Amar a muerte (K.Dilano)

Imágenes de René Magritte. 1927

Publicado en “La Corneta”.

Este descubrimiento sería un hallazgo, al menos para mi familia y para mí, si es que alguien podía llegar a creerse esta loca deducción que tenía ante mis narices.

Aquellas pequeñas cuartillas se deshacían entre los dedos. Los cien años que llevaban escritas no ayudaban mucho a su conservación; las manchas y el paso del tiempo habían corrido la tinta en algunos puntos y costaba entenderlas.

Sin embargo, entre aquellas notas se descubría el enigma que durante tanto tiempo acompañó a mi tío abuelo y que a día de hoy seguía siendo un misterio para muchos.

Las releí una y mil veces, dando sentido a mis recuerdos, a su serie completa de trabajo y a una vida entera marcada por la desgracia.

Octobre 22, 1911

Querida mía:

Aún guardo en el recuerdo los momentos de única felicidad que he conocido, lejana ya en el tiempo pero evocadora al sentir todavía el contacto de tu cuerpo con el mío, la calidez de tu rostro junto al mío y el aroma de tu persona embriagando a cada instante mis sentidos.

Jamás en toda mi existencia, vagando solitario por estos mundos, pude pensar que me enamoraría al fin, y aún hoy llevo en mi corazón la última instantánea de nuestro amor, tapados como íbamos con aquellos trapos sobre nuestras faces.

L. Novembre 30, 1911

Amado mío:

Perdona la tardanza en escribir. Aun así, tus palabras se hacen mías regalándomelas a la vez que te las reescribo. Aquel lienzo blanco y humedecido cubriendo nuestros rostros, aún demostrando hermetismo fue necesario. Dejemos que otros divaguen sobre lo que pudo significar o lo que no. La intimidad de sentirte pegado a mi será mi consuelo hasta que me llegue el fin tan deseado. El fin que me unirá a ti para siempre y que llevo largo tiempo meditando.

Décembre 22, 1911

Dulce espera será, mujer, en la que me halle hasta tenerte de nuevo entre mis brazos sintiendo tu aliento, el ardor de tus mejillas, tus labios pegados a los míos anhelando tener más, ver más y adorarte eternamente sin pausas, sin trabas y sin dolor alguno.

L. Janvier 01, 1912

Aún hoy mantengo la sensación de la ternura de tus dedos entrelazados con los míos, las caricias con las que recorrías mis brazos desnudos y el deseo imperioso, latente en mis venas, de desgarrarme el vestido mostrándome desnuda ante ti; sintiendo esas manos discurrir por mi cintura, por mi vientre hasta poseerme, convirtiéndome en tuya, con la exclusividad de la intimidad y la soledad como únicos testigos de nuestro amor.

Janvier 24, 1912

Reconozco en tus palabras el fervor que me enloquece y que cada día que pasa únicamente se alimenta con la esperanza del reencuentro. Todo ello, aún sufriendo, me lleva a ser paciente. Imagino mirar a través de un espejo falso donde destapándote por fin se refleja tu iris de ojos azules, difuminado con nubes blancas que me ayudan a esperar, pues en ellos vislumbro todo tu rostro, tu belleza y tu bondad, sintiéndome menos prisionero del destino al que me avengo. Todas las veces que he soñado con desenmascararnos, siento caer hipnotizado por tu mirada, desaparecer a través de tu pupila y fundirme en tu interior.

L. Janvier 31, 1912

Piensas como yo. Y ni toda la fuerza de mis ojos ni una velada opacidad, víctima de la ceguera, podrían ocultar mis sentimientos, mi deseo y mi verdad. Sufro por los que dejaré atrás, mi marido, mi hijo; pero afrontaré su penar con el estímulo de saber que mi permanencia a su lado solamente les pesaría como miles de piedras tiradas encima, ya que mi infelicidad por no estar a tu lado me llevaría a la locura que desequilibraría su mundo perfecto. Prefiero desaparecer sin más para estar a tu lado que aumentar su infelicidad por ver crecer mi enajenación a cada instante que paso sin estar cerca de ti.

Février 19, 1912

Como si del vestuario de una virgen, guardado en el camarín de una iglesia, se tratara, percibo unas enaguas clareando tus pechos turgentes y recios. Esos pechos que anhelo tocar, bordeando su contorno con mis manos, posando mi boca sobre esa otra tela mojada con la que te esperaré tumbado en mi lecho y con la que recorreré ambos pezones erectos y despiertos por el gélido soplo de aire que nos arrope. Eso sí que será mi amparo y mi tabla de salvación, la única posible, si es que aún tengo remedio.

L. Mars 01, 1912

Entonces no hará falta que nos despojemos de esas vendas que como a verdugos no aprisionan, solamente descubrir mi cuerpo ante el tuyo desnudo será suficiente para alimentar nuestras almas.

Me halagan tus palabras al tiempo que he de decirte que no me siento merecedora de tener la exclusividad de esa protección, pues tú me reportas el mismo sostén para encauzar cada nuevo día.

La forma en la que llegaré hasta ti será tachada de fría, cruda e insignificante, pero nada de ello importará una vez que estemos juntos. Ansío tu piel contra mi piel, tu cuerpo en el mío y esa boca en mis senos, liberándome de cada trozo de tela que entorpezca mis movimientos y aprisione el deseo de convertirme en tuya. Siento que cada prenda que uso y cada zapato que calzo, se metamorfea ante mis ojos dejando entrever mi silueta desnuda y mis pies descalzos. ¡Qué poder ejerces sobre mi, que al transmitirme mi cerebro esa ilusión óptica consigues que me sienta adulada, querida y hermosa!

Te amo, querido mío y espero con impaciencia que me notifiques el momento preciso para reunirnos.

Tuya siempre.

Régine Caeli Bertinchamps

Mars, 10, 1912

Pronto amada mía, y adoro que uses el apelativo con el que te evoco a cada instante, Reina del cielo.

Dame sólo dos días, sólo cuarenta y ocho horas más para esperar tu llegada y conducirnos por las oscuras aguas de una noche cerrada alejados de visitantes asiduos o despistados que anden por la orilla del río. Para que nadie más que tú y yo seamos testigos de nuestro encuentro, para que con mis propias manos pueda yo retirar ese trapo evocador de tu rostro y con mi boca ya liberada consiga estampar mis besos ardientes en tus labios redimidos. Para que te sientas ajena a las ataduras mortales y junto a mí vivas la eternidad completa.

Hasta que el destino nos una.

Ashriel Mordad. Abu Yaria. Ángel de la muerte y amante tuyo.


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