Correas del sur

Me encuentro sola frente al espejo, por primera vez después de una semana. Descansada, querida y renovada, pero con una profunda tristeza albergando en mi interior. Han sido varios días sin parar de follar, de reír, de jugar y retozar; sin separarnos ni un instante el uno del otro. Intentando prolongar, aunque sólo fuera un poco más, la despedida tortuosa; persiguiéndonos hasta para ir al baño; velando por el sueño del otro las pocas horas que invertíamos en descansar nuestra fogosidad; incluso el silencio se nos antojaba un acompañante indeseado ya que únicamente queríamos estar nosotros solos en esta habitación de hotel. Porque las cárceles siguen existiendo; y aunque en mi caso se trate de algo virtual, el vínculo familiar no lo es.

No regresar a mi país supondría el repudio, jamás podría volver a ver a mis hermanas, abrazar a sus hijos o pasear por mi barrio agarrada del brazo de mi madre. Por no hablar de mis hermanos, los que no dejarían de intentar localizarnos para partirnos el alma en cualquier esquina, o algo peor, sé de lo que serían capaces esos dos malditos pirados.

Venir hasta Inglaterra a perfeccionar mi carrera y conocerle fue lo mejor que me pudo ocurrir. Rondaban los años 90 y después de acabar la rama superior de Business Administration en mi país, mi padre se empeñó en que debía de hacer un par de masters en lengua inglesa. Para ello me dio a elegir entre Gran Bretaña o Estados Unidos; en ambos países tenía viejos amigos de su época militar y sabía que fuera donde fuera cuidarían bien de su niña pequeña.

Me terminé decidiendo por Birmingham en Inglaterra; unos pocos kilómetros más de distancia que evitarían que mis padres decidieran hacerme alguna visita, ya que mi madre odiaba viajar en avión.

Cuando llegué a aquella ciudad, tuve que acostumbrarme a su comida, a su gente y al distendido carácter europeo que lo embargaba todo. Aunque en Inglaterra hay diversidad de culturas y religiones, su forma de caminar, de hablar, de dirigirse a uno y sobretodo de mirar, es completamente distinto a lo que yo conocía en Corea.

En una semana estaba asentada en la que sería mi escuela de Estudios superiores durante dos años. Aquella escuela tampoco era como las que yo conocía. En esta se mezclaban alumnos con y sin formación académica superior, había gente de diversos países, multitud de estudiantes de idiomas venidos de diferentes partes del mundo y sobretodo un aire cordial al que tardé en acostumbrarme pero que en cuanto lo conseguí, hizo que me sintiese mucho más a gusto que en mi propio hogar.

Confraternicé con varias chicas coreanas pero en especial con una de la zona sur de mi país, que vivía desde hacía años con sus padres en la misma urbanización donde yo me alojaba con los Jung, mi familia de acogida y amigos de mis padres que no habían tenido descendencia.

En aquella escuela no importaba tu origen, el culto que practicases o el idioma en el que hablaras. Todos eran amigos de todos y rápidamente comenzaron a invitarme a sus fiestas. La norma dentro de la familia Jung, con quienes vivía, pasaba por no llegar más tarde de las doce de la noche. A pesar de mi edad, por entonces ya contaba 25 años, como una Cenicienta cumplía con aquella primera norma. Por supuesto en su larga lista de obligaciones también estaba la total sobriedad en cuanto a alcohol, tabaco o estupefacientes se refería. Saberme acompañada de alguna de mis novedosas amigas y vecinas coreanas así como evitar todo contacto que pasase de una simple amistad cordial con ningún varón durante todo el tiempo que permaneciera en aquel país.

Por la cuenta que me traía debía de cuidar aquellas obligadas recomendaciones ya que de no ser así, no sólo la paga semanal que mi padre enviaba se vería quitada de golpe sino que un billete de avión con regreso a Seúl me estaría esperando con efecto inmediato.

Entonces no valoré la suerte que tuve cuando pillé a Suni, mi mejor amiga en aquellos años, enganchada comiéndose a besos a Shaun, uno de los invitados a la primera fiesta a la que asistí. En un primer momento me sentí ofendida; una compatriota de mi misma posición económica y educativa besuqueándose como una cualquiera con un irlandés de bragueta facilona. Suni me siguió y llorando me pidió que no la delatase, de hacerlo sus padres la matarían; y conociendo el carácter de los progenitores coreanos daba fe de ello. Aquel terror que noté en sus palabras me hizo darme la vuelta sin mirarla.

A las doce menos cuarto de aquella noche estábamos de regreso en nuestras respectivas casas.

Durante una semana no le dirigí la palabra, ni siquiera la miraba; y sentía repugnancia de todo aquel que se le acercaba. Por eso, cuando Rodrigo se acercó a nosotras en el descanso de una de las clases para invitarnos a una fiesta que daba en su casa ese fin de semana, ni siquiera le miré. Suni comenzó a dar palmadas de alegría y dándome ligeros codazos en el brazo dijo que allí estaríamos.

Según empezaba a enfadarme más y más y ya iba a mandar, de la manera más educada posible, a paseo a aquel muchacho de extraño acento, fue levantar la cabeza y olvidarme del motivo por el que le iba a decir que no contara con nosotras. Su sonrisa me eclipsó, me dio calma, tranquilidad y sobretodo la idea certera de que no estaríamos entrando en la casa de ningún pervertido sexual que quisiera morrearse alegremente con mi amiga. Y cuanta razón tenía, no se quería morrear con Suni porque esta ya había pasado a palabras mayores con su amigo Shaun; ellos ya llevaban más de medio año acostándose en secreto y Rodrigo lo sabía.

¡Dios no me lo podía creer! Me lo confesó todo antes de entrar en la casa de aquel chico, porque sabía que allí estaría su novio y no quería que me enfureciera por ello. A punto estuve de darme la vuelta y salir corriendo con el plato de kimchi que habíamos preparado para el anfitrión…pero de pronto, Rodrigo abrió la puerta…. nos invitó a entrar y al coger la bandeja que yo le ofrecía, me rozó las manos. Las mantuvo pegadas a las mías sin apartarlas mientras agradecía el gesto y se interesaba por saber más sobre aquel plato y nuestra gastronomía en general.

Le expliqué torpemente los ingredientes paso a paso, deleitándome con su sonrisa, con su mirada y con el calor que desprendían sus manos y que para mi extrañeza deseaba que no apartase de allí. Nunca antes había permitido a ningún hombre invadir tanto mi espacio vital y sin embargo, a aquel perfecto desconocido de exótico acento no solamente se lo estaba permitiendo sino que deseaba que se acercara incluso un poco más a mí para captar todo su aroma.

Durante aquella fiesta en la casa que compartía con su mejor amigo, un atractivo iraní cuarentón que le alquilaba una de las habitaciones, Rodrigo me puso al día sobre su vida en aquella ciudad; había llegado hacia dos años para aprender inglés partiendo de cero, sus aficiones eran básicamente montar en bicicleta y correr y sobretodo sentía nostalgia por permanecer lejos de su familia, sus amigos y su vida tranquila y apacible en la pequeña ciudad del Levante español de donde procedía.

A medida que se acercaba la medianoche y cuando la fiesta más animada se encontraba, Suni y yo tuvimos que abandonarla. Aquella noche me costó dormir ya que no paraba de pensar en él y al no haber cruzado nuestros teléfonos temía no volver a verle. No compartíamos el mismo aula, ni siquiera la misma planta, y tampoco sabía si se trataba de un estudiante de jornada completa o reducida dentro del Colegio.

El lunes siguiente llegó, y después de acabar las clases, Suni y yo nos dirigimos al gimnasio del edificio principal donde íbamos cada tarde desde el comienzo de curso. Allí nos encontrábamos a Shaun, quién seguía sin ser santo de mi devoción; cosa que él sabia, pero tampoco le importaba. Parecía que lo único por lo que se preocupaba en esos momentos era por sacar más musculitos de la cuenta delante de su novia.

Al término de mi tabla de ejercicios diaria, que siempre acababa antes de que Suni se pusiera a correr en la cinta durante media hora, me despedí de todos como cada día.

De camino a las duchas creí que me daba un vuelco él corazón al ver a Rodrigo apoyado contra la pared. Llevaba pantalón de deportes corto y una sudadera con las mangas cortadas, como con prisas, a la altura de los hombros. Su cráneo rapado, el cual mostraba una acuciante alopecia a pesar de su juventud, exudaba ligeramente al igual que su indumentaria deportiva.

-¡Buenas tardes señorita Kim! –dijo dibujando una amplia sonrisa en sus labios.

¡Se acordaba de mí, aunque juraría que no le había dicho mi apellido en ninguna ocasión durante su fiesta!

-¡Buenas tardes Ro…Ro…drigo! –titubeé.

¡Que difícil me resultaba pronunciar su nombre! Pero enseguida se dio cuenta y me invitó a que le llamara Rodrick, lo cual resultó bastante más sencillo.

-Shaun se quedó hablando con Suni, siempre lo hacen. Acabará dentro de poco – le dije.

-No buscaba a Shaun. Te esperaba a ti.

¡Mi madre! ¿Había escuchado bien?

-Me preguntaba si podría acompañarte hasta tu casa. Me pilla de camino hacia el trabajo y así podríamos continuar la charla donde la dejamos el sábado pasado. Te fuiste demasiado pronto. No pude despedirme.

¡Por supuesto que sí, claro que sí! ¿Cómo no? Sólo le pedí unos minutos para darme una ducha rápida y poder cambiarme y él a su vez, echándose la bolsa de deportes sobre los hombros, me imitó el gesto en dirección al baño de chicos y quedamos en vernos fuera.

Al entrar en aquellos vestuarios indiscretos, sin puerta que los cerrara, comencé a sonreír como una boba y a desnudarme rápidamente para no retrasar el encuentro ni un solo minuto. Nadie había pasado por allí; de hecho, en todo el mes que llevaba haciendo uso de ellos, se diría que sólo yo los usara; ni siquiera Suni venía, del gimnasio se iba directamente a la biblioteca, o al menos eso era lo que sus padres y yo creíamos. Así que yo agradecí la soledad en esos momentos al meterme en la ducha.

Al instante, escuché al otro lado de la pared alicatada, un grifo de agua corriendo. Seguramente sería él. Nuestros cuerpos se encontraban desnudos y separados únicamente por unas pocas tuberías, ladrillos y azulejos. El agua templada no conseguía calmar el incesante golpeteo de mi corazón y necesité ponerla completamente fría metiendo la cabeza bajo el chorro directo. Comencé a echar gel sobre la palma de una mano y después de untarlo sobre ambas y usándolas a modo de esponja simulada, empecé a pasarlas por debajo de mi cuello y axilas; deleitándome en la idea de que fuera él quien me acariciara de aquel modo, abarcando mis pequeños pechos entre sus manos. Deseando que traspasara aquella pared que nos separaba para cogerme entre sus brazos y besarme por todo el cuerpo.

Derramé un poco más de aquel jabón sobre mi mano, formando una suave espuma con la que limpiar mis partes más intimas y para mi sorpresa noté entre los suaves pliegues vaginales un líquido viscoso que no paraba de liberarse al contacto con mis dedos; y me agradó. Nunca jamás antes había deseado mantener colocada, allí abajo, mi mano. Y sin embargo, ahora mis dedos se tocaban más de la cuenta, intentando descubrir por qué aquella sustancia viscosa no dejaba de salir. Y además, por qué al roce de mi dedo corazón con un pequeño y endurecido nódulo que acababa de descubrirme, los pezones comenzaban a endurecerse tanto que parecía como si se fueran a salir de repente, al igual que el corcho de una botella de champán.

El ruido de la ducha en los baños de al lado cesó de golpe y me sobresalté al darme cuenta de que siendo chico, a Rodrigo le quedarían sólo cinco minutos para terminar de estar listo. Tenía que dejar los experimentos para otro momento e intentar tardar lo menos posible en salir, si no quería que se fuese muerto del aburrimiento por tener que esperarme.

Cuando terminé de arreglarme y salí por la puerta con el pelo aún mojado, no pude evitar sonrojarme al verle. La sumisión a la que mi cultura me tenía sometida frente a la presencia de un hombre, consiguió hacerme bajar la cabeza en un gesto que no pasó desapercibido para él.

-No bajes tanto la cabeza Yon –dijo levantándome la barbilla-, me gusta mirar tus ojos.

Aquello me demostró que él no era como los demás. Al menos no como los que había conocido en mi país, ni lo sería tampoco comparado con ninguno de los que mi padre me tendría preparado para convertirse en mi esposo.

Pero las tradiciones podían más que otra cosa y me costó horrores mantener su mirada. Quizás sólo fuera porque tampoco quería que su mano dejara de rozar mi rostro. Teniéndole tan cerca podía aspirar su aroma limpio, su perfume exquisito y varonil y notar su aliento fresco rozándome la cara y la calidez de sus dedos, en una caricia que no se dio cuenta que empezó a hacer por todo mi rostro.

Mis pupilas comenzaron a dilatarse, y en el preciso instante en el que mis ojos comenzaron a descender en un gesto rendido; al paso por su boca sentí como sus labios finos de sonrisa imborrable se hundían en los míos, consiguiendo paralizar el golpeteo de mi corazón durante unos segundos, tomándome por la cintura para estrecharme contra su cuerpo fibroso y permitiéndome notar la musculatura de sus brazos y la suave redondez de su cabeza.

Unos pasos lejanos consiguieron separarme de él. Gesto que le contradijo pero para el que rogué con la mirada que guardara secretamente en silencio. Eran un par de despistados jugadores del equipo de baloncesto que a su paso por nuestro lado dejaron flotando en el ambiente su agreste y sudoroso olor corporal.

-Debemos irnos o llegaré tarde a trabajar –dijo tomándome de la mano y sacándome de aquel lugar.

Nos mantuvimos así cogidos hasta justo el par de manzanas anteriores a la casa de los Jung, donde discretamente le solté la mano para que ningún vecino curioso nos descubriese. Por el camino me enteré de que la pizzería donde trabajaba era del primo de Masoud, su casero y amigo íntimo. Que gracias a aquel trabajo que comenzaba en las tardes hasta bien entrada la madrugada era capaz de pagarse su alojamiento, sus estudios y que además le reportaba un buen dinero para vivir cómodamente sin tener que esperar a que sus padres le enviaran dinero desde España.

-Te veo mañana. Mismo lugar, misma hora –dijo frente a mi puerta, guiñándome uno de aquellos hermosos ojos verde oliva que lucía bajo unas espesas cejas oscuras.

Ni mi mentalidad virginal de intensa disciplina paterna, ni los partes periódicos que le proporcionaban a mi progenitor quienes me hospedaban, ni la alocada relación castrada que sabía que íbamos a tener, consiguieron evitar la atracción que sentí hacia él desde el primer momento. Había sido el primer hombre que me había besado, aún estaba alucinada por el efecto, por la interrupción tan brusca y por la necesidad acuciante que había sentido de tocarme tan íntimamente como había hecho pensando en él como lo hice desnuda en aquellas duchas. Deseaba volver a encontrarle en aquellos pasillos. Ardía en deseos de sentir de nuevo su boca contra la mía, su cuerpo fibroso acercándome hacia el calor de su pecho y el fresco aroma de su perfume invadiendo mis sentidos.

Al día siguiente Suni y yo llegamos al Colegio, como siempre, demasiado temprano; mi atención se mantenía en otra parte, alejada de aquella aula y de aquellos profesores, casi ni almorcé y para cuando miraba el reloj en el gimnasio lista para abandonarme al encuentro con Rodrigo, Suni decidió que me acompañaría a los vestuarios para tomar una ducha antes de volver a casa conmigo.

-¡Pero si no has corrido en la cinta aún! –exclamé, sorprendiéndome por el tono que usé.

-Tengo prisa. Vamos a recoger el coche que nos han comprado mis padres a mi hermana y a mi.

-Pues vete directamente y ya te duchas en casa –le propuse para evitar su compañía.

-Tengo el tiempo justo y mi madre no me permitiría ir en chándal al concesionario. Así que llévame hasta esas duchas que no sé donde están.

La conduje nerviosa hasta donde me pedía, acelerándose el corazón por el encuentro con Rodrigo.

-Te noto tensa, ¿estás bien, o sigues enfadada conmigo por lo de Shaun? –muy perspicaz señorita Lee.

-No, no, sólo estoy pensando en los exámenes de la semana que viene.

Cuando enfilé el pasillo escasamente iluminado que daba acceso a los vestuarios con ducha, palidecí al no encontrarle allí parado como el día anterior. Quizás se estuviera duchando y saliese más tarde, o quizás fuese más pronto de lo habitual y aún continuase corriendo.

Miré de soslayo el reloj, y al llegar a la puerta de los vestuarios femeninos comprobé que pasaban cinco minutos de la hora en que le vi la tarde anterior. Me paré y después de mirar a ambos lados del pasillo, escuché la voz de Suni:

-¿Esperas a alguien?

-No, esto…creo que hoy me quedaré en la biblioteca para estudiar algo –respondí intentando recordar donde se ubicaba aquel lugar.

-Creía que preferías estudiar en casa.

-Sí lo prefiero, pero hoy los Jung tienen visita y no me voy a poder concentrar.

Nos dimos una ducha rápida y antes de separarnos tuve que dejar que Suni me acompañara hasta la biblioteca. Aguanté sólo veinte minutos allí sentada, sin apenas sacar un libro y pensando qué habría sido lo que le hizo no encontrarse conmigo aquella tarde. Aunque por otro lado casi prefería no haber tenido que verle, acompañada como estaba por Suni.

Al día siguiente, mi amiga volvió a quedarse en el gimnasio como de costumbre para pavonearse delante de su novio durante media hora más. Cuando giré para enfilar el pasillo que me llevaba a los baños, le vi apoyando su hombro contra la pared. Llevaba pantalones cortos y una camiseta sudada de manga corta que demostraba que acababa de terminar de correr. Noté como me daba un vuelco el corazón en cuanto vi sus penetrantes ojos de largas pestañas oscuras clavarse en mí, pero inmediatamente bajé la mirada hasta el suelo sin poder seguir fijándola sobre él.

-Menos mal que hoy vienes sola –me extrañó aquella afirmación y levanté la mirada justo cuando pasaba a su lado.

-Ayer no apareciste –dije en un tono demasiado envalentonado para lo que era costumbre en mí.

-Sí que lo hice, pero supuse que no te gustaría que tu amiga nos viese juntos y me escondí en el vestuario hasta que os fuisteis. Estuve esperando un rato para ver si volvías.

¡Mierda es verdad! ¿Por qué no se me habría ocurrido aquella opción?

Por alguna extraña razón había parecido leerme la mente en cuanto a mantener la discreción y me encontraba rebosante de felicidad por verle de nuevo frente a mí, en aquel pasillo ajeno al mundo entero. El aroma inconfundible del ejercicio físico exudaba por nuestra piel y su olor intenso comenzaba a alcanzar mis sentidos. Noté encenderse ms mejillas sin poder hacer nada por controlarlo y cuando mis ojos se detuvieron en sus labios de trazo fino, vi como poco a poco comenzaban a acercarse a mi boca, rebuscando con su lengua la mía, en un beso más pasional que la tarde anterior, y que al principio me permití calibrar pero que en cuanto fue acompañado por sus manos pegadas a mi cintura y a mi espalda, me hicieron encender un deseo latente que comenzó a humedecer mis partes más íntimas. Sin recato alguno tiré la bolsa con mis cosas al suelo y comencé a acariciarle su cráneo rapado cuando sentí cómo me apoyaba contra el muro. Sus manos recorrían meticulosamente mi anatomía de arriba abajo y cuando sus dedos alcanzaron mi pecho noté un cosquilleo en el abdomen que me alertó, separando mis labios de los suyos para mirar a ambos lados del pasillo por si alguien venía.

Rodrigo se dio cuenta de mi temor y agarrando su bolsa y la mía en una mano, tironeó de mí con la otra hasta llevarme dentro del vestuario de chicas.

-Chiss! –dijo posando un dedo sobre sus labios después de lanzar las bolsas contra una esquina-. En todo el tiempo que llevo aquí, solamente tú y ayer tu amiga habéis usado estas duchas.

Solté una risita cómplice y dejé que me apoyara sobre la pared para volver a sentir sus cálidos labios sobre la piel de mi cuello. ¡Qué excitante era la sensación de cautela que teníamos que poner en evitar que alguien nos descubriera y lo morboso de la situación! Por otro lado, mi cabeza me preguntaba si acaso estaba loca, besuqueándome con un chico al que acababa de conocer hacía unos días y que no sabía cuales eran sus intenciones; aunque según la manera en la que me toqué pensando en él en aquel mismo vestuario, nadie diría que me importase mucho cuales fueran a ser esas intenciones.

Al acercarse más a mí para continuar su recorrido en dirección a mi boca expectante, pude notar su abultado paquete contra mi vientre. Jamás había tenido a ningún hombre tan cerca como para notar su deseo por mí, pero aquello me excitaba y la idea de saltarme alguna de las reglas de mi entorno lo era mucho más; como por ejemplo el perder la virginidad antes del matrimonio, lo cual no era una norma impuesta en nuestra cultura pero sí una tradición social. Cualquier novio impuesto por la vía paterna comprendería un desliz de juventud, siempre y cuando sólo fuera eso; casi estaba peor visto que el desliz se produjera con un extranjero, y más si este era occidental.

También me resultaba excitante hasta el punto de sentir mis labios vaginales hinchados, el hecho de que no fuera un chico acaudalado, como el que seguramente me estarían buscando mis padres al regresar a mi país. Todo en el resultaba apasionado, su manera de acariciarme por debajo de la camiseta ajustada hasta alcanzar mis pezones, la mirada intensa en aquellos ojos color verde oliva que me regalaba y el sonido de su voz templada y exótica al pronunciar mi nombre en un susurro.

-Yon tengo que ir a darme una ducha de agua fría o no podré parar –dijo sin apartar sus labios de mi mandíbula.

¿Por qué? No quiero que se vaya, no ahora. Pero mi cuerpo no reaccionó, sólo mi respiración entrecortada le pidió que se mantuviera allí conmigo, rozando nuestra piel hasta convertirla en una.

-No te marches, por favor –conseguí emitir esas palabras en un susurro.

-Me gustas tanto Yon que quiero tener y saber todo de ti, pero me estoy poniendo tan cachondo que como continúe voy a tener que follarte aquí mismo y vas a pensar que soy un aprovechado. Apenas me conoces. Sal conmigo el viernes y después podemos ir a mi casa… si quieres.

Y quiero, claro que quiero. Volví a clavar mis labios en los suyos, rebuscándole yo esta vez su lengua.

-No sé si podré llegar a aguantar hasta el viernes –dije mientras sentía sus besos a lo largo de mi cuello en dirección a mi escote-. No verte ayer se me hizo eterno.

Al instante noté su separación casi dolorosa y separando su cuerpo del mío lo suficiente para mantener apoyados los brazos contra la pared a ambos lados de mi cuerpo y la cabeza agachada a la altura de mi estomago le oí decir:

-A mí también me resultó difícil, y me avergüenza estar como un adolescente empalmado delante de ti, por eso quiero ir despacio, no quiero cagarla. Eres la primera chica con la que estoy desde hace dos años.

Me extrañó aquella confesión, dado que por su carácter extrovertido le hubiera comparado con un ligón latino.

-Rodrick, tu serás el primero con el que yo haya estado nunca, y es la primera vez que en veinticinco años no quiero que pase ni un minuto más para que deje de ser así. Pero… quizás tengas razón y sea más adecuado esperar al viernes en tu casa.

Entonces, al alzar su cabeza hacia mí vi la expresión asombrada que apareció en su rostro. ¡Oh no, que estúpida! Seguro que había bajado su libido hasta los talones. Mostrarme como una lánguida virgencita frente a él no había sido una buena idea; seguro que ahora saldría corriendo despavorido. Además, realmente no quería posponer algo que evitaría sentir lo que en estos momentos sentía. Seguramente que el viernes estaría muerta del pánico y el encuentro sería un desastre y se me notaría a la legua lo que iba a hacer, tanto que no podría mirar a la cara a los señores Jung y mucho menos a Suni o a alguna de mis otras amigas.

Volvió a darme un beso en los labios aunque mucho más comedido y recogió su bolsa colgándosela del hombro para salir de allí con los puños cerrados.

¡Qué tremenda frustración! Había cortado de golpe el deseo que albergaba entre mis piernas. Al igual que él, ¿cómo decía? ¡Qué estaba cachondo! Así me había dejado a mí, cachonda y jodidamente frustrada.

¡Dios yo sí que necesitaba meterme en un lago helado! Aquel quemazón no lo iba a hacer desaparecer tan fácilmente una simple ducha de agua fría.

Me quité las zapatillas y lancé con rabia toda mi ropa sucia dentro de la bolsa de deportes. El contacto del agua sobre mi piel no consiguió liberarme del cabreo que sentía. Si le gustaba por qué no se había atrevido a continuar. Restregué con furia cada centímetro de mi piel con el jabón, sintiéndome culpable a la vez por desear que alguien tan atento y delicado conmigo quisiera posponer nuestro primer encuentro sexual.

Y de repente, inmersa como estaba en mis propios pensamientos, oí descorrer la cortina de la ducha haciendo que me girase avergonzada.

Rodrigo se encontraba allí de pie, frente a mí, recién duchado y con una simple toalla rodeándole la cintura.

-¿Estás segura?

-¿Segura de si soy virgen? –pregunté inocentemente-. Sí, seguro.

Una sonrisa abierta que mostraba su blanca dentadura asomó irradiando de luz el frio vestuario.

-No, me refiero a que si estás segura de que quieres que sea conmigo, aquí y ahora.

Me quedé alucinada. No sé ni cuanto tiempo habría pasado desde que deje a Suni en la cinta de correr del gimnasio, pero de ocurrírsele venir a ducharse, aún le quedarían quince minutos más o menos, eso sin contar con que apareciese cualquier otra y no creo que las cortinas de las duchas pudieran acallar nuestra fogosidad.

-Si te vale te daré un triple sí por respuesta –volví a notar la humedad entre mis piernas y el bombeo de sangre acumulado en mis partes íntimas volvió a hacer acto de presencia.

Sus ojos se engrandecieron y dando un par de pasos se metió dentro de la ducha corriendo la cortina por detrás de él, cerrando el grifo de agua fría que ya había conseguido empaparle buena parte de la toalla y dejando un paquetito pequeño sobre la repisa en donde estaba mi bote de gel.

Sus boca volvió a unirse a la mía mientras sus manos seguían un recorrido intencionado sobre mis pequeños pechos, acariciándolos y haciendo que sus labios fueran buscando, en su lento recorrido por mi cuello, los pezones para lamerlos, uno tras otro haciendo que un pequeño gemido saliese por mi garganta. Podría haber dejado que se mantuviese allí durante todo el día, simplemente chupándolos, pero en cuanto sus dientes comenzaron a mordisquear mis pequeños botones erectos, sentí que una fuerza nueva e intensa se apoderaba de mis genitales necesitando que fuera liberada.

Mis manos se apoyaban sobre sus hombros. Toda su espalda al igual que su torso mostraba mucho pelo; curiosamente aquello me agradaba, tanto que empecé a sentirme más húmeda cada vez que rozaba su piel velluda. El contraste entre aquello y su cabeza completamente rapada me excitaba sobremanera; y nunca lo hubiera imaginado acostumbrada como estaba a ver en la piscina a otros chicos coreanos o a mis propios hermanos en casa con el cuerpo falto de pelo por completo.

Su boca chupaba con fruición mis senos y el cosquilleo de mi entrepierna crecía por momentos. De repente sus manos continuaron bajando por mi vientre hasta alcanzar el vello púbico y hundiéndose con dedos conocedores comenzó a frotar mis labios vaginales notando como con el mismo liquido viscoso que salía de mi interior días antes, comenzaba a lubricar aquel nódulo mágico que al primer contacto hizo que diese un respingo, tensando mi cuerpo de gusto.

-Tranquila pequeña –susurró en mi oído mientras lamia el lóbulo de mi oreja-, déjate llevar.

Mientras con una mano acariciaba mis pezones, pellizcándolos levemente, con la otra frotaba sobre aquel punto con el dedo medio. Una sensación más placentera aún que cuando mis dedos estuvieron allí, irradió todo mi cuerpo deseando que continuase moviéndolos mas rápido, mucho más rápido; así, así, así hasta hacerme separar los labios de su boca para exclamar su nombre, y hasta que mi cuerpo convulsionó tanto que sentí la necesidad de gritar, para lo que acalló mis gemidos con sus labios, besándome tan fuerte que era imposible que pudiera siquiera respirar. La fricción contra aquel nódulo hinchado disminuyó de ritmo pero no de intensidad. No quería que apartase la mano de mí, y con la otra buscó mi trasero acariciándolo de manera tan sensual que volví a necesitar que aumentase el ritmo de aquel dedo picarón para conseguir llevarme al éxtasis una vez más. Esta vez no necesite que me acallara con su boca, comprendí el riesgo de que alguien nos encontrara allí ocultos y contuve como pude aquel placer que me recorría todo el cuerpo.

Lentamente y con dedos temblorosos desprendí la toalla que llevaba alrededor de la cintura haciendo que cayera al suelo, y por primera vez en mi vida vi el pene erecto de un hombre. No podía compararlo con ningún otro pero era bastante más grande de lo que me había imaginado que pudiera ser. Escuché el sonido rasgado de un plástico.

-¿Quieres que continuemos? –dijo enseñándome a su vez un preservativo fuera de su envoltorio.

-Te deseo ahora –afirmé convencida.

Entonces ayudándose con ambas manos lo colocó de manera precisa. Quise posar mis manos inexpertas sobre su verga empinada y al roce de mis uñas contra el látex de aquel cubre penes, exclamó:

-¡Cuidado pequeña, no querrás que se rasgue!

Entonces con ambas manos colocadas sobre mi culo, me alzó sin esfuerzo alguno haciendo que mis piernas le rodearan la cintura; y lenta y pausadamente, sin dejar de mirarme a los ojos, comenzó a introducirse en mi interior. Con sus brazos controlaba la intensidad de la penetración, sin apresurarse, apoyando mi espalda contra la pared de fríos azulejos, aquella pared que dos días antes había deseado que se viniera abajo para mostrarle frente a mí deseoso de tenerme entre sus brazos.

Mi sueño de entonces no hubiera podido llegar a ser como hoy; porque ahora sí que le tenía entre mis brazos y yo estaba en los suyos deseando que siguiera más y más adentro hasta arrancarme otro grito liberador como los de antes, sintiéndome sexi y deseada por primera vez en mi vida. Y aunque la sensación de tener el conducto vaginal tan estrecho me pedía sosiego, yo sentía la necesidad apremiante de moverme con él, a su ritmo, bailando mis caderas contra él al mismo tiempo que sus brazos me valían de soporte y la oscilación de sus manos agarrando mi trasero me hacia sentir fuerte y segura.

-Sigue moviéndote así, pequeña, sigue, sigue –sus palabras en ingles intercaladas con su español natal consiguieron encenderme mucho más, haciéndome oscilar más profunda y rápidamente-. ¡Córrete conmigo Yon, córrete para mí!

¡Oh Dios! El espasmo que comenzó a hacerse eco de mis entrañas no tenía parecido a los anteriores; le sentía dentro. Sus jadeos, su aliento cercano a mi oreja, el riesgo de ser oídos y el miedo a una expulsión del Colegio, todo junto era más que excitante, era sublime, como también lo fue el orgasmo que me llegó sin previo aviso y para el cual tuve que acallarme posando mi boca abierta contra su cráneo rapado, oliéndole a él, su frenesí y el estallido convulso de su placer al liberarse dentro de mí.

Me mantuvo abrazada en aquella posición durante unos minutos hasta que abrió el grifo del agua templada el cual sentí agradable al recorrer mi espalda. Cuando me desmontó, las piernas me temblaban. Él seguía erecto y en un par de movimientos se quitó el condón haciendo después un nudo con él. Mis extremidades no me respondían sólo podía mirar, con la boca entreabierta, sus ojos color oliva y la sonrisa satisfecha de su rostro que era muy parecida a la mía. Enjabonándose las manos con mi gel comenzó a lavar mis partes íntimas de manera delicada viendo como el agua se llevaba el rastro de mi virginidad reciente y gustosamente rota. Después pasó a enjuagarse él mismo.

Tras secarme, tomó prestada mi toalla para enrollársela en la cintura y volver a su vestuario para terminar de vestirse, llevándose con él los restos de condón para tirarlos, su toalla empapada y uno de mis besos robados.

Me costó reaccionar para comenzar a vestirme, aún me temblaban las piernas cuando salí por la puerta ya arreglada, perfumada y con una sensación escocida en mi vagina de resultante satisfacción. Él esperaba afuera con una sonrisa cómplice que demostraba su felicidad.

Así comenzó nuestra historia de amor pasional. Aquellos encuentros se sucedieron cada tarde después del gimnasio, y los fines de semana siempre nos quedaban las fiestas y su casa. Por supuesto tuve que hacer participe de ello a mi amiga Suni, lo cual le complació enormemente ya que una era la coartada de la otra en cualquier momento. El coche que Suni compartía con su hermana le servía frecuentemente de nidito de amor con Shaun y además nos ahorrábamos el taxi de vuelta a casa.

Mi horario de llegada a casa de los Jung seguía siendo justo la medianoche, pero cada sábado y cada domingo por la mañana, nada más terminar de desayunar, me reencontraba con Rodrigo en su casa o de paseo por la campiña inglesa para revolcarnos justo antes de su turno de trabajo hasta que terminaba y volvíamos a retozar de nuevo después de anochecer.

Mi cuerpo necesitaba su cuerpo, sus caricias, sus mordiscos y lametones. Y me sentía viva, eróticamente amada y sensualmente volcada en alimentar mi líbido. Con sólo escuchar la manera en la que entonaba mi nombre ya sabía si me llamaba para decirme simplemente algo o si me deseaba en ese preciso momento, estuviéramos donde estuviéramos; la cafetería del Colegio, cualquier tienda del centro o la parada del autobús. Sus ojos centelleaban de una manera peculiar cuando así era, pronunciando mi nombre de una manera peculiar y entonces corríamos a buscar un sitio lo más escondido posible de las miradas ajenas; el baño de cualquier bar, un probador o un callejón poco transitado. Y para cuando su mano comenzaba a rebuscar mi sexo por dentro de la ropa, yo ya había conseguido liberar su ansia de poseerme; mostrándome todos sus atributos para ser acariciados, besados y chupados hasta elevarle a un éxtasis necesitado que terminaba por hacerle bajarme las bragas y penetrarme desde atrás, acallando mis gemidos intensos posando la palma de su mano contra mi boca.

Odiaba no poder gritar con intensidad y a pleno pulmón en cualquier lugar, pero aquel riesgo excitante de lo socialmente prohibido era lo que nos producía más placer e indirectamente lo buscábamos.

Pero el tiempo pasó, e intentar romper con una tradición de generaciones que me obligaba a regresar y ceder mi cuerpo al marido que mi padre eligió, era imposible.

Retrasé todo lo que pude mi marcha. Ya había terminado mi especialización, con buenas notas además; pero con la excusa de recibir mi título en mano y unas prácticas que conseguí obtener y deseaba hacer, pospuse mi vuelta definitiva a Corea en total un año más.

Cada día que pasaba era angustioso, Rodrigo hacía una muesca imaginaria al final de la jornada, presintiendo la llegada del día de mi viaje de retorno como nuestro final. Yo trataba de borrar cada una de ellas, sin darle demasiada importancia; pero la tenía y mucho, sólo que intentaba ocultarlo. No queríamos pasar ni un solo minuto más del necesario, por nuestros trabajos, separados; y en cada encuentro follar era la principal condición. Si mi cuerpo debía de pertenecer a otro por imposición paterna, al menos Rodrigo se llevaría el máximo placer de mi lozana juventud.

Aquel hombre era insaciable y yo siempre me encontraba dispuesta para él. En la tranquilidad de su hogar me hacía el amor de manera pausada, deleitándose en cada porción de mi cuerpo con esmero; masajeándome con aceites aromáticos, probando nuevas salsas y cremas de relleno sobre mi desnudez, otorgándome placer y enseñándome como dárselo a su vez, hasta que nuestro goce alcanzaba la cumbre y nos hacía caer en picado rindiéndonos a su quietud. Y aquello era completamente distinto de los rápidos y satisfactorios polvos a los que normalmente nos entregábamos en cualquier lugar publico, aunque no por ello menos satisfactorios.

El día que los Jung me entregaron el billete de avión que me llevaría de regreso a Seúl, no quise decirle nada a Rodrigo. Hubo de pasar una semana hasta que me decidí y para entonces me confesó que sabía exactamente el día y la hora de mi marcha; Suni se había ido de la lengua.

Le pedí que fuera al aeropuerto a despedirme, pero se negó a ello; discutimos y aquel día no me hizo el amor, ni siquiera me folló en ningún rincón apartado de las miradas ajenas. Hasta mi amago de acercamiento fue rechazado y entonces comprendí que lo que sentía por mí era algo más que una simple y pasional atracción sexual.

Durante aquellos tres años habíamos hablado en contadas ocasiones sobre nuestras tradiciones, costumbres y anhelos de futuro. Todos sus amigos y algunos de los míos sabían que estábamos juntos pero nada más, no nos presentábamos como novios ni esas cosas de pareja. Él sabía bien que yo debía de regresar a mi país, hacerlo con él hubiera sido imposible. Creo que guardaba la esperanza de que me animara a volver con él a su tierra; según contaba era un lugar con facilidades para vivir y encontrar trabajo, con buena calidad de vida y ajeno a estereotipos racistas que provocasen mi malestar.

La noche anterior a mi marcha llegó. Hacía dos días que me había despedido de todos mis amigos y conocidos y esa noche la reservé para él, en su casa, en nuestra cama. Apenas hablamos, sólo nos recorrimos con caricias el cuerpo y nos abandonamos a un par de orgasmos sin escatimar los gemidos bien altos que durante mucho tiempo habíamos coartado. La pasión salía por cada poro de nuestra piel, pero los sentimientos de abandonar algo querido nos enmudecieron. Tan fuerte me mantuvo abrazada que creí que me fundiría con él; y eso era lo que deseaba, algo que no tuviera que decidir yo. Pero Suni hizo sonar el claxon de su coche justo a las 23:30 y posando un último y casto beso en mi boca se giró para meterse en su cuarto antes de que yo saliese por la puerta.

Cuando aterricé en Seúl ya no me quedaban más lagrimas por derramar, lo había hecho durante el vuelo desde Londres. Me tiré varios meses sin comer apenas, suerte que las entrevistas de trabajo me obligaban a salir de la casa de mis padres para finalmente colocarme en una multinacional que me haría viajar y mantenerme aislada de los míos y de mis propios pensamientos.

Mi padre esperó tan solo seis meses desde mi regreso para comunicarme la fatídica noticia de que ya me había encontrado un marido ideal. Casi me dio un ataque al corazón cuando me lo dijo, por supuesto discutí con él aquella tarde pero fue tajante en su argumento al decirme que ya tenía casi veintinueve años y que no estaba dispuesto a albergar bajo su techo a ninguna treintañera solterona, que para entonces ya debería de darle algún otro nieto y que era eso o mantenerme alejada de la familia para siempre, viviendo sola por mi cuenta.

Tuve que salir corriendo de la casa para localizar una cabina telefónica desde donde poder llamar a Rodrigo. Necesitaba escuchar su voz, su risa, escucharle aunque sólo fuera para discutir; era eso o quizás el sentimiento de que necesitaba su consentimiento o su desaprobación ante el hecho de tener que casarme con un completo desconocido. Todo se resumía en que no fuera él.

Al descolgar tardé unos segundos en contestar.

-Rodrick, soy Yon –dije temblándome la voz.

-¿Qué tal estás?

No pude contestarle.

-Me casan –alcancé a decir antes de notar que se me quebraba la voz.

-Eso ya lo sabías, ¿qué esperas que te diga?

¿Qué espero? Espero que me digas todo y nada, que vendrás a por mí o que abandone a mi familia y coja el primer avión que salga hacia Londres, hacia tu encuentro.

-No sé, necesitaba escuchar tu voz.

-¿Diciendo qué? ¡Que te quiero, que no lo hagas, que vuelvas a mí! ¿O… que de casarte quiero que sepas que siempre te llevaré en mi alma y en mi corazón aunque sean otras manos las que te toquen y duermas junto a él cada noche como nunca pudiste hacer conmigo? –inspiró durante un momento antes de continuar-. Todo eso ya lo sabes, no hace falta que yo te lo diga. Yo no pertenezco a tu mundo, sólo pertenezco a tu cuerpo; así que ahora te voy a colgar y a menos que vengas a verme casada o sin casar, espero que no vuelvas a llamarme.

Un frío y molesto pitido en la línea me hizo regresar a la realidad de golpe.

Por suerte el marido desconocido que me tenían preparado fue alguien cercano a mí en edad, pero tan asquerosamente prepotente y grasiento que al final del día y cuando el soju le cegaba los sentidos venía a bombear encima de mí la flacidez de su asquerosa polla. Comparar a Rodrigo con aquella especie de ballenato era imposible y mucho menos hacerlo sobre sus atributos sexuales. Aquel cabronazo no sabía ni por asomo lo que era hacerle el amor a ninguna mujer, acostumbrado como estaba a terminar las cenas de empresa con prostitutas de lujo que les comían el rabo bajo las mesas. Cuánto agradecí la noche de bodas no haber llegado intacta; de haberlo sido y con lo brusco que se puso hubiera acabado en urgencias. Por suerte después de correrse, cayó redondo a mi lado roncando como una morsa debido a todo el alcohol que había bebido, por lo que no fue difícil ocultarle mi falta de virginidad.

Cada noche que pasaba, aquel desconocido no paraba de meterme mano de manera poco delicada e intentaba, sin conseguirlo, todo tipo de maniobras grotescas que ni por asomo se me hubiera ocurrido llevar a efecto con él. Si quería, que las pusiera en práctica con sus putas amigas. ¡Cuánto echaba de menos a Rodrigo, su delicadeza, su fogosidad y su amor!

Mi empresa debido a mi curriculum, mi experiencia viviendo en el extranjero y los contactos de mi padre comenzó a mandarme a trabajar fuera de mi país; Japón, Estados Unidos, Australia, Canadá…Yo rezaba porque me enviaran a Europa. Más de dos años tuve que esperar, pero al fin llegó; destino Londres.

Había perdido el contacto con él, pero le pedí a Suni, quién seguía viéndole a través de Shaun, que le hiciera llegar una nota de aviso con la fecha de mi llegada y el hotel en el que me alojaría durante una semana entera en aquella ciudad.

Aterricé una lluviosa tarde de otoño londinense, ansiosa por verle esperándome en la puerta de llegadas internacionales; pero allí no estaba. Esperé en vano, hasta que decidí coger un taxi que me llevase al hotel reservado por mi empresa; tampoco me esperaba en el hall, ni había mensajes para mi dejados en la recepción.

Desconsolada encaminé mis pasos hacia el ascensor que me llevaría hasta mi habitación. Entré y solté con gesto cansado la maleta encima de un mueble habilitado para dejarlas. Sin ganas de deshacerla, la abrí y comencé a sacar lo necesario para darme una ducha.

-¡Room service! –oí decir después de golpear la puerta con los nudillos.

-Yo no he pedido nada –dije en alto antes de abrir la puerta sin mirar por la mirilla-, ha debido de confun…dirse.

¡Allí estaba, Dios mío! Sujetando entre sus manos una botella de champán y una pequeña cesta de plástico con fresas en su interior.

-¿Vas a dejar que me coma y me beba esto sobre ti? –dijo alzando los brazos.

Mis manos le atrajeron hasta dentro, besándole con urgencia y comenzando a desabrocharle la camisa y la bragueta sin preguntar ni cruzar media palabra siquiera; bajándole los pantalones y la ropa interior le tumbé en la cama y solo le permití mantener en las manos lo que había traído. Comencé a desnudarme pausadamente frente a él, permitiéndole deleitarse con la visión y comprobando que lo que miraba era de su agrado viendo como sus atributos masculinos comenzaban a alegrarse de verme de manera espontanea y sin vergüenza alguna. Mi lengua deseaba recorrer todo su cuerpo, impregnándose con su sabor, hundiendo la nariz y la boca en la maraña de vello que cubría su pecho, bajando hasta hundir su verga en mi boca, deleitándome con su grosor, su dureza y su gusto ya de sobra conocido.

-¡Oh para, para Yon! No quiero correrme en tu boca, no todavía nooo…

Demasiado tarde mi amor, necesitaba proporcionarte placer rápido. Por todo lo que he hecho que sufriésemos los dos. Me avergüenza incluso mirarte a la cara y sólo quiero compensarte por ello.

-¡Chica mala! –dijo acariciándome la cabeza-. Menos mal que traigo este aperitivo para abrir boca.

E incorporándose en la cama comenzó a descorchar la botella de champan. El liquido salió en estampida al haberse agitado y dirigiéndolo sobre mi cuerpo comenzó a deleitarse en lamerlo hasta secarme con su lengua. Luego tendiéndome sobre la cama, fue colocando fresas estratégicamente abiertas sobre mi garganta, en los pezones, dentro del ombligo, a lo largo de los muslos y sobre el vello púbico pasando a regarlas con más champán helado que comenzó a chorrearme por los costados, el abdomen y el interior de las piernas hasta alcanzar mis genitales, produciéndome espasmos de placer. Su boca comenzó a comer los frutos en el mismo sentido en el que habían sido colocados para terminar, el recorrido marcado, con su cabeza entre mis piernas; recreándose hasta conseguir hacerme estallar en un orgasmo convulso y contenido durante tanto tiempo.

La cobra tatuada sobre mi hombro, con la que aparecí en mi casa después de aquel primer viaje a Londres, fue malentendida por mi carcelero coreano. Lo que para Rodrigo y para mí significaba la repulsa hacia las costumbres que me inculcaron, fue un símbolo altamente erotizante para Lee Wan, mi esposo. Y tanto lo sigue siendo que su monótono aviso de que va a follarme comienza por destapar los brazos y babearme desde el cuello siguiendo la silueta del ofidio tatuado que baja con su lengua viperina hasta por encima de uno de mis pechos. Después muerde con fuerza los pezones ignorando mi repulsa, mientras tras recorrer con su dedo el contorno de aquel dibujo comienza a bajarlo, arañándome con la uña, hasta introducir varios dedos de la mano en ambos orificios de mi anatomía íntima; y tras varios intentos de meterme el nabo comienza a repetir la misma frase una y otra vez hasta que se corre; “tu serpiente me lo enseña, la mía se abre el camino”.

Los amigos de Inglaterra que nos conocen, opinan que por qué Rodrigo no me acompaña de una vez. Lo haría si yo se lo pidiera, eso seguro. Pero la vida allí no es fácil para un occidental, y menos para uno que se folla a una mal divorciada a quién sus padres han rechazado y aún menos para uno a quién le mantiene una mujer hasta que algún despistado le contrata para trabajar por unos pocos wones semanales.

Él no me lo dice pero, en su fuero interno, sigue pensando que nunca quise plantarle cara a mi padre por la asignación mensual que me enviaba siendo aún estudiante, por no perder el estatus social que me acompaña desde la niñez o simplemente porque no le quería.

No sabe todo lo que ha significado y lo que significa para mí. ¿Cómo no podría amarle? A él, que con sólo una mirada activa mis sentidos, sintiéndome tan excitada que con el roce de su mano mis bragas comienzan a humedecerse. Quién con sólo unas palabras y su aliento cálido en mi cuello, consigue erizarme el vello, localizando alocadamente cualquier rincón apartado de las miradas ajenas que puedan observarnos. Deseando que sus manos acaricien mis tibios pechos, pellizcándome los pezones erectos de placer mientras deslizando sus dedos por mi vientre y al roce con mi nódulo hinchado consigue sacar los primeros gemidos quedos en cualquier callejón, servicio público o vestuario de grandes almacenes.

Al instante de escuchar el tintineo de su cinturón desabrochado, mi pulso acelerado siempre se adelanta a su siguiente paso; al descorrer de su cremallera, al desalojo ansioso de mi ropa y a su verga erecta picando hasta alcanzarme el interior caliente y hambriento. Parando en repetidas ocasiones para aumentar la excitación y el riesgo a ser descubiertos; o acaso oídos, e incluso insultados desde detrás de alguna puerta, o acallada con sus besos, u observados por algún transeúnte salido; o apoyada contra la pared y elevada al firmamento.

En mis años de Colegio, buscábamos a cada instante encuentros furtivos como ese; en algún aula vacía, en la sesión matutina de algunos cine o en los prados menos transitados de los alrededores de la ciudad.

Habernos ido a vivir juntos a su apartamento hubiera sido mi deseo; sin embargo, el régimen estricto de estudios y control por parte de la familia Jung, convertían aquellas imprevistas y excitables citas en algo necesario para nosotros. Ahí era donde la intensidad de nuestras pasiones se alimentaba por aquel entonces.

Afortunadamente después de aquel reencuentro en Londres, la tecnología nos permitió desfogar a distancia nuestros deseos frente a una pantalla de ordenador; alguna ropa sugerente, unos pocos tocamientos certeros y altamente estimulantes, y las deseadas pajas mutuas que rellenaban nuestro asqueroso destino. Incluso las grabaciones que Rodrigo robaba a otras mujeres con las que follaba salvajemente, me provocaban un goce extremo; pero sólo fue al principio. Después, todo se antojaba tan frio y angustioso para los dos, que acordamos no volver a hacerlo; y solamente nos quedaban mis escasos viajes a Europa por trabajo, en donde nos volvíamos a reencontrar y a amar de nuevo. Nada podía ser comparable a tenerle cerca. Cada día que pasaba sin él, me parecía un año y esta última semana sin separarnos…ha pasado tan rápido.

Con sólo imaginarnos en cualquiera de los sitios donde sentirle dentro ha sido siempre intensamente necesario, comienzo a excitarme. Aún se percibe el olor a sexo en el ambiente, enérgico, acre y altamente estimulante. La sensación de la fornicación continua se mantiene de manera intensa entre mis piernas, así como el sabor de sus besos o el escozor de sus nalgadas en mi trasero.

La imagen que ahora me devuelve el espejo en el que me miro desnuda, me invita a humedecer los dedos con saliva y tocar mi coño empapado de recuerdos, friccionándolo hasta alcanzar el éxtasis que precipita mis dedos hasta su abertura. Las falanges de mi mano libre alcanzan a bordear las areolas de mis pequeños pechos excitados sintiendo la redondez de sus formas y envidiando no poder alcanzarlos para lamerlos. Mientras, imagino que mi pulgar se transforma en su miembro, el cual cadenciosamente embiste dentro de mi boca, guardando su natural esencia para soltarla hasta mi garganta.

-¡Qué! ¿Divirtiéndote sola? –su voz me sorprende, consiguiendo cortar el orgasmo de golpe.

-¡Has vuelto! –digo jadeante mientras mi dedo sale bruscamente de su templado escondite.

-Aún nos quedan unas pocas horas hasta que despegue tu avión. Salir huyendo no es manera de despedirse.

-Ya estoy acostumbrada. Sin rencores.

El espejo muestra ahora la imagen que tanto ansío cada noche que paso lejos sin él; su paso firme acercándose a mí, desprendiéndose cadenciosamente de la camisa para cubrirme con ella mi hombro tatuado al tiempo que, tomándome de la mano, saborea mi dedo aún mojado.

Add Comment