Confesionario

Mi prima Cristina bautizaba a su hija a finales de enero y yo era la madrina.

Todos, incluidos su marido y su mejor amigo Julio que actuaría de padrino, habíamos sido viejos amigos de pandilla adolescente criados en el mismo barrio; y aunque nosotros no nos veíamos en mucho tiempo, nuestros padres sí que eran asiduos a tomar algo los domingos después de misa en la iglesia que había frente al parque.

–¿Me acompañarías este domingo a tomar el aperitivo con mis padres y sus amigos de la iglesia? –pregunté a mi amigo Marcos.

–¿Ahora te vas a volver una devota, o qué?

Marcos conocía mi animadversión hacia todo lo que estuviese relacionado con temas religiosos. Hacía la friolera de cuatro años que no pisaba una iglesia; y si iba, era por los eventos católicos a los que me tenía acostumbrada mi familia.

 

Mi relación con la iglesia nunca fue por gusto; y desde que mis padres me obligaron a hacer la comunión, juré que en cuanto me sacaran del colegio de monjas al que fui, no practicaría, ni me casaría de blanco, ni bautizaría a mis hijos si es que los tenía algún día. Por supuesto la confirmación católica a la que mis hermanos sí que terminaron yendo, a mí me pilló en plena efervescencia adolescente y ni de coña consentí en hacerla. Aquello supuso un disgusto, sobre todo para mi padre.

En las pocas ocasiones en que yo aparecía en los aperitivos dominicales con sus amigos, mi padre evitaba que pasase mucho rato con ellos por si la vena anticlerical me salía a flote y ofendía, mas que nada, al joven párroco mejicano de aquella iglesia, que se unía a ellos desde que llegó a nuestro barrio.

Mi educación y principios nunca me hubieran llevado a ese extremo, pero es que además me imponían demasiado esos personajes vestidos con traje negro y alzacuellos cómo para intentar entablar una dialéctica con ellos.

–Tengo que ir por obligación. La semana que viene seré madrina en un bautizo y los padres de la niña quieren que nos confesemos antes, ellos y los padrinos. Después te invito a comer a casa de mis padres.

–¡Huy, yo con todo el lio de tu familia, qué pereza! A ver si se van a pensar que somos novios.

–Marcos, ya les he hablado de ti y tienen ganas de conocerte. Además sólo vendrá mi hermano Diego. Te libras de lo peor que son los sobrinos.

–Bueno, la verdad es que comer casero para variar, no está mal. Ya estoy cansado de tanta dieta. Trato hecho, allí nos vemos.

 

Domingo, 20 de enero de 2013

14:15 p.m.

Marcos llegó puntual al bar de tapas donde quedé con mi familia, mis padres aparecieron junto con mis tíos y el párroco y Diego tarde como siempre.

Tuve que prometerle delante de mi madre a don Fidel, que el padrino y yo buscaríamos un hueco para pasarnos por su iglesia a confesar cualquier día de esos después de las últimas misas de la tarde. Por fortuna, aquel cura se percató de mi ateísmo y yo le agradecí la discreción de no intentar sermonearme con una asistencia a sus oficios dominicales.

–Es un verdadero desperdicio –oí susurrar a Marcos en mi oído.

–¿Qué cosa?

–Lo bueno que está este cura, dan ganas de venir a misa todos los días.

–¡Calla pecador que te vas a condenar!

–Ya, cómo que tú no pensaras lo mismo. Mira los ojazos rasgados y negros que tiene y además está fibrosillo. Quizás sea demasiado formal para tus gustos. A ti te van más los de los piercings y las moderneces y no estas monadas con corte de pelo clásico y raya a un lado, ¡hummm!

–Sabrás tú lo que me gusta a mí. Y además, ¿cómo narices puedes saber si tiene buen cuerpo o no? Por si no te has fijado lleva sotana.

–Pues por lo mismo por lo que podría jurar que tu hermano entiende. Que uno tiene buen ojo, que se le va a hacer.

–¡¡¿¿Queeeé??!! ¿Estás loco o qué te pasa? ¡Diego! Tú estás fumado, tío.

–Sí, sí. Otra cosa es que no haya salido del armario pero que a tu hermanito le gustan los rabos más que a ti y que a mí, seguro.

–Anda tira pervertido –dije dándole un empujón de camino a casa de mis padres–, que ya te gustaría a ti montarte un trenecito con estos dos.

–Sí, eso, eso; ¡chucuchucu, chucuchucu!

 

Durante la comida no pude evitar fijarme en mi hermano más de la cuenta y le noté extraño. No sabría decir por qué, pero se encontraba más serio de lo habitual para el carácter distendido y bromista que siempre se gastaba en casa de mis padres. Evitaba cruzar la mirada conmigo y curiosamente se mostraba excesivamente atento y cortés con mi amigo. Por supuesto, Marcos no dejó de coquetear con él, aunque lo hizo con tal discreción que ni se le notaba. Marcos sacaba pluma sólo cuando él quería; y aunque no era la primera vez que le veía desplegar sus artimañas para intentar ligarse a cualquier chico, me sorprendió sobremanera ver como actuaba con mi propio hermano como objetivo.

Lo más seguro es que Diego estuviera siguiéndole la corriente para después burlarse de la situación ante sus amigos y por eso me arrepentí por haber llevado a Marcos ese día a la casa de mis padres.

–Acaba de llamar Cristina para decir que Julito no podrá quedar ningún día en concreto de esta semana para pasar a confesarse. Lo hará justo antes de la ceremonia –dijo mi madre cuando posaba la bandeja de café sobre la mesa–. Voy a tener que acercarme a la iglesia para decírselo a don Fidel.

–Si quieres se lo digo yo mama –me ofrecí–. Ya que tengo que ir yo también, mejor quitármelo cuanto antes y confesarme ya; además, me viene mejor hoy que cualquier otro día de la semana.

–Bueno hija pues muchas gracias, pero no vayas más tarde de las ocho y cuarto que en cuanto acaba la misa de siete y sale todo el mundo, padre Fidel cierra las puertas de la iglesia.

 

Después de tomar el café, salimos de casa de mis padres. Diego se ofreció a llevar a Marcos a su casa, le pillaba de camino. Yo pasé por casa para cambiarme de ropa y salir a correr un rato haciendo tiempo hasta que dieron las ocho de la noche. Frente a la entrada principal de la iglesia, estuve estirando y cuando dejó de salir gente de allí, entré.

Recorrí el pasillo central de la iglesia que ya sólo mantenía encendidas el mínimo de luces alrededor del altar principal y unas pocas en los laterales donde se encontraban colgados cuadros de Vírgenes y Santos.

El ruido de mis pasos retumbaba entre las paredes de aquel templo y en vista de que no veía a nadie, me encaminé hacia la sacristía cuya puerta se encontraba en uno de los laterales del coro. Toqué con los nudillos un par de veces.

–¿Padre Fidel? –llamé en alto–. ¡Hola! ¿Se puede? –pregunté de nuevo.

–Un momento, ahorita salgo –escuché de lejos.

Apoyé mi forro polar sobre la pila bautismal y esperé.

–¡Qué gusto verte, Luna!

–Padre, qué raro se me hace verle sin… la sotana –llevando vaqueros, sudadera y zapatillas de deporte aparentaba mucho menos de los cuarenta años que yo le echaba.

–Sí bueno, es que no esperaba que viniera nadie ya e iba a cerrar.

Le conté lo que me pidió mi madre y le pedí el favor de que me confesara a mí en ese instante, si era posible.

–De acuerdo pues –dijo llevándose las manos a la cintura y mirando hacia la puerta de la sacristía–. Aún así es hora de cerrar, voy a por las llaves.

Mientras él fue adentro y volvió a salir, yo me fui a preparar.

–¿Qué haces? –preguntó cuando me encontró arrodillada en el confesionario después de estar dando vueltas por toda la iglesia buscándome–. No te veía.

–Esperarle –contesté extrañada.

Él se sonrió de nuevo e hizo aparecer alrededor de sus ojos negros unas pequeñas arrugas que aumentaron su atractivo. Cogió la sudadera que llevaba puesta y se la quitó, quedándose en camiseta de manga corta y dejando ver lo fibrosos y bien delineados que tenía los brazos. Marcos hubiera pagado por ver aquella escena.

–De acuerdo –dijo abriendo la portezuela que le daba acceso al asiento y cerrándola después. Descorrió la pequeña rejilla que nos separaba y por la que difícilmente podíamos vernos–. Habla cuando quieras, Luna.

No sabía muy bien por donde empezar, comencé contándole lo del negocio erótico en el que me había metido, omitiendo el comentario de que mi hermana, a quien él conocía bien, era mi socia. Por supuesto, le dije que se lo ocultábamos a nuestros padres, lo que contaba como otro pecado adicional. También le conté que había estado viéndome con dos hombres a la vez e incluso acostándome con ellos simultáneamente en el mismo día y de repente me encontré confesándole que hasta él me parecía muy atractivo; que no me arrepentía de nada de lo que pensaba o hacía ni tampoco de la vida sexual que llevaba pero que cómo había que confesar los supuestos pecados, aquello de haberme sentido atraída por un cura, que además era conocido por toda mi familia, me parecía lo más pecaminoso de todo lo que pudiera haberle contado.

–Pero tenga en cuenta padre que yo no me considero católica ni nada –seguí con mi retahíla de confesiones, escuchando de fondo los asentimientos nasales de don Fidel–. Vengo aquí porque me veo obligada sino de qué. Eso igual cuenta como un pecado también.

–Perdona que te interrumpa, Luna –dijo con su voz grave carraspeando antes un poco –. ¿Cuánto tiempo hace que no confiesas?

–¡Pufff, yo que sé! Desde que hice la comunión hace ya veinte años más o menos.

De repente escuché la puerta del confesionario y le vi salir. Se anudó la sudadera alrededor de la cintura y me pidió que le siguiera. Cruzó la iglesia, fue directo a la puerta de la sacristía y me invitó a pasar.

Le miré con cara extrañada pero terminé entrando la segunda vez que señaló con la mano hacia dentro sin decir ni una sola palabra.

Nunca en toda mi vida había estado dentro de ninguna sacristía. Esta mantenía un armario con las puertas abiertas que mostraban todos sus trajes ceremoniales y que rápidamente cerró de golpe al pasar cerca de él. En aquella habitación aparte de una mesa con un enorme libro de registros encima de ella y dos sillas, había un aparador que ocupaba toda la pared, un pequeño sagrario cerrado, una estantería con libros, baldas con cálices, platillos y demás utilería eclesiástica y un sencillo crucifijo colgado de la pared.

–Tu confesión no valió de nada –dijo cruzado de brazos y piernas apoyado contra el escritorio.

–¿Cómo que no, padre? ¡Si le he contado todo! –exclamé confundida.

–Me puedes llamar Fidel no más –dijo mirándome fijamente a los ojos–. No es por la cantidad de cosas contadas. Es…por lo qué me has contado.

–¡Venga padre, habrá escuchado cosas más fuertes!

–¡Llámame Fidel, por favor! –elevó el tono de voz un poco–. Al menos mientras estemos aquí, en la sacristía. Además, tampoco puedo confesarte sin llevar mi estola.

–Entonces ¿por qué lo has hecho? ¡¡Fidel!! –enfaticé su nombre para que viera que me estaba empezando a mosquear.

–Estabas tan dispuesta que no dejaste tiempo para explicaciones. No hace falta ir al confesionario para una confesión de este tipo, podíamos habernos sentado en cualquiera de los bancos. Poca gente se confiesa a día de hoy. Y para ser honesto, no esperaba que fueras a decir lo que has dicho.

–Lo del negocio es de lo más honrado, aunque tú como cura no lo veas así y lo de los chicos, ¡por Dios santo! Hoy en día todas las tías se acuestan por ahí y además yo no tengo que darle explicaciones a nadie.

–¡Para, para, si no es por eso es por lo que has dicho sobre mí!

En ese momento, la vergüenza afloró a mis mejillas.

–Ya, la verdad es que es un poco fuerte. Te juro que porque estaba detrás de esa ventanita sino no me atrevo a contártelo. Pero lo siento, empezamos si quieres de nuevo, me mandas la penitencia y punto.

Se mantuvo callado durante un buen rato con la mano derecha apoyada en la boca mientras me miraba fijamente.

–Tal vez debería de confesarme… yo –dijo.

–¿Por? –miré varias veces hacia atrás confundida, cómo si se lo hubiera dicho a otro cura que estuviera a mis espaldas–. ¿Me hablas a mí? –durante unos segundos que me parecieron horas se abstuvo de decir una palabra–. Pero de qué hablas, a ver, ¿confesarte con quién?

–Contigo Luna. Por eso te traje hasta aquí. No puedo decirte lo que quiero dentro de la iglesia. Este espacio –dijo señalando al suelo– no está consagrado.

Estaba confundida y ciertamente no sabía con qué me iba a salir.

–Está bien, cuéntame lo que quieras, ¿qué pasa? –pregunté.

–Me gus…tan las mujeres –dijo volviendo a cruzarse de brazos.

–Pues muy bien, eres un hombre, sacerdote pero hombre al fin y al cabo, ¿y?

–Que como sacerdote, tengo voto de castidad –dijo él–, y no me está permitido sucumbir a los placeres carnales.

–Pues que quieres que te diga, es una pena, la verdad. Con lo guapo que eres tendrías mucho éxito con las mujeres. Y… ¿a mí por qué me cuentas todo esto?

–Pues…porque la atracción es mutua –dijo al fin.

¡Ay mi madre! En que embolado me estaba metiendo.

–Bueno ya, pero como tú has dicho hiciste unos votos, eres un cura por el amor de Dios, ¿qué me estás contando?

Entonces acercándose a mí y cogiendo la cremallera de la chaqueta de chándal que llevaba puesta comenzó a bajarla lentamente.

–Pues que yo no practico ese voto.

–¡Eh, para para! –dije apartándome un poco de él y cerrándome la chaquetilla de manera pudorosa–. No te tomes tantas libertades.

–Me sentí atraído por ti desde que te conocí hace tres años. Nunca hubiera pensado que esa atracción iba a ser mutua. Y me alegro de que me hayas pillado vestido de paisano.

–Es que realmente el alzacuellos echa para atrás y de esta manera te veo como a un hombre cualquiera.

–¡Aja! –comenzó a asentir con la cabeza–. Más…laico.

–Más como alguien con quién me pudiera llegar a relacionar….quizás.

–¿Si? –siguió acercándose hasta poner una mano en mi cintura y otra en la mejilla, acercando sus labios a los míos.

Sus dulces besos consiguieron deshacer la rigidez de mi cuerpo ante su cercanía y ante aquella declaración que jamás hubiera llegado a imaginar. Se notaba que no era la primera vez que besaba a alguien. Con sus labios rebuscó cada recoveco de mi boca hasta que nuestras lenguas se entrelazaron.

No paraba de atraerme hacia él, estrechándome contra su cuerpo; y aunque mis manos no se despegaron de mi chaqueta para no concederle un deseo del que después consiguiera arrepentirme, pude sentir la función que ejercía la sudadera que llevaba anudada alrededor de la cintura.

–¡Te has empalmado! –alcancé a decir sin que sus labios se retiraran de los míos.

–Desde que empezaste a hablar en el confesionario, no he podido evitarlo, lo siento.

–No, si me siento halagada –dije soltando por fin mis manos de la chaqueta y dejando mostrar el top deportivo que llevaba–, sólo que tú eres de los dos el que cree en el cielo y en el infierno, no yo, y a este paso ya sabes donde vamos a terminar –entonces mis manos pasaron a su sudadera para desatársela.

–Hace muchos años que me gané un puesto en el infierno, Luna –dijo quitándome la chaqueta y comenzando a tirar de las tiras del top hacia abajo al tiempo que besaba mi cuello.

Cuando mis senos desnudos consiguieron aflorar por encima de aquel pedazo de tela, volvió a entrarme de nuevo un ataque de pudor irremediable.

–Espera, espera, Fidel, joder esto es muy fuerte. Me da hasta corte decir tacos delante tuya, o sea que ya de liarnos ni hablamos. Y encima en la sacristía esta, que da un mal rollo que me corta la libido por completo.

De repente se quitó la camiseta, por lo que el pelo se le revolvió ligeramente dándole un aspecto más desenfadado, no tan formal como cuando estaba rodeado de sus feligreses e impecablemente peinado.

El pecho lo tenía bastante cubierto de vello y al posar mi mano para acariciárselo, me buscó de nuevo con su boca para besarme.

En un instante me vi elevada entre sus brazos y andando conmigo a cuestas, de una patada abrió una segunda puerta que se mantenía entornada. Con la luz que provenía de la sacristía conseguí ver algo de aquella especie de sala de estar en la que me encontré tumbada sobre un sofá con él encima buceando entre mis pechos.

Aquello era una completa locura, aquel tío se había empalmado solamente por oírme hablar de mis pecadillos y lo que estaba haciendo él era para que le excomulgaran directamente. Tantos años de escuchar sus bondades, como hijos de Dios, y de sentirme apocada ante su presencia, no podían dejarme ahora pasar por mojigata, que era como me estaba comportando.

Fidel estaba bueno, tenía entre las piernas lo que todos los demás hombres y por lo que parecía con muchas ganas de mostrarla al mundo, aquel tío no era la primera vez que se lo montaba con una mujer, porque de la manera sutil pero tajante con que me había desprovisto de la ropa que llevaba por debajo de la cintura y por cómo me estaba empezando a degustar allí abajo, descubrí con mucho placer que no era la primera vez que lo hacía. El frenesí que me provocó después de correrme ya no daba pie para que saliera huyendo despavorida de allí.

Cogiéndole por la cabeza conseguí que desviara su atención para ponerle de pie frente a mí. Desabroché uno a uno los botones de su pantalón, los bajé y comencé a paladear aquella verga erecta en toda su longitud antes de introducirla por completo en mi boca.

Sujetando mi nuca fue acompañando cada succión a un ritmo acompasado mientras el roce de mis dedos acariciando sus testículos comenzó a acelerar su respiración. Jugueteando en un par de ocasiones con mi lengua sobre su glande conseguí retardar la bombeante eyaculación hasta que le sentí suficientemente dispuesto a ello.

–¡Lunita, para o me voy a correr en tu boca!

Y no paré. El semen estalló en la boca alcanzando con su chorro parte de mi garganta.

Había algo que me encantaba al chupársela a un tío y era los espasmos de placer inaguantables y muy cercanos al dolor que les producía el seguir lamiéndoles la puntita tras pasar su punto de ebullición.

Ambos habíamos amortiguado el sonido de nuestro placer, yo por cautela y él quizás por costumbre.

Ambos guardaríamos el secreto, yo ante mis padres, él frente a todos sus hijos.

Ambos nos reencontraríamos en breve y el secreto de confesión había terminado.

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