Cesta de Navidad

A media mañana apareció un mensajero que se puso a repartir cajas con motivos navideños por cada una de las mesas de la oficina.

–¡Tarde pero segura! Veamos que trae este año –comentó Marcos–, ¡venga abre la tuya! Con estas delicias no hay quien mantenga la línea, la verdad.

En la mía, aparte del turrón artesanal, bombones, piezas de embutido ibérico y alguna botella de vino bueno, encontré unas esposas con plumas de color rosa y una caja que contenía un tanga de mujer en cuero negro.

Nuestros jefes entraron juntos y recibieron una ovación de agradecimiento por el detalle con el que todas las Navidades nos agasajaban.

Miguel aplaudió a su vez e Iván inclinó su cabeza arriba y abajo en señal de reconocimiento. Ambos se pararon un momento e Iván se sentó sobre mi mesa para decir unas palabras.

–Chicos, chicas, gracias a vosotros; os merecéis eso y más. En 2012, a pesar de la crisis, hemos tenido bastante trabajo y hemos contratado muchos clientes que nos harán comenzar el año nuevo con buen pie. Disfrutad de lo que hay dentro de cada caja –dio unos pequeños golpecitos sobre la mía– y felices fiestas para todos.

En ese momento Marcos y varios más se acercaron para hablar con Miguel e Iván y de repente, entre el murmullo, escuché de lejos:

–¡Sorpresa! –Azucena se plantó delante de nosotros con un acompañante.

–¡Nicolás! ¿Qué haces tú aquí? –exclamé sorprendida y escondiendo bajo mi escritorio la cesta de Navidad.

–Tras haber sido su prenda ganada el viernes después de la partida de stripoker, creo que tienes suficiente confianza como para llamarle Nico, a él le gusta mas, Luna –dijo Azu en alto–. ¿O es qué no os dio tiempo a hablar mucho la otra noche?

Miguel terminó yéndose a su despacho pero Iván continuó allí casual y cómodamente apoyado sobre mi mesa, simulando hablar con mis compañeros.

–Suena un tanto manida la excusa de que pasaba por aquí –dejó caer aquella frase con su acento cálido– así que iré al grano, ¿cenamos esta noche? –dijo incorporándose un poco sobre mí.

–No puedo, de verdad, me pillas algo liada –me puse nerviosa por la encerrona.

–Ya te lo dije Nico, son fechas especiales y ella esta pluriempleada, tenías que haberla llamado antes. Por cierto Luna, ¿cómo tienes el día cinco de enero para una reunión de Tupper sex en mi casa?

–¡¿En vísperas de Reyes?! –exclamé.

–¡Ya sabes, los regalitos! Mis amigas quieren una performance hecha por ti y les encantaron tus juguetitos. A alguna hasta le gustaría probarlos contigo –dijo alzando las cejas repetidamente.

–Bien, creo que puedo. Os hago un hueco –contesté de manera acelerada.

–¡Vale! Te esperamos a partir de las siete de la tarde. No te olvides –Azu le dio un codazo a su amigo y compañero de piso en el brazo y se marchó.

–¡¿Vas a hacerme esperar hasta entonces?! –preguntó Nico con aquellos ojazos negros clavados en mis pupilas–. Pues tendré que localizar el mejor roscón de Reyes relleno con nata que se venda en Madrid –y se encogió de hombros.

–Apunta tu número de teléfono en mis contactos y te llamo cuando tenga un rato, ¿de acuerdo? –dije pasándole mi móvil y diciéndole adiós con la mano mientras me alejaba de mi mesa con un montón de documentos viejos para llevar a la trituradora de papel.

 

Cuando regresé al cabo de un rato, Nico se había marchado, mi móvil estaba sobre el escritorio, Marcos y los otros habían salido ya para comer e Iván me esperaba sentado sobre mi mesa a la cual parecía haberle cogido cariño.

–¿Has regalado tangas de esos a todo el mundo en la cesta de este año? –pregunté haciéndome la inocente.

–Pensé que quedaba bastante soso meteros solamente las esposas –dijo jugueteando con algo que tenía en la mano.

–Personalmente no me gustan las de pelillo, son más adecuadas para Marcos –dije guiñándole un ojo.

–¡Oh vaya! Le puedo proponer ponérselas yo mismo –dijo aleteando las pestañas.

–Además, te has ido a la competencia. Recuerda que tengo un negocio que mantener.

–Lo siento, el próximo encarguito te lo hago personalmente.

–Yo para atarte… –dije susurrándole cerca del oído mientras miraba unos panfletos –usaría tu corbata o mis medias.

–¿Querrás hacerlo esta noche, después de cenar? –preguntó mientras le quitaba la tapa al mando a distancia que llevaba en la mano.

–No puedo, de verdad.

–¿Mañana? ¿El viernes? –negué con la cabeza–. Me lo estás poniendo más difícil que a tu amigo.

–Tengo compromisos familiares, te lo juro. En todo caso podría el domingo y de cenar nada, a partir de las once como pronto.

–Te esperaré entonces a partir de esa hora –metió unas pilas que se sacó del bolsillo de la chaqueta y se las puso a aquel mando–. Me he tomado la libertad de apuntarte la dirección de mi casa y mis teléfonos en tu móvil. A las cuatro proyectaremos la grabación de Marieta para revisarla, ponte el tanga.

Se levantó de mi escritorio y colocándole la tapa al mando a distancia se fue en dirección a su despacho.

 

16:02 p.m.

Esperé hasta que todos los que iban a ver la proyección se sentaron. Yo preferí quedarme de pie apoyada contra una de las mesas. Iván se colocó a un par de metros por detrás de mi, cruzado de brazos mientras su hermano era quién accionaba el proyector, frente a todos nosotros, y explicaba los preparativos y la grabación final de veinte minutos que estábamos por ver.

Iván hizo la indicación a Dolores para que se sentara cómodamente en uno de los sillones que rodeaban la mesa central y se encargó de apagar todas las luces de la sala; de aquella manera sólo él y yo quedábamos a espaldas de cada uno de los allí presentes.

La proyección comenzó y a los pocos minutos sentí una vibrante sensación en mi vagina que hizo que diera un respingo. Miré por encima de mi hombro y los labios de Iván se curvaron justo antes de recibir otra pequeña descarga vibratoria, esta vez tan prolongada cómo lo que duraron mis ojos sobre los suyos. Estaba claro que me iba a hacer sufrir usando aquel control remoto a placer.

Simulando morderme la uña del pulgar, lo metí en mi boca y comencé a lamérmelo, saboreándolo y mojando con saliva el contorno de mis labios. Sentí de nuevo el estímulo en mi vagina a través del pequeño vibrador que llevaba incorporado aquel tanga, notando la humedad de mi propia lubricación. Cada pequeña descarga provocaba un ligero cosquilleo que rebotaba en mi interior, aumentando el bombeo de la sangre y mis pulsaciones.

Desabroché un par de botones de mi camisa para permitirle intuir mi sujetador. Apartándome la melena suelta hacia un lado y ladeando la cabeza, comencé a masajear mi cuello descubierto como si tuviera una pequeña contractura; y de repente, la vibración se hizo más rápida, intercalando la intensidad, lo que me provocó espasmos más y más placenteros.

La sensación de no poder hacer nada por quitármelo, de no poder hacer que lo parara, de pensar que sólo él controlaba cuándo y de qué manera accionaría aquellos botones y sobre todo de estar disfrutando con la idea de saber que nadie de todos los que en aquella sala se encontraban eran capaces de darse cuenta de lo que estábamos haciendo, comenzó a sobreexcitarme.

Al instante, se dio cuenta, notó mi acelerada respiración por la subida y bajada de mi pecho y manipuló el mando a distancia en su intensidad máxima.

Instintivamente me crucé de piernas y agarré el borde de la mesa con ambas manos, continuó sin bajar el nivel de vibración ni darme un segundo de tregua y cuando por fin el orgasmo me llegó tuve que llevarme la mano a la boca, apretándome las mejillas para que nadie escuchase el gemido ahogado que llegué a emitir.

La bajada de la mano fue lo que le dio la pauta para aminorar la intensidad hasta parar por completo el maquiavélico aparatejo que tenía insertado en mi coño satisfecho.

Add Comment