que parezca que van a estallar las simples manoletinas que lleva; a ver esas mismas manoletinas hechas del mismo material en los pies de una chica de su misma estatura pero con bastantes kilos de menos. Y es que da lo mismo el material con el que estuvieran fabricadas, el hecho es que los hábitos poco saludables de la mujer rolliza hacen que sus pies no toleren ni un paso más después de horas y horas caminando dentro de manoletinas; por muy cómodas que estas lleguen a ser.

Tampoco es lo mismo ver en un avión los pies de un montón de franceses descalzados y sin calcetines, recién llegados de un viaje de diez días por tierras peruanas; que ver a un montón de chicas descalzas con la pedicura francesa recién hecha y mostrando sus pies desnudos a través de unas lindas sandalias de tiras de cuero. No es lo mismo verlo así como tampoco olerlo.

Ni es lo mismo ofrecer para que se pruebe un stiletto a alguien que espera que avance la lista de espera para su operación de juanetes, que ofrecerle el mismo zapato a cualquier aprendiz de novia con traje blanco y pies primorosamente lozanos.

A pie grande, zapato grande; a pie fino, zapato fino. Casi siempre hermoso, todas las veces amable y nunca, nunca incomodo o nimio. Esa es la verdad que hace que los bípedos humanos muestren la gentileza en sus pies; sin ataduras, sin sufrimientos y sin fealdades en sus lindos dedos.

Mi bípedo particular calza un 46 EU, 11 UK, 12 USA, adinerado comerciante cuyo mayor tesoro que envuelven sus pies soy yo; un par de zapatos de piel de cocodrilo que cazó en sus años mozos, que mandó hacer a un artesano conocido y que llevan acompañándole más de veinte años. Con pequeñas reparaciones y las limpiezas y mantenimientos adecuados, continua montándose sobre mí regularmente varias veces al año.

Cada vez que paseamos me fijo en aquellos otros con quienes nos cruzamos; altos, bajos, estrechos, anchos como barcas, deportivos, exóticos, feos o bonitos, ligeros o sofocantes, herméticos o vertiginosos, suaves, prácticos o inadecuados.

Definitivamente disfruto mucho más con los paseos al aire libre y a ciudad abierta que con las tristes y agotadoras tertulias encerrados en una sala de reuniones, en su casa o paseando por los jardines de su hogar.

La calle da menos juego al encuentro con tus semejantes pero dentro de la riqueza de variedad se aprende a conocer a sus ocupantes; porque en las bonanzas del calzado y en el buen uso que se ha hecho de ello, es donde se aprecia la salud de cualquiera de esas extremidades; sustentos de sus vidas y tan poco apreciadas por la mayoría de los humanos. ¡Ay si reconocieran que son la base de su grandeza y de su condición humana! Aquello que les hace diferenciarse del resto de animales que pueblan el planeta y que tantos miles y miles de años les costó perfeccionar.

Salvando las tristes excepciones que hacen que una parte de la población mundial no pueda dar ni un paso, el resto no se da cuenta de que los pies son la parte de su cuerpo que más usan de todas y de quienes menos se ocupan.

Cuando nacen y hasta el momento de ponerse en pie, no hay problema; muchos reciben caricias en ellos, besos maternos e incluso buenos masajes. Pero llegado el momento de ponerse de pie y comenzar a andar, se olvidan de ellos. Los comprimen, los martirizan, los someten y torturan. Intentar compensar los dolores, los pies cansados, ardientes, malolientes o sofocados, cuando además la mayoría no se preocupa ni de embutirse sobre buen calzado, es difícil por no decir imposible. Si a todo ello le añadimos, las interminables horas de pie, los paseos excesivos sin el zapato adecuado, los malos materiales, las modas, las alturas, las planicies y demás etcéteras, terminan recibiendo un dolor de pies solamente por hablar de ello.

¡Qué placer llegar a casa después de bajarse de los tacones y colocarse en invierno unas cálidas zapatillas de casa o unas cómodas sandalias en verano!

¡Y el buen cuero trabajado que permite expandirse al pie lo suficiente hasta adaptarse a su forma ergonómica, sin recibir mas presión de la cuenta!

¡O apreciar durante horas y horas la multitud de cajas bien apiladas en el vestidor con las mejores adquisiciones de zapatos de tacón, cuñas, botas altas, plataformas, todos ellos de distintos colores, marcas, formas y materiales, que le servirán a la susodicha para mostrar luciendo sus mejores galas!

Piel con vida propia que proporciona vida a su vez. Porque si lo pensamos, los primeros hombres que poblaron la Tierra y que también se calzaban a su manera, lo hacían cubriéndose los pies con pieles de animales. Dejando el cuero por fuera y el mullido y cálido pelo por dentro; mezclando así la impermeabilidad y aislamiento con la suavidad y el confort, de manera primigenia pero necesaria.

También para el deportista multidisciplinar la posibilidad de tener en los últimos años diferentes tipos de calzado según el deporte a realizar, ha sido un avance extraordinario.

En mi caso particular me maravillo con esos avances y desde la posición privilegiada de la que disfruto observo que los pies de muchos de esos bípedos han mejorado considerablemente. Lo observo cada vez que salgo a la calle, cada reunión a la que asisto y sobretodo cada nuevo inquilino que me acompaña en el inmenso vestidor en donde vivo rodeado de calzado diverso de mujer y de caballero. Viendo como los buenos cueros y las finas pieles de animales exóticos permanecemos durante años y años, como la actividad deportiva regular de quienes nos ocupan hacen que se sustituyan los deportivos con mayor o menor asiduidad, así como las temporadas de moda y diferentes necesidades ociosas hacen que permanezcan o no algunos pares dependiendo del uso y trato dado.

Por ello valiéndome de mi privilegiada condición y abogando en pro de todas las extremidades podológicas, reivindico la necesidad de preocuparse por todas ellas un poquito más. Y para ello no hacen falta esmeradas sesiones de pedicura y masajes de reflexología; con hacer a nuestro humano consciente de su existencia valdría y haría que al menos un ratito cada día inclinara su vista hacia el suelo, no para mirar donde pisa para no dar un traspiés o para ver si el color de sus zapatos conjunta con lo que lleva puesto encima; si no para admirar, apreciar y agradecer que esos pies sean su sustento diario, necesario e imprescindible.

 

 

 

 

 

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