Cena de Empresa

Recién sentada a mi mesa, en la pequeña empresa de publicidad donde trabajaba como dibujante y armadora, se me acercó Dolores, la madurita, resuelta y capacitada secretaria del gerente.

–¡A ver Luna, dame ideas hija! Porque parece mentira que con tanto creativo por aquí suelto siempre me dejen a mí el encargo de la cena de Navidad.

–¡¿Aún no has reservado en ningún sitio?! –exclamé sorprendida; limitándose ella a negar con la cabeza como mera respuesta–. ¡Pues dudo que encuentres nada de aquí al viernes! A no ser que lo dejemos para la semana que viene.

–¡Ah no! Siempre lo hemos hecho antes del 24 –dijo sin afán de colaboración.

–También los jefes te encargan a ti de ello y lo tienes resuelto antes de llegar a mitad de mes –dije con voz melodiosa intentando que no se sintiera culpable. Realmente nadie la obligaba a ello y siempre se había ocupado sin queja alguna, lo cual era portentoso ya que tenía que poner de acuerdo a los 22 empleados que éramos incluyendo a los dos jefes.

–¡Es que la gente se cansa de lo mismo! El año pasado hubo comentarios de que por qué no organizaba un striptease o algo distinto, se aburren con la típica cena y copa.

–Seguro que fueron Samuel y Lucas los que lo dijeron, ¿a que sí?

–Bueno entre otros. Pero de los ilustradores me lo esperaba, no de Marieta y Lucia.

–¡¿La ayudante y la secretaria de Iván?! –exclamé sorprendida levantando la vista del ordenador–. Pero si esas dos están recién casadas, ¡qué guarrillas!

–Así que quiero sorprenderles con algo nuevo. ¡Pero lo de ir a un sitio de boys me parece muy fuerte! Además, no sé qué pensarían los jefes, pagan ellos.

Miguel e Iván, el gerente y el director creativo respectivamente, eran hermanos, cuarentón uno y treinta y mucho añero el otro, a los que posiblemente no les hiciera ninguna gracia pagar el disfrute de casi la mitad femenina de su plantilla; y no creo que por prejuicios sino más bien porque Miguel, el mayor, era el típico padre feliz con su familia e Iván, aunque soltero no aparentaba tener preferencia por los hombres.

–Mujer, yo te puedo ofrecer una idea, que sin ser un striptease ni tampoco un espectáculo de boys, es diferente.

–¡A ver cuenta, cuenta! –Dolores arrimó una silla para estar a mi altura.

–Podríamos encargar un catering al restaurante japonés de aquí abajo, que lo monten en la sala de reuniones a eso de las ocho, compramos vino y alguna bebida más y colocamos hieleras, vasos y platos para que la gente se sirva.

–¿Y qué tiene eso de original?

–El Tupper-sex que yo os voy a mostrar –le expliqué brevemente la aventura en la que me había embarcado mi hermana y le dije que sin compromiso alguno de compra se lo mostraría a todos. Al menos las risas estaban garantizadas.

–El problema es que el sábado por la mañana no viene nadie de limpieza –dijo pensativa.

–Hagámoslo el jueves 20, siendo aquí no hay problema. Pero yo no hablo con los jefes, bastante tengo con mostrároslo.

–Me parece bien, déjame que coteje las citas de Miguel con las de Iván, a ver si van a estar muy liados el viernes.

 

Jueves, 20 de diciembre de 2012

21:00 p.m.

Con todo el mundo tomando su segunda copa de vino y rellenando sus platos de deliciosas variedades japonesas, Dolores invitó a las restantes 7 mujeres y 13 hombres del equipo a que pasaran a la sala de proyecciones.

Allí parada y dándoles la espalda a todos, esperé a que terminaran de acomodarse; unos de pie, otras sentadas en sillas y algunos pocos apoyados en el dintel de la puerta.

–Señoras y señores les presento a nuestra Luna, en su versión… más picantona –dijo Dolores cuando todo el mundo se calló.

En ese momento comenzó a sonar de fondo, por los bafles de la sala, la banda sonora en inglés del musical Cats.

Yo iba con un disfraz de gatita presumida de nuestra colección de lencería pícara; vestidito cortísimo encorsetado en rosa chicle y negro, con acabado en plumilla y cancán rosita ocultando lo justo bajo la falda. Chaquetita corta en negro, mitones largos de raso dejando al descubierto una manicura perfecta, medias negras hasta medio muslo y ligas con lazo rosa, diadema con orejitas que apartaban de la cara mi pelo suelto, gargantilla al cuello y zapatos altos de charol negro con hebilla.

Antes de girarme para que me vieran la cara que llevaba maquillada cómo si fuera una autentica gata de Broadway, me agarré la colita de terciopelo que llevaba prendida al vestido por detrás y comencé a moverla con una mano mientras con la otra encendía una a una las diferentes velas de olores que tenía repartidas por aquella sala. Se oyeron algunos silbiditos seductores y algún que otro piropo subido de tono.

–¿Os gusta lo que veis? –dije a mis compañeros en el momento de mirarles–. Pues más os gustará lo que os voy a enseñar –y lancé un maullido acompañado de unos zarpazos al aire.

Dolores y los dueños de la empresa eran los únicos que sabían lo que iba a mostrarles. Miguel me guiñó un ojo y sonrió aprobando la puesta en escena, su secretaria Dolores comenzó a dar palmaditas nerviosas y a Iván no sabría decir si le gustó o no mi presentación, puesto que se limitó a mirarme fijamente a la cara, a través de sus gafas, y a beber de su copa de vino dando pequeños sorbos.

La muestra de los lubricantes con sabores y el body painting de chocolate y caramelo, para el comienzo, siempre era una manera de relajar el ambiente; la gente empezaba a coger botes, a untarse las muñecas y a oler aquellos deliciosos aromas.

Teniendo entre nuestro grupo a un buen número de solteros me atreví a bajarme la chaquetilla de manera vergonzosa y, embadurnándome yo misma con el lubricante de frutas exóticas en los hombros, invitar a Samuel y a Lucas, los ilustradores, a que lo probaran directamente sobre mi piel; aquello les pilló un poco por sorpresa a ellos y también a Azucena, la bocetista, que por lo que sabía era lesbiana y gustosamente aceptó mi invitación a saborear un perfecto corazón de chocolate que me pinté yo misma en el escote.

Cuando Azucena terminó de lamer el dibujo que había realizado lo más pegado que pude a la curvatura de mis senos, elevados por el corsé, pasó su lengua por la comisura de su labio superior como rebañando un churrete inexistente. Aquella invitación esporádica no se la tuve en cuenta.

Me aproveché de mi compañero y mejor amigo de la agencia, Marcos, un dibujante gay poco resultón con los chicos pero adorable como un osito de peluche. Sabía que por su desinhibición y por el cariño que me tenía seria capaz de hacer lo que le pidiera.

Me acerqué por detrás suyo y ronroneándole al oído comencé a desabrocharle la camisa botón a botón dejándosela sin quitar y empujándole, cuando le tuve de pie frente a mí, para tumbarle sobre la mesa que ocupaba el centro de la sala.

Le mostré una máscara de estampado satinado con rayas de leopardo y sonriendo se la puse cubriéndole los ojos. Después, tras mostrarle a todos una cinta ancha de seda negra, le até las muñecas por encima de su cabeza, cogí un pequeño plumerito y metiéndolo en su correspondiente caja de polvos comestibles con sabor a mora fui embadurnándole con ellos al tiempo que las inesperadas cosquillas hacían estragos en mi simulado amante.

Tras el ataque de risa que le dio a Marcos y por el que tuve que dejarle allí tumbado un rato hasta que se le pasó, espolvoreé polvos sobre mi brazo demostrando a todos sus posibilidades al saborearlos yo misma.

Alcancé una de las velas que ya llevaba encendida un buen rato y que estaba dejando un aroma embriagador en la habitación y me subí a horcajadas sobre Marcos, quién ya había parado de reír y dio un respingo al notarme sentada sobre su abdomen. Levanté la latita que contenía la vela encendida, cogí una pequeña cucharilla de plástico y la introduje dentro. La gente no pudo contenerse al ver mi intención de derramar el ardiente líquido sobre Marcos y comenzaron a hacer ruidos extraños con la boca como si les chirriasen los dientes. A esas alturas Marcos ya se había puesto en guardia.

–¡Ten cuidado Luna, por tu padre! –me dijo desconfiado.

El aceite caliente cayó sobre el depilado pecho de mi amigo.

Todavía se veía, entre los asistentes, algún gesto de dolor pero les expliqué que se trataba de aceite de masaje tibio no de parafina que era lo que sí que le podía llegar a quemar.

Comencé a masajearle con mis torpes dedos de masajista inexperta y tras sacarle a Marcos un gruñidito de agrado, extraje de dentro de mis mitones unos cubre pezones de caramelo que le coloqué a modo de adorno, dándoselos a probar previamente.

Sin quitarle aún la máscara y desatándole las muñecas, le ayudé a bajar de la mesa sentándole en la misma silla en la que estaba minutos antes. Ese fue el momento en el que nuestro fotógrafo Raúl le quitó el antifaz y desde el otro lado de la mesa yo le lancé a mi amigo un sugerente y agradecido beso con los dedos.

La noche se empezaba a animar, todos comenzaron a aplaudir y rogué en alto una copa de vino tinto para una gatita sedienta.

Levantando la mano sin decir nada, para que nadie tuviera que perderse el show, Iván salió de la habitación para acercarse hasta la sala donde los japoneses habían montado la comida y donde horas antes Dolores y yo habíamos colocado, ya descorchadas, las botellas de vino y el cava metido dentro de las hieleras.

Mostré conjuntos de lencería a las casadas para levantar la moral del más pasmado, haciéndole la acotación a los hombres casados o ennoviados que a las mujeres nos encantaba que nuestras parejas nos regalaran ropa interior sexy y adecuada a nuestra talla.

–Sí claro, si no se piensan antes que eso es porque te estás tirando a otra –dijo uno de los becarios imberbes que manteníamos en la oficina.

–Chavalín, por las ganas y la forma en que folles con tu novia, sabrá si te estás tirando o no a otra.

Saqué tangas de hombre y braguitas con caramelos de colores, estimuladores, consoladores y juegos de mesa para las parejas homo o hetero más asentadas y con ganas de variar. Condones con mil y una forma, colores y sabores que tanto Marcos como el resto de solteros y solteras que allí había, querían comprar y sobre todo probar. El único que no hizo ninguna apreciación a favor ni en contra de tanto preservativo fue Iván, quién tras hacerme entrega de aquella copa de vino solicitada y lanzándome una mirada, demoledoramente sensual, se puso a rellenar vino a los comensales con otras dos botellas descorchadas que llevaba en la otra mano.

Fui pasándoles catálogos de lo que vendíamos, a todos, para que se entretuviesen hojeándolos y mientras, preparé una bandeja llena de galletitas y caramelos con forma de pechos y gominolas y nubes dulces con forma fálica que les ofrecí sumisamente a cada uno de ellos haciéndome pasar por gatita buena.

Al llegar a la altura de Iván, nuestro director creativo y socio único de aquella empresa junto a su hermano Miguel, me dijo:

–Bonito disfraz –ronroneé y arrugué la nariz como respuesta a tan aduladora observación–. Probaría…..esa y esa –dijo señalando un par de gominolas de manera aleatoria. En vista de que ni las cogía ni apartaba la vista de mis ojos, tomé las que había dicho y una a una se las metí en la boca.

La primera de ellas simplemente la atrapó en sus dientes, rozándome los dedos de manera cautelosa.

–Creía que no te habías fijado –contesté apoyando mis dedos en su labio inferior mientras le introducía dentro de la boca la segunda chuche, en forma de nube dulce, que había elegido. Él aprovechó ese tenue contacto para rozarme la yema de mi pulgar con la punta de la lengua.

–Difícil no hacerlo. Sin embargo, aún reconociendo que te sienta de maravilla –se me acercó al oído para seguir hablando– tengo que confesarte que siento debilidad por los uniformes de colegiala.

–Eso tiene fácil solución –le respondí mientras me chupaba los dos dedos que instantes antes se habían posado en sus labios.

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